En el libro del Apocalipsis hay una distinción entre una primera y una segunda resurrección, y se habla de un periodo de paz de mil años, después de los cuales será liberado Satanás. No logro colocar la última venida de Jesús con el periodo de paz de mil años. ¿Me pueden ayudar a comprender? (M.V.)

Responde Stefano Tarocchi, profesor de Sagrada Escritura

Como es sabido, el Apocalipsis es el último libro del Nuevo Testamento (y de las Sagradas Escrituras). La palabra griega significa “Revelación”, la que recibió Juan, prisionero “a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús” (Ap 1,9), en la isla de Patmos, en el mar Egeo frente a Éfeso. Raptado en éxtasis el “día del Señor” (Ap 1,9), le fue ordenado que escribiera “las cosas que ha visto, las que son y las que sucederán después” (Ap 1,19): el contenido de las visiones del libro del Apocalipsis.

Hay que decir en primer lugar que el libro de Juan no puede explicarse sin recurrir a una interpretación límpida de los símbolos que la recorren (desde los colores, a los números, a las bestias, a las vestimentas, etc.): es la característica de este tipo de literatura, tanto dentro como fuera de los libros bíblicos, típico de los tiempos de persecución.

Si no se comprende esta premisa, se puede abusar del significado del Apocalipsis. Éste no anuncia acontecimientos futuros (sobre todo los que caen bajo el nombre de acontecimientos “apocalípticos”), sino que más bien quiere indicar –por decirlo brevemente – la teología de la historia de la comunidad de los discípulos de Cristo, perseguidos por aquellos que, en el transcurso de los acontecimientos de la historia humana, se oponen a su victoria sobre el mal y sobre la muerte.

En el libro, las fuerzas hostiles a los creyentes están representadas de diversos modos: por ejemplo por las dos bestias que reproducen de forma idolátrica la Trinidad (Ap 13). La victoria de Cristo en cambio es descrita,entre otras cosas, con la imagen del Cordero inmolado, que está de pie como vencedor (Ap 5,6).

Hacia el final, después de que se ha cantado el canto de triunfo por las bodas del Cordero con la nueva Jerusalén (Ap 19,1-9), y antes de que estas bodas sean realizadas (Ap 21,9-27), el libro del Apocalipsis introduce el tema del reino de los mil años. El texto al que el lector hace referencia describe una visión de Juan, que recogemos por entero: “Luego vi que un Ángel descendía del cielo, llevando en su mano la llave del Abismo y una enorme cadena. Él capturó al Dragón, la antigua Serpiente –que es el Diablo o Satanás–y lo encadenó por mil años. Después lo arrojó al Abismo, lo cerró con llave y lo selló, para que el Dragón no pudiera seducir a los pueblos paganos hasta que se cumplieran los mil años. Transcurridos esos mil años, será soltado por un breve tiempo”.

“Entonces vi unos tronos, y los que se sentaron en ellos recibieron autoridad para juzgar. También vi las almas de los que habían sido decapitados a causa del testimonio de Jesús y de la Palabra de Dios, y a todos los que no habían adorado a la Bestia ni a su imagen, ni habían recibido su marca en la frente o en la mano. Ellos revivieron y reinaron con Cristo durante mil años. Esta es la primera resurrección. Y los demás muertos no pudieron revivir hasta el cumplimiento de esos mil años. ¡Felices y santos, los que participan de la primera resurrección! La segunda muerte no tiene poder sobre ellos: serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él durante mil años. Y cuando se cumplan esos mil años, Satanás será liberado de su prisión. Saldrá para seducir a los pueblos que están en los cuatro extremos de la tierra” (Ap 20,1-8).

La interpretación de este reino de mil años ha hecho correr ríos de tinta. Creo que hay que evitar pensar en términos cuantitativos en un reino milenario proyectado en el futuro (el mil es un número simbólico, la duración de un día divino según el Salmo 90), que en el texto es llamado la “primera resurrección”. Es más oportuno pensar que el texto se refiere a una interpretación profética de la historia humana: en ella el bien y el mal coexisten. Al mal, entendido como potencia personal (cf. Ap 11,2.3) se le ha concedido un poder, pero siempre limitado (“se le soltará por poco tiempo”; cf. También Ap 12,12).

Si puede inquietar la alusión al hecho de que “Satanás será liberado de su cárcel y saldrá para seducir a las naciones”, hay que recordar que, después, “el mar, la muerte y los infiernos” habrán devuelto a sus muertos, le será reservada la muerte eterna (“segunda muerte”), junto con aquellos cuyo nombre no esté escrito en el libro de la vida (Ap 20,14-15).

Juan, por tanto, describe el fruto de la salvación definitiva: al término de las vicisitudes humanas, cuando Dios con su Cristo morará en medio de los hombres tras cancelar el dolor y la muerte de la historia humana, habrán un cielo y una tierra nuevos: “He aquí que hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

Artículo publicado por Toscana Oggi

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