Muchas comunidades que se dicen cristianas insisten en el tema de que toda doctrina cristiana está contenida pura y exclusivamente en la Biblia.
Se argumenta que los cristianos primitivos se basaban en la Biblia como única regla de fe.

Pero fue así realmente? Hay documentación que avale la doctrina de “sola scriptura” en la Iglesia cristiana primitiva?

Gracias a Dios, han llegado a nosotros los escritos de aquellos cristianos de los primeros siglos que nos pueden arrojar luz sobre el tema.

Dice san Pablo:
Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta”.
2 Tesalonicenses 2,15

Os alabo porque en todas las cosas os acordáis de mí y conserváis las tradiciones tal como os las he transmitido”.
1 Corintios 11,2

Hermanos, os mandamos en nombre del Señor Jesucristo que os apartéis de todo hermano que viva desordenadamente y no según la tradición que de nosotros recibisteis”.
2 Tesalonicenses 3,6

San Pablo es el primero en darnos una idea sobre el tema. Es el primero en introducir a la Tradición como fuente de enseñanza y de doctrina.

Además del testimonio de san Pablo, también podemos encontrarnos con testimonios de cristianos del primer siglo acerca de cual era la regla de fe de la Iglesia primitiva.

En el siguiente texto de Ignacio, célebre obispo de Antioquía fallecido en el año 107 d.C., discípulo de Pedro y Pablo, rechaza la posición Solo Escriturista:

Yo hice, pues, mi partpe, como un hombre amante de la unión. Pero allí donde hay división e ira, allí no reside Dios. Ahora bien, el Señor perdona a todos los hombres cuando se arrepienten, si al arrepentirse regresan a la unidad de Dios y al concilio del obispo. Tengo fe en la gracia de Jesucristo, que os librará de toda atadura; y os ruego que no hagáis nada en espíritu de facción, sino según la enseñanza de Cristo. Porque he oído a ciertas personas que decían: Si no lo encuentro en las escrituras fundacionales (antiguas), no creo que esté en el Evangelio. Y cuando les dije: Está escrito, me contestaron: Esto hay que probarlo. Pero, para mí, mi escritura fundacional es Jesucristo, la carta inviolable de su cruz, y su muerte, y su resurrección, y la fe por medio de Él; en la cual deseo ser justificado por medio de vuestras oraciones

Papías de Hierápolis, nacido en el año 69 d.C. nos deja un testimonio de no ser solo Escriturista, sino de haber dado preferencia a la tradición oral:

Junto con las interpretaciones, no vacilaré en añadir todo lo que aprendí y recordé cuidadosamente de los ancianos, porque estoy seguro de la veracidad de ello. A diferencia de la mayoría, no me deleité en aquellos que decían mucho, sino en los que enseñan la verdad; no en los que recitan los mandamientos de otros, sino en los que repetían los mandamientos dados por el Señor. Y siempre que alguien venía que había sido un seguidor de los ancianos (los apóstoles), les preguntaba por sus palabras: que habían dicho Andrés o Pedro, o Felipe, o Tomás, o Jacobo, o Juan, o Mateo o cualquiera otro de los discípulos del Señor, y lo que Aristión y el anciano Juan, discípulos del Señor, estaban aún diciendo. Porque no creía que la información de libros pudiera ayudarme tanto como la palabra de una voz viva, sobreviviente”.

Papías da claras señales que los primeros cristianos no se valían de las Escrituras, sino más bien de la transmisión oral del evangelio.

A qué se debía esto? Al simple motivo de que la mayoría de la población era analfabeta, es decir, no sabían ni leer ni escribir, sin mencionar que además, en ese momento, no contaban con la Biblia tal como la conocemos hoy y muchos no poseían los medios económicos como para adquirir o solicitar a un copista, un ejemplar de la Septuaginta o Biblia de los LXX, que era la traducción de los escritos hebreos al idioma griego predominante en ese momento.

En el siglo II d.C., Ireneo de Lyon, fallecido en el año 202 d.C. explica como la Iglesia combate a los herejes por medio de la Tradición custodiada por medio de la sucesión apostólica. Inclusive teniendo las Escrituras -afirma-, no se puede en ella descubrir la verdad si no se conoce la Tradición. Objeta también que los herejes no pueden probar que han sido instituidos por los apóstoles y al rechazar la Tradición terminan contradiciendo no solo la Tradición sino también las Escrituras.

Porque al usar las Escrituras para argumentar, la convierten en fiscal de las Escrituras mismas, acusándolas o de no decir las cosas rectamente o de no tener autoridad, y de narrar las cosas de diversos modos: no se puede en ellas descubrir la verdad si no se conoce la Tradición. Porque, según dicen, no se trasmitiría (la verdad) por ellas sino de viva voz, por lo cual Pablo habría dicho: «Hablamos de la sabiduría entre los perfectos, sabiduría que no es de este mundo». Y cada uno de ellos pretende que esta sabiduría es la que él ha encontrado, es decir una ficción, de modo que la verdad se hallaría dignamente unas veces en Valentín, otras en Marción, otras en Cerinto, finalmente estaría en Basílides o en quien disputa contra él, que nada pudo decir de salvífico. Pues cada uno de éstos está tan pervertido que no se avergüenza de predicarse a sí mismo depravando la Regla de la Verdad. Cuando nosotros los atacamos con la Tradición que la Iglesia custodia a partir de los Apóstoles por la sucesión de los presbíteros, se ponen contra la Tradición diciendo que tienen no sólo presbíteros sino también apóstoles más sabios que han encontrado la verdad sincera: porque los Apóstoles «habrían mezclado lo que pertenece a la Ley con las palabras del Salvador»; y no solamente los Apóstoles, sino «el mismo Señor habría predicado cosas que provenían a veces del Demiurgo, a veces del Intermediario, a veces de la Suma Potencia»; en cambio ellos conocerían «el misterio escondido», indubitable, incontaminado y sincero: esto no es sino blasfemar contra su Creador. Y terminan por no estar de acuerdo ni con la Tradición ni con las Escrituras

Ireneo de Lyon afirma de forma tajante que la verdad hay que buscarla en la Iglesia, ya que los apóstoles la depositaron en ella y se mantiene en la Tradición apostólica.

Siendo, pues, tantos los testimonios, ya no es preciso buscar en otros la verdad que tan fácil es recibir de la Iglesia, ya que los Apóstoles depositaron en ella, como en un rico almacén, todo lo referente a la verdad, a fin de que «cuantos lo quieran saquen de ella el agua de la vida». Esta es la entrada a la vida. «Todos los demás son ladrones y bandidos». Por eso es necesario evitarlos, y en cambio amar con todo afecto cuanto pertenece a la Iglesia y mantener la Tradición de la verdad.

Entonces, si se halla alguna divergencia aun en alguna cosa mínima, ¿no sería conveniente volver los ojos a las Iglesias más antiguas, en las cuales los Apóstoles vivieron, a fin de tomar de ellas la doctrina para resolver la cuestión, lo que es más claro y seguro? Incluso si los Apóstoles no nos hubiesen dejado sus escritos, ¿no hubiera sido necesario seguir el orden de la Tradición que ellos legaron a aquellos a quienes confiaron las Iglesias?”.

Porqué Ireneo recurre tanto a la Tradición en vez de recurrir directamente a las Escrituras? Por el simple hecho de que en aquellos tiempos, tal y como ocurre ahora, con la Biblia, cada uno creaba doctrinas acorde a su propio entendimiento y no acorde a la doctrina transmitida de viva voz por parte de los apóstoles.

Ireneo sostiene que cuando en la Iglesia primitiva, cuando surge alguna diferencia en la interpretación de algún texto; se recurre a las iglesias más antiguas a fin de corroborar las doctrinas.

Hoy cuando se basan en la sola scriptura, pretendiendo que la Biblia es y debe ser la única regla de fe, no hacen más que dividir el cuerpo de Cristo al gusto y placer (interpretación personal), lo que sin duda ha provocado la gran babel de comunidades cristianas.

Pero Ireneo no es el único testimomio que podemos encontrar entre los cristianos del segundo siglo de nuestra era.

Clemente de Alejandría (150 – 217 d.C.) enfatiza la importancia de preservar la Tradición para que no se pierda:

Bien, ellos preservaban la tradición de la bendita doctrina derivada directamente de los santos apóstoles, Pedro, Santiago, Juan, y Pablo, los hijos que la recibían del padre (pero pocos fueron como los padres), vino por la voluntad de Dios a nosotros también para depositar aquellas ancestrales y apostólicas semillas. Y bien sé que se exultarán; no quiero decir encantado con este tributo, sino solamente a causa de la preservación de la verdad, según como la entregaron. Para un bosquejo como este, bien, pienso, sean conforme a un alma deseosa de preservar de perderse la bendita tradición“.

Los dogmas enseñados por las sectas notables serán aducidos; y a éstos se opondrá todo aquello que debería ser premisa de acuerdo con la más profunda contemplación del conocimiento, el cual, como nosotros procede del renombrado y venerable canon de la tradición… De modo de poder tener nuestros oídos atentos para la recepción de la tradición del verdadero conocimiento; el suelo que es previamente despejado de las espinas y de cada mala hierba por el sembrador, en orden de la plantación de la vid”.

Bien podemos ver que para los cristianos del s. II d.C. la sola scriptura nunca fue una doctrina o regla de enseñanza. De sus escritos nos llega el testimonio de que la Iglesia primitiva daba especial importancia en cuestión doctrinal a la Tradición Apostólica como garante fidedigno de la fe que profesaban.

Hipólito de Roma (? – 235 d.C.) enfatiza la importancia de preservar la Tradición para mantenerse inmune al error en su obra titulada La Tradición Apostólica:

Ahora pasamos, de la caridad que Dios ha testimoniado a todos los santos, a lo esencial de la tradición que conviene a las iglesias, a fin de que los que han sido bien instruidos guarden la tradición que se ha mantenido hasta el presente, según la exposición que de ella hacemos, y al comprenderla sean fortalecidos, a causa de la caída o del error que se ha producido recientemente por ignorancia o a causa de los ignorantes

En la tercera parte de esta misma obra aconseja:

Aconsejo a los sabios que observen esto. Porque, si todos prestan oído a la Tradición apostólica y la guardan, ningún hereje los inducirá a error”.

Para Hipólito, perseverar en la Tradición Apostólica es garantía de no caer en errores doctrinales.

Orígenes (185 – 254 d.C.) mantiene la misma idea que Ireneo, la cual expone que la enseñanza de la iglesia ha sido salvaguardada por la sucesión apostólica. Afirma también la importancia de lo que llama “la tradición eclesial y apostólica” y tajantemente sostiene que no se ha de aceptar como verdad más que aquello que en nada difiera de la tradición eclesiástica y apostólica:

Aunque haya muchos que creen que ellos mismos mantienen las enseñanzas de Cristo, hay todavía algunos entre ellos que piensan diferente de sus predecesores.La enseñanza de la iglesia se ha impuesto de hecho con una orden la sucesión de los apóstoles y de los restos en las iglesias incluso al tiempo actual. No se ha de aceptar como verdad más que aquello que en nada difiera de la tradición eclesiástica y apostólica”.

No es de extrañar que Orígenes para apoyar ciertas doctrinas no recurra solo a la Escritura sino a la Tradición de la Iglesia. Así precisamente defiende el bautismo de infantes, alegando que es una tradición y enseñanza que han recibido de los apóstoles.

La Iglesia ha recibido de los Apóstoles la costumbre de administrar el bautismo incluso a los niños. Pues aquellos a quienes fueron confiados los secretos de los misterios divinos sabían muy bien que todos llevan la mancha del pecado original, que debe ser lavado por el agua y el espíritu”.

Cipriano de Cartago (200 – 258 d.C.) tampoco era solo escriturista, por el contrario, manda con toda diligencia a guardar la tradición divina y prácticas apostólicas:

Con toda diligencia hay que guardar la tradición divina y las prácticas apostólicas, y hay que atenerse a lo que se hace entre nosotros que es lo que se hace casi en todas las provincias del mundo…”.

Rechaza también que cualquiera diga ser una autoridad en la Iglesia sin tener sucesión apostólica, a lo que llama un desprecio a la tradición evangélica, al surgir por su propia cuenta:

La Iglesia es una sola, y así como ella es una, no se puede estar a la vez dentro y fuera de la Iglesia. Porque si la Iglesia está con doctrina del (hereje) Novaciano, entonces está en contra del (Papa) Cornelio. Pero si la Iglesia está con Cornelio, el cual sucedió en su oficio al obispo (de Roma) Fabián mediante una ordenación legítima, y al cual el Señor, además del honor del sacerdocio concedió el honor del martirio, entonces Novaciano está fuera de la Iglesia; ni siquiera puede ser considerado como obispo, ya que no sucedió a ninguno, y despreciando la tradición evangélica y apostólica, surgió por su propia cuenta. Porque ya sabemos que quien no fue ordenado en la Iglesia no pertenece a ella de ningún modo”.

CONCLUSION

De los escritos de los cristianos de los primeros tres siglos nos ha llegado el testimonio que la Iglesia primitiva nunca consideró a la Biblia como única regla de fe, sino que la Biblia unida inseparablemente a la Tradición Apostólica eran las garantes de la correcta transmisión de la fe cristiana.

Así mismo, además de rechazar la sola scriptura, los primeros cristianos nos han mostrado que aquellos que pretendieron erigirse en intérpretes de la Biblia, sin prestar atención a la transmisión oral de los apóstoles y a la tradición y costumbres de las iglesias por ellos fundadas, terminaron por convertirse en herejes desviando la fe, dando origen a la más disparatada serie de doctrinas y creencias.

Resumiendo, la Iglesia Cristiana, nunca fue sola scriptura ni mucho menos practicó el libre examen de la Biblia.

con textos de José Miguel Arráiz