Quizás porque sea el sacramento de la Unción el más desconocido, habrá que urgir más en mostrar el sentido, el contenido, los efectos sacramentales que confiere esta santa Unción.

Sigue pesando mucho en la mente popular el nombre de “Extremaunción”, con lo que se piensa que es el último paso (curioso, el último paso es el Viático, no la Unción), cuando no queda nada que hacer y que prepara para la muerte que va a ocurrir en brevísimo lapso de tiempo. El sacramento de los moribundos es el Viático (la última comunión solemne) y la Unción es el sacramento para la enfermedad grave (o un gran debilitamiento por la ancianidad) que puede durar mucho tiempo pero que provoca luchas y pruebas interiores. Son realidades sacramentales distintas.

La Unción de los enfermos confiere una gracia específica a quien lo recibe. Tratemos de comprenderla:

“En la Carta de Santiago leemos que la unción y la oración sacerdotal tienen como efecto la salvación, la confortación y el perdón de los pecados. El Concilio de Trento (DS 1696) comenta el texto de Santiago diciendo que, en este sacramento, se comunica una gracia del Espíritu Santo, cuya unción interna, por una parte, libra al alma del enfermo de las culpas y de las reliquias [restos] del pecado y, por otra, la alivia y fortalece, inspirándole gran confianza en la bondad misericordiosa de Dios. Así, le ayuda a soportar más fácilmente los inconvenientes y las penas de la enfermedad, y a resistir con mayor energía las tentaciones del demonio. Además, la unción a veces obtiene al enfermo también la salud del cuerpo, cuando conviene a la salvación de su alma” (Juan Pablo II, Audiencia general, 29-abril-1992).

A tenor de estos fines, podremos comprender fácilmente que es una práctica más que dudosa la costumbre introducida de invitar a la Unción de enfermos a todas las personas que han cumplido los 65 años y que lo reciban cada año en una celebración comunitaria o que se repita el sacramento al enfermo anualmente cuando ni ha habido mayor gravedad ni una recaída seria. El efecto sacramental apunta a una situación seria, con luchas interiores, con tentaciones, y se aleja de considerarlo un “sacramento para la ancianidad” o recibirlo “por si acaso” cuando se goza de plena salud y movilidad.

En la misma catequesis de Juan Pablo II sobre el sacramento, él trataba ampliamente la gracia sacramental, diciendo:

“Se da, por consiguiente, en el sacramento de la unción una gracia de fuerza que aumenta el valor y la capacidad de resistencia del enfermo. Esa gracia produce la curación espiritual, como el perdón de los pecados, obrada por virtud de Cristo por el sacramento mismo, si no se encuentran obstáculos en la disposición del alma, y a veces también la curación corporal. Esta última no es la finalidad esencial del sacramento, pero, cuando se produce, manifiesta la salvación que Cristo proporciona por su gran caridad y misericordia hacia todos los necesitados, que ya revelaba durante su vida terrena. También en la actualidad su corazón palpita con ese amor, que perdura en su nueva vida en el cielo y que el Espíritu Santo derrama en las criaturas humanas” (ibíd.).

En esa enfermedad grave, en la postración, en la situación de depender de los demás, de ver agotarse las fuerzas o de empeorar por momentos, la santa Unción regala una fuerza espiritual al enfermo en estos momentos que más lo necesita:

“También la experiencia demuestra que el sacramento proporciona una fuerza espiritual, que transforma el ánimo del enfermo y le da alivio incluso en su situación física. Esta fuerza es útil especialmente en el momento de la muerte, porque contribuye al paso sereno al más allá” (ibíd.).