El diezmo ha sido en el ámbito civil, incluso desde la época romana, un impuesto (del 10%) que se pagaba en razón a una contraprestación ya sea por una autorización a ejercer una labor económica ya sea por el derecho a usar un terreno, etc..

El origen del diezmo es muy antiguo, pues en el ámbito religioso ya se habla de él en el Antiguo Testamento.

El diezmo era el 10% o los diez primeros frutos o la décima parte de los productos ofrecidos a Dios; y quizá se instituyó evocando simbólicamente los diez mandamientos. Según la Ley Mosaica, el diezmo era obligatorio.

Según su etimología la palabra diezmo se entendía por la décima parte de los frutos que provenían de los campos y animales; pero ojo, que aquí sólo se habla de productos (de aceite, de trigo, del vino, etc.), no de dinero.

Es decir, bíblicamente hablando, el diezmo nunca fue una ofrenda a Dios y/o para estar a su servicio hecha en dinero sino en especie (Lev 27, 30-32. Mal 3, 8-10), y en tiempos de Esdras se habla sólo de los diezmos de cereales y frutos.

Se sabe que el primer diezmo que aparece en la Biblia fue el dado por Abram (quien se llamaría después Abraham) al sacerdote Melquisedec en acción de gratitud (Génesis 14, 20).

Posteriormente se instituyó el diezmo a favor de los sacerdotes levitas. Dios llevó a su pueblo a la tierra prometida, allí les repartió la tierra a las once tribus. Como la tribu de los levitas tendría que dedicarse al servicio del culto a Yahveh, las demás tribus restantes tendrían que dar el diezmo para sostener el SACERDOCIO JUDÍO. Este sacerdocio debía sostenerse hasta la llegada del Mesías.

De manera pues que el diezmo era la manera de sustentar la tribu israelita de Leví que no podía poseer herencias de tierras; como su labor era dedicarse al servicio del tabernáculo, habían quedado sin parcela al repartirse la tierra de Canaán (2 Cro 31, 5-19). “A los hijos de Leví, les doy en herencia todos los diezmos de Israel, a cambio de su servicio: del servicio que prestan en la tienda del encuentro (Núm 18,21).

Lo que recibía la tribu de Leví por parte del pueblo Judío era el 10% de lo que rindieran todas las otras tribus de Israel. El diezmo tenía que ser administrado no solo para el servicio del culto sino también para las obras de caridad (Deuteronomio 26, 12-13).

De manera pues que para el libro del Levítico, el diezmo es un impuesto a beneficio del templo; según el libro de los Números, un impuesto a favor de los levitas; y para el libro del Deuteronomio el diezmo es un banquete gozoso ante Yahvé en el que el diezmo (en especie) es consumido, y cada tres años, una obra a favor de los necesitados.

En todo caso el diezmo era algo propio y exclusivo del Antiguo Testamento, del pueblo judío y ligado al culto “oficial”. Por eso en el Nuevo Testamento los cristianos no hablan del diezmo ni, menos aún, se impuso.

Hoy en día hay gente que mezcla las dos alianzas como si fueran lo mismo: a ratos hay gente que se dice cristiana y a ratos hay gente que también se considera judía al pedir el diezmo.

Si se desea seguir la Ley judía hay que hacerlo todo o nada: circuncidarse, no comer sangre, guardar el sábado, dar el diezmo y ofrecer holocaustos; apedrear a los que violan la ley, etc, etc.. Todo esto es propio de y para los judíos.

A una persona no le era permitido escoger lo que le gustaría del judaísmo y lo que no como si existiera una especie de menú religioso; no podían elegir qué guardar y qué rechazar.

Una vez llegado el Mesías, en la divina persona de Jesús, Él instituye una nueva alianza. En el Nuevo Testamento hay un Nuevo Pueblo: la Iglesia católica, instituida por Jesucristo con los apóstoles y sus sucesores (Hch 20, 28).

En este nuevo pacto ya no hay diezmo, porque ya no hay que sostener al “sacerdocio” judío.

Es por esto que, pasando ahora al Evangelio, el diezmo es un tema ausente ya sea en la predicación de Jesús, ya sea en la predicación apostólica. Ni Jesús ni los Apóstoles ni recomendaron, ni pidieron o mandaron pedir el diezmo.

En la Iglesia no se ve más esta orden u obligación de pagar el diezmo, sino que pedían lo que saliera del corazón. Lo que Jesús dice a sus discípulos es “coman lo que les den” (Lc 10, 37).

De hecho, no existe ninguna referencia bíblica que diga a un cristiano que tenga que dar el diezmo.

Y en el libro de los Hechos de los Apóstoles (la historia de los primeros años de la Iglesia), no se menciona la palabra diezmo ni una sola vez. Existen cantidad de ejemplos de personas que dieron dinero de “corazón”, pero jamás se menciona el diezmo.

Pablo es muy claro, hay que dar lo que se pueda y de manera espontanea pues Jesús mismo al establecer su Iglesia dijo que los que vivan para el anuncio del Evangelio, que vivan del Evangelio (1 Co 9, 13-14) (1 Tim 5,18) no de cobros a los fieles.

En el Nuevo Testamento se menciona la palabra diezmo solo en tres ocasiones y en una triste relación con los maestros de la ley, muy criticados por Jesús (Lc 18, 12-14; Mt 23, 23; Lc 11, 42).

Que quede claro: la comunidad primitiva no se financió con ninguna clase de diezmo.

En la Iglesia católica no existe el diezmo ni en el sentido veterotestamentario ni en el sentido de algo “impuesto”; lo que la Iglesia pedía y pide es una corresponsabilidad.

Una corresponsabilidad que se entienda como una aportación libre y voluntaria, fruto de la fe de los feligreses para hacer frente a las necesidades económicas de toda la comunidad eclesial.

El quinto precepto de la Iglesia indica la obligación de ayudarla en sus múltiples necesidades materiales, pero cada quiénSEGÚN SU POSIBILIDAD. Y “la Iglesia tiene el derecho nativo de exigir de los fieles los bienes que necesita para sus propios fines” (Canon 1260).

En ningún documento oficial de la Iglesia se menciona la posibilidad del diezmo y menos aún como un cobro del 10% del sueldo de nadie: ni diario, ni mensual; ni tampoco que se pida con alguna regularidad o frecuencia.

Ahora bien la Iglesia no exime de la obligación moral de contribuir a su favor pues es un deber de justicia (no confundir con un deber de caridad que es otra cosa); al contrario, nos enseña que el cristiano debe dar a la medida de Cristo y por amor a Él, según sus propias capacidades.

Lo que la Iglesia sí dice es que: “los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras apostólicas y de caridad y el conveniente sustento de los ministros” (Canon 222).

La Iglesia, haciendo eco de las enseñanzas de San Pablo, recuerda la obligación de los fieles de contribuir generosamente con las necesidades de la Iglesia según sus posibilidades; pero la manera cómo esta contribución se deba llevar a la practica no está definida por una ley igual para toda la Iglesia universal.

Las diferentes conferencias episcopales dan directrices o dan las posibilidades para que los fieles ayuden a la Iglesia; por ejemplo, en algunos países basta con el consentimiento del ciudadano para que el Estado entregue a la Iglesia un tanto de los impuestos que se le cobra al ciudadano.

Lo que nunca pedirá la Iglesia es el 10% obligatorio del sueldo de algún fiel y menos aún porque el diezmo haya existido en el Antiguo Testamento.

Y aquí cabe recordar que estas aportaciones de los fieles, si bien es cierto cumplen con el quinto precepto de la Iglesia, serán siempre cifras simbólicas, porque las necesidades de la Iglesia universal son ingentes, apremiantes y constantes.

Por tanto lo importante es que cada uno dé con generosidad, “cada cual dé según el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado, pues: Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9, 7).

Los cristianos, desde la Iglesia primitiva, cooperamos para el sostenimiento de los hermanos. ¿Cómo? A través de colectas.

San Pablo pedía a los cristianos que ayudaran a los hermanos de Jerusalén que pasaban por una crisis. “Para que lleven vuestra ofrenda a Jerusalén” (1 Corintios 16, 3). “En cuanto a la colecta de los santos, haced como se hace en las iglesias de Galacia. Los primeros días de la semana cada uno de vosotros deposite lo que haya podido ahorrar” (1 Co 16, 1-2).

La medida es el amor y la capacidad de cada uno. Es una forma de devolverle al Señor una pequeña parte de lo muchísimo que Él nos da siempre.

Ahora bien, es importante hacer énfasis en una cosa: una cosa es el derecho de la Iglesia a buscar formas apropiadas de autofinanciación para sacar adelante el proyecto salvador de Dios y otra, muy diferente que además se tiene que rechazar, es el afán de lucro a costa de la buena fe de la gente y la manipulación bíblica de algunos para lograr sus fines.

Es decir, una cosa es ver cuál era el uso y el sentido del diezmo en el Antiguo Testamento y otra es usar pasajes bíblicos para que la gente crea en la vigencia del diezmo para que entregue el 10% de su sueldo.

Los líderes de las confesiones protestantes se equivocan al exigir el diezmo pues este famoso 10% en dinero del salario nunca se menciona en la Biblia. El diezmo tal como hoy es enseñado por la mayoría de las sectas, de dar el 10% del ingreso en dinero, no existe en las páginas de la Biblia. Y se equivocan por tres motivos.

1.- En primer lugar recurren a citas de la Antigua Alianza, y más de Malaquías, para hacer creer a la gente que pedir el 10% del sueldo de sus seguidores es algo bíblico.

2.- En segundo lugar porque el diezmo debe ser, única y exclusivamente, entendido como una ofrenda en especie, en alimentos tanto frutos como animales.

3.- En tercer lugar porque el diezmo es sólo una institución del pueblo de Israel, una ley para los israelitas del Antiguo Testamento. Nosotros somos el pueblo de la Nueva Alianza y no somos judíos ni pertenecemos a ninguna tribu de Israel.

Es por esto que lo que hacen los líderes de cualquier denominado grupo cristiano de exigir el diezmo presionando a sus hermanos no es de Dios. “Piensan que la piedad es un negocio” (1 Timoteo 6, 5).