Es evidente el contexto apologético de sus alusiones a la Eucaristía, contra los gnósticos. Si la creación no es obra del único Dios, Padre de Jesucristo, sino el producto de un dios secundario, que habría hecho el mundo material por pasión e ignorancia y como salido del desecho; si, más aún, el cuerpo de Cristo es sólo aparente, ¿cómo pueden atreverse a celebrar la Eucaristía? Contra ellos argumenta:

No pueden creer que el Hijo de Dios está presente en el pan consagrado, porque éste es un elemento material, un fruto de la creación de Dios hecha por medio de su Hijo. Y ¿cómo pueden creer que el cuerpo y sangre de Cristo se nos dan como alimento del cuerpo y del alma para la resurrección definitiva, si rechazan la resurrección de la carne, a la que consideran corrupta? (cf. IV, 18,4-5). Y, pues el alma por naturaleza no se corrompe, el cuerpo corruptible es el que necesita participar de la resurrección de Cristo. Los herejes son incongruentes al celebrar la Eucaristía, porque no hay concordancia entre la fe en ella y sus doctrinas. Se apartan de la salvación al despreciar el medio que para alcanzarla nos ha ofrecido el Señor. En cambio, «para nosotros concuerdan lo que creemos y la Eucaristía y, a su vez, la Eucaristía da solidez a lo que creemos» (IV, 18,5).

Ni pueden aducir que en la Eucaristía se hace presente un Cristo sólo pneumático, pues el Señor nos dio su cuerpo para desarrollar nuestro cuerpo y su sangre para alimentar la nuestra. Y de este modo nos hace miembros de su propio cuerpo, que espera resucitar con él. Pero, si la carne no se salva, «ni el Señor nos redimió con su sangre, ni el cáliz de la Eucaristía es comunión con su sangre, ni el pan que partimos es comunión con su cuerpo. Pues la sangre no proviene sino de las venas, de la carne y de todo el resto de la sustancia humana, la cual el Verbo de Dios se hizo de verdad para redimirnos con su sangre» (V, 2,2-3).

Es también muy clara la alusión a la Eucaristía como el sacrificio definitivo de Cristo, en el que se cumplen los del Antiguo Testamento (cf. IV, 17,5).

Teológicamente se siguen muchas consecuencias. Si el pan y el vino, por la Palabra de Dios, se convierten en el cuerpo y sangre salvíficos de Jesucristo, entonces la Eucaristía es la síntesis de los dos elementos: el material (pan y vino de la tierra) y el espiritual (el que viene del cielo). Pero si esto es así, se sigue que: 1º la creación de la materia es buena, porque se ofrecen al Señor los mismos dones que él ha hecho para nosotros (cf. IV, 17,5); 2º es verdadera la encarnación del Señor; 3º tiene salvación la carne que el Verbo de Dios ha tomado para sí (cf. IV, 18,5); 4º el pan y el vino se transforman realmente en ese cuerpo y esa sangre; 5º en nuestra comunión con este cuerpo y sangre, nos hacemos miembros de Cristo, y es la manera como, haciéndonos uno con él, junto con él resucitaremos para siempre (cf. IV 18,5).

Litúrgicamente San Ireneo transmite pocos datos: se ofrecen pan y vino con agua («cáliz mezclado»: V, 2,3); la conversión del pan y del vino se realiza mediante «la Palabra de Dios» (ibid.), la misma Palabra que plasmó toda la creación material, incluso el trigo y la vid cuyos frutos ofrecemos; la consagración se realiza mediante la epíclesis (o invocación) sobre el pan y el vino (cf. IV, 18,5); el rito concluye con la comunión del cuerpo y la sangre.

-. Ireneo de Lyon (130-202 d.C.)
Adversus Hærensis

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