Deseamos apuntar en este artículo cómo el Evangelista San Juan muestra, en el sexto capítulo de su evangelio, la verdadera interpretación sobre la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía. Esta es efectiva, Cristo así lo quiso, y el relato del cuarto Evangelista no deja márgenes a otras interpretaciones. Las palabras del Maestro no pueden ser metáforas y además la reacción de los que estaban presentes en la escena confirma el sentido verdadero, como veremos.


San Juan fue, según consta en la Tradición, el último en escribir su Evangelio. De hecho, fue solamente alrededor del año 90 que él relató los hechos de la vida del Señor. De entre los diversos motivos que lo llevaron a escribirlos hay uno que se destaca: ya en aquella época comenzaron impías fomentaciones de herejías sobre la Persona de Jesús. De este modo, en su sexto capítulo, trata él específicamente de la Santísima Eucaristía, precaviendo a la Iglesia contra los futuros desvíos de los herejes. Es de notarse que San Juan es el único de los Evangelistas en no relatar la institución de la Santísima Eucaristía. Vemos, entretanto, en su narración un profundo celo en explicar la doctrina acerca de la transubstanciación. Con efecto, nos elucida GRAIL y ROGUET: “Es un hecho: Juan no narró la institución de la Eucaristía […]. Más alejado de las necesidades de la catequesis, el IVº evangelio está más preocupado con la síntesis doctrinal“. [1]
Es de fe que la Eucaristía fue verdaderamente instituida por Nuestro Señor. En el capítulo VI de San Juan vemos al Salvador prometiéndonos su propio Cuerpo y Sangre como alimento y bebida espiritual. En el Sacramento de la Eucaristía hay un auténtico sacrificio, que anuncia la muerte de Cristo y renueva, incruentamente, la inmolación del Calvario, cuyo valor expiatorio borra los crímenes de los hombres; se trata de un Sacramento que contiene realmente el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo.

Es curioso el hecho de que muchas personas que entienden los pasajes de las Escrituras en el sentido literal, “al pie de la letra”, no ven en las palabras de Nuestro Señor el sentido literal y obvio por Él proferido. Al contrario, las relegan a un estilo figurativo, simbólico o hasta alegórico.

Con todo, basta analizar un poco más a fondo este capítulo para percibir claramente las intenciones del Maestro, su referencia clara y directa a su propio Cuerpo y Sangre. Veamos, en el propio texto, el sentido evidente de las palabras:

“Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Este es el pan que descendió del cielo, para que aquel que de él coma no muera. Yo soy el pan vivo, que descendió del cielo. Quien coma de este pan, vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la salvación del mundo. Disputaban, pues, entre sí los judíos, diciendo: ¿Cómo puede este darnos de comer su carne? Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo: Si no comieres la carne del Hijo del Hombre y no bebieres su sangre, no tendréis la vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene la vida eterna; y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdaderamente comida y mi sangre es verdaderamente bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en Mí y Yo en él.
(Jn 6, 48-56).

Es impresionante verificar cómo, por así decir, Él reitera varias veces la afirmación de que es realmente la carne y la sangre de Él. No es posible ver una mera metáfora en estas aseveraciones.
Metáfora, de hecho, no puede ser, pues Nuestro Señor no busca atenuar sus declaraciones, incluso sabiendo que está “escandalizando” a los otros. En el versículo 52 los judíos confirman que entendieron literalmente los sentidos de las palabras: “Disputaban, pues, entre sí los judíos, diciendo: ¿Cómo puede este darnos a comer su carne?” Con todo, el divino Maestro no los corrige por lo que entendieron, sino además afirma algo más osado: “En verdad, en verdad os digo: Si no comieres la carne del Hijo del Hombre y no bebieres su sangre, no tendréis la vida en vosotros” (53).

Las metáforas que encontramos en las Escrituras sobre carne y sangre no se prestan a comparar con este pasaje, no hay otra interpretación a ser dada, sino la que enseñó Jesucristo.

Otro punto a considerarse es el “escándalo” causado en los circunstantes. Incluso delante de la apostasía de estos, Nuestro Señor no se retrae, es más osado, y todavía prueba la fe de los que permanecen, mostrando que es realmente un punto crucial cuando se trata de la Eucaristía: “Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con Él. Por eso Jesús dijo a los doce: ¿Queréis vosotros también retiraros?(Jn 6, 67-68). Él no busca disculparse ni atenuar sus afirmaciones. Es patente que si no fuesen afirmaciones literales Él habría persuadido a los discípulos a quedarse, entretanto esto no se dio, el Divino Maestro viera a muchos de los que lo seguían en esta ocasión abandonarlo y ni así Él se retractó. A los que permanecen es exigida una fe profunda, como nos explica HUGON:

La última parte del capítulo acaba por confirmar la interpretación literal. La multitud murmura, numerosos discípulos se retiran, pues ellos creyeron muy duro este lenguaje. El Maestro, cuya bondad, entretanto, es inagotable, no intenta atajarlos, explicándoles que sus parábolas tienen solamente un sentido metafórico y no poseen nada que los pueda espantar; al contrario, Él insiste y concluye que la fe es necesaria a cualquiera que quiera comprenderlo.“[2]

De esta manera vimos, sucintamente, como realmente, en su sexto capítulo, San Juan quiso mostrar cómo la Eucaristía es realmente el Cuerpo y la Sangre del Divino Salvador, y que no es posible dar otra interpretación a las palabras de Cristo. Esto es un misterio de nuestra fe. Por más que no lo comprendamos enteramente debemos depositar plena confianza en las palabras del Divino Maestro.
 
Por el P. Michel Six, EP
 

Bibliografía
Bíblia Sagrada. 43ª ed. São Paulo : Edições Paulinas, 1987.
HUGON, Édouard. La Sainte Eucharistie. 4ªed. Paris : Pierre Téqui, 1922.
VV. AA., Initiation Théologique. Vol. IV. Paris: Éditions du Cerf, 1956.

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[1] Il est un fait: Jean n’a pas rapporté l’intitution de l’eucharistie […]. Plus éloigné des nécessités de la catéchèse, le Ivème évangile est plus préocupé de synthèse doctrinale. (Cf. GRAIL, A.; ROGUET; A.-M., O.P., In Initiation Théologique. Vol. IV. Paris : Éditions du Cerf, 1956. P. 506-507).
[2] La dernière partie du chapitre achève de confirmer l’interpretation littérale. La foule murmure, de nombreux disciples se retirent, parce qu’ils ont trouvé trop dur ce langage. La Maître, dont la bonté cependant est inépuisable, n’essaie pas de les retenir en leur expliquant que ses paroles n’ont qu’une portée métaphorique et n’offrent rien qui doive les étonner ; au contraire, il insiste et il conclut que la foi est nécessaire à quiconque veut le comprendre. (Cf. HUGON, 1922, p. 54-55).