Este término original de la teología indica bien sea, el estado escatológico de las almas de los que, habiendo vivido antes de Cristo, no consiguieron la salvación eterna y la visión beatífica, pero se quedaron a la orilla (limbos, borde, franja, zona limítrofe entre lo interior y lo exterior etc.): ese estado duró hasta la muerte-resurrección de Jesús y es el llamado limbus patrum; o bien el estado escatológico de los que, después de Cristo, murieron sin bautizar, generalmente los niños: limbus puerorum. Estos niños tienen el pecado original y esta índole negativa sigue siendo su característica.

No se habla del limbo ni en la Escritura ni en los Padres de los primeros siglos, pero en estos dos ámbitos se afirma con claridad que la salvación eterna depende del contacto transformador con Cristo en los sacramentos eclesiales. En la Biblia y en la tradición antigua encontramos, sin embargo, la expresión Seno de Abrahám, una especie de situación metafórica del estado intermedio de estos difuntos.

Históricamente, el limbo parece ser que nació con la teoría pelagiana de la infravaloración del pecado original y la afirmación de un optimismo salvífico exagerado. Esto llevó a pensar que Dios no habría excluido de la bienaventuranza a los niños muertos sin el bautismo.

Agustín se enfrentó con esta cuestión, sosteniendo un rigorismo salvífico para el cual los niños muertos sin bautizar no pueden de ninguna forma conseguir la salvación, sino que están destinados a una situación infernal. No obstante, teniendo en cuenta el aspecto psicológico del problema (¡se trata precisamente de niños!), califica su pena como mitissima.

El concilio de Cartago (418) pone a los niños sin bautismo y con solo el pecado original en una situación de condenación (DS 224). A continuación, la tradición teológica distinguirá entre los que están privados de la gracia de la salvación por causa del pecado original y los que se han alejado de ella culpablemente.

El limbo es entonces una situación en la que los niños muertos sin bautizar viven la lejanía del Reino de Dios, pero en una condición especial, no asociada a la de los demonios y de los auténticos condenados, ni con una condenación punitiva, sino sólo de privación de la visión de Dios, a partir del hecho de que el pecado original es privación de la justicia del hombre incluso post mortem, para quienes no han recibido la restauración antropológica de Cristo. La posición de Agustín siguió dominando hasta las elaboraciones teológicas de la Edad Media, cuando Inocencio III sancionó (DS 780) la distinción entre pecado original y personal, y Tomás de Aquino dijo que, siendo la pena del pecado proporcionada a su naturaleza, los niños muertos con el pecado original viven en un estado particular en que están privados de la visión de Dios, de la dimensión de gloria, pero unidos a Dios por la participación en los bienes naturales. Esta actitud mitigada pasaría a ser común en los siglos sucesivos.

El Magisterio nunca se ha pronunciado sobre el limbo, sino que ha afirmado solamente, con Pío VI (DS 2626), que no puede ser considerado como una fábula pelagiana.

La teología contemporánea no ha tratado formalmente a fondo este tema tan difícil, limitándose a presentarlo como un dato histórico de la teología; en otras ocasiones, lo ha problematizado radicalmente, ya que está privado de todo fundamento revelado y va en contra de la voluntad salvífica universal de Dios.

Por eso hay que considerar las palabras del Concilio Vaticano II en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia:

Aquellos que, sin tener culpa propia, no conocen el Evangelio de Cristo o de su Iglesia,
pero que sin embargo buscan a Dios con un corazón sincero, y, movidos por la gracia, tratan a través de sus acciones de hacer Su
voluntad, como la conocen a través de los dictados de su conciencia – ésos también podrán conseguir la salvación eterna”

-. (Lumen Gentium , 16)

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña:

En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (Cf. 1Tim 2,4) y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: “Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis” (Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por eso es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo Bautismo. 
-. Catecismo 1261

En cuanto a cuando es que un niño debe de ser bautizado , el ritual Romano dice, “la consideración principal es el bienestar del niño (a), que no debe de ser desposeído del
beneficio del sacramento
.” De ahí que, “si el niño(a) está en peligro de muerte, deberá ser bautizado sin demora.”

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