Significado etimológico e histórico de catecismo

El término catecismo proviene del latín eclesiástico catechismus, emparentado con el verbo latino catechizare –catequizar– que, a su vez, tiene sus raíces etimológicas en el verbo griego Katejeo. Éste, en su sentido profano original, viene del efecto de voz producido por las máscaras que los actores se ponían ante el rostro en el teatro para hacer eco, resonar, de modo que la audición llegara nítida a los espectadores.

En el Nuevo Testamento, usado en diversas formas verbales, adquiere el significado en su sentido estricto de dar una instrucción cristiana.

En la época patrística, en que florece la institución catecumenal previa al bautismo (siglos II al V), el vocablo catechizare se hace más preciso en su contenido y señala la instrucción fundamental cristiana dada de palabra a los catecúmenos o candidatos al bautismo (catequesis prebautismal) durante todo el catecumenado hasta su culminación en los sacramentos de iniciación, incluida la instrucción oral cristiana ofrecida a los neófitos o recién bautizados (catequesis mistagógica). En la Edad media, el verbo catechizare seguirá designando solamente la instrucción anterior al bautismo. A partir de los siglos XV-XVI el término catechizare equivaldrá a proporcionar el catechismus –el catecismo–, esto es, la enseñanza oral de los fundamentos de la fe a los ya bautizados. De manera que, como diremos a continuación, el sustantivo catechismus designará, por una parte, la institución para enseñar la doctrina cristiana, orientada principalmente a los niños y, por otra, será el nombre común del libro destinado a realizar esa enseñanza.

 

PRIMER SIGNIFICADO: ENSEÑANZA O INSTITUCIÓN DE LA ENSEÑANZA CRISTIANA

Desaparecido el catecumenado prebautismal para adultos, en los siglos VI al IX el término catechizare siguió significando catechemenus fieri, convertirse en catecúmeno. El niño era catequizado antes de ser bautizado. Esta acción equivalía a los escrutinios que, en forma de preguntas-coloquio, el ministro hacía (al niño) a los padrinos para comprobar su situación de fe; las respuestas positivas que estos daban, eran la garantía de la catequesis futura posterior al bautismo que el niño iba a recibir. Así la palabra catechizare irá adquiriendo el sentido de dar una enseñanza cristiana inicial en forma de preguntas y respuestas.

Más adelante catechizare será lo mismo que dar el catechismus –el catecismo–, es decir, dar esa enseñanza cristiana elemental que los padres y padrinos ofrecían a los niños bautizados. Las familias recibían este encargo de los pastores: enseñaban a los hijos el padrenuestro, el símbolo apostólico y el avemaría, y les iniciaban en la piedad (oración) y la vida honesta (moral evangélica).

A partir del desarrollo del humanismo renacentista (siglos XV-XVI) se multiplicarán en toda la Iglesia las escuelas dominicales del catecismo o doctrina cristiana para los niños, en los locales parroquiales o de las cofradías. Después del concilio de Trento se crearán también escuelas para los jóvenes.

La institución del catecismo infantil llega hasta el Vaticano II, asumiendo después de este las aportaciones del movimiento catequético, en especial las que la renovación pedagógica había producido en el ámbito escolar. El catecismo se organizará o dentro de la misma escuela, como parte de la enseñanza general, o como institución parroquial.

En resumen: el catecismo, sobre todo desde el Renacimiento, se entiende como una forma de educar la fe, un sistema de enseñanza religiosa elemental, destinado preferentemente a niños, inserto bien en la institución escolar, bien en la parroquia y, de ordinario, marcado por la centralidad pedagógica y doctrinal del libro del catecismo.

 

SEGUNDO SIGNIFICADO: EL LIBRO DE LA DOCTRINA CRISTIANA

Esta es la nueva acepción de catecismo: un libro peculiar. Los catecismos son compendios sucintos y claros de la doctrina cristiana —con frecuencia, no siempre, en forma de preguntas y respuestas—, sancionados, de una manera u otra, por la autoridad eclesiástica, y destinados bien a los niños o gente sencilla, bien a los propios catequistas, sacerdotes y gente culta, para proporcionar los elementos fundamentales de la fe en situaciones históricas diversas.

Hoy se tiende a considerar que los catecismos son libros de fe que los obispos ofrecen a las comunidades cristianas de manera autorizada y auténtica y constituyen, por tanto, regla de fe. Recogen el anuncio cristiano y la experiencia de fe vivida y traducida por la Iglesia y tienen como finalidad ser leídos significativamente por los catequizandos de distintas edades y medios culturales.

Se distingue entre catecismos oficiales, textos de quienes ejercen el magisterio en la Iglesia y catecismos autorizados, de instancias técnicas diocesanas o de autores particulares, que deben ser autorizados por quienes ejercen el magisterio eclesial para su uso en la catequesis como material complementario. El catecismo debe recoger de modo sistemático y orgánico la Verdad revelada, como la vive y expresa la Iglesia en los distintos lenguajes litúrgico y oracional, testimonial, comunitario y magisterial. Cada lenguaje es limitado y uno solo no puede introducir, con toda la riqueza de la tradición eclesial, en la sustancia viva de la fe y la vida de la Iglesia. El catecismo es un libro de tradición, ya que la Iglesia entrega hoy lo que recibió de los apóstoles.

El catecismo en la historia de la Iglesia

EL SÍMBOLO DE LOS APÓSTOLES

A la luz de esta definición del catecismo como libro de fe, se podría considerar, de algún modo, como primer catecismo el Símbolo de los apóstoles, ya que en él se halla «la suma de la catequesis dogmática del cristianismo primitivo, [como] fundamento y norma de la vida cristiana» (J. A. Jungmann); también porque la Iglesia lo ha considerado siempre en su tradición como «un compendio de las Escrituras» (san Jerónimo; CT 28; MPD 8), «expresión eclesial» de las mismas y transmisión de la «íntegra sustancia vital del evangelio» (MPD 8). Y también porque el Símbolo no quedaba encerrado en el corazón de los catecúmenos tras la entrega oral y explicada del mismo (Traditio evangelii in symbolo) en el catecumenado prebautismal, sino que, aprendido de memoria, los catecúmenos lo pronunciaban en su momento (Redditio symboli) en forma de profesión de fe bautismal (MPD 8), en medio de la asamblea cristiana. Así pues, el Símbolo de los apóstoles, como resumen de la doctrina revelada, fijada como fórmula breve de fe y memorizada, tiene bastante que ver con el catecismo-compendio de fe.

El Símbolo de los apóstoles, dentro de su género de profesión de fe, es una visión global y sintética de la fe, que no se presta a parcialidades ni ambigüedades como compendio de la Sagrada Escritura —summa Scripturarum lo llamaba san Jerónimo— y es producto del afán pastoral de los santos Padres por proponer la regula fidei, de modo que la revelación tomara contacto real con los creyentes de la comunidad viva y concreta.

 

EL CATECISMO EN LOS SIGLOS VII AL XV

Entre los siglos VII al IX decrecen notablemente los bautismos de adultos, en parte por la extensión del bautismo de niños, fruto de la penetración de la Iglesia en la familia; en parte, por la dilación cada vez mayor del bautismo de muchos adultos hasta la hora de la muerte, consecuencia del rigor penitencial de la época, y en parte, también, por el bautismo masivo de los pueblos nórdicos invasores del Imperio romano. En estas circunstancias, el catecumenado prebautismal de adultos, como proceso institucionalizado de la iniciación cristiana, desapareció.

Con el catecumenado desaparece también esa forma original de educar la fe llamada catequesis. La organización catecumenal no es sustituida por una institución nueva y específica más adaptada a los nuevos tiempos, sino que la instrucción e iniciación cristiana recae —durante toda la Edad media— en otras instituciones ya existentes: la familia cristiana y el padrinazgo, por una parte, y la predicación dominical y ocasional, por otra.

Los obispos y los sínodos episcopales establecen normas frecuentes para los padres y padrinos como responsables directos de la educación religiosa de los niños. A esta forma informal de enseñanza religiosa se la llamará, ya entrada la Edad media, catechismus y catechizare —catecismo y catequizar— y, al que la recibe, catechizatus —catequizado—1. A partir del siglo XVI el catechismus se convertirá en institución oficial de la enseñanza cristiana.

Las iniciativas jerárquicas repercuten en los sacerdotes, como maestros del pueblo cristiano. Estos predicarán todos los domingos y fiestas de precepto no sólo inspirándose en los textos bíblicos de la misa, según las homilías de los Padres de la Iglesia —esto quedará para las iglesias principales— sino, sobre todo, exponiendo varias veces al año el padrenuestro, el símbolo, las virtudes y vicios más frecuentes, la doctrina de los sacramentos y, en particular, el modo de confesar los pecados y otras fórmulas doctrinales. Es decir, desde la Alta Edad media se fue estableciendo esta nueva forma de predicar de género catequético.

El siglo XII supone un avance pedagógico importante. Además de la enseñanza cristiana elemental, ofrecida de palabra —catecismo familiar y predicación catequética—, nace y se desarrolla el libro o libros de religión. No son todavía catecismos propiamente dichos, sino manuales de vida cristiana sobre los deberes de los cristianos seglares y la preparación a los sacramentos, pero que, a su vez, contienen una sumaria exposición de la doctrina cristiana. Se llaman comúnmente Lucidarios, Septenarios e Interrogatorios, destinados estos últimos a los fieles para preparar su confesión anual.

Los Septenarios exponen toda la doctrina cristiana a partir de estructuras septenarias: siete peticiones del Padrenuestro, siete obras de misericordia corporales y siete espirituales, siete sacramentos, siete dones del Espíritu Santo, siete vicios capitales y sus virtudes contrarias, etc. El hallazgo mnemotécnico alcanzó un gran éxito e influyó en santo Tomás y aun en los primeros catecismos del siglo XVI.

En general, muchas obras de los siglos XIII al XV recogen las aportaciones de contenido y pedagogía de estos Septenarios, y otras completan el contenido con los doce artículos del credo, los diez mandamientos, las ocho bienaventuranzas, etc.

Para orientar a los pastores en la predicación catequética al pueblo cristiano, nacen pronto los manuales de predicación o artes predicandi. El más clásico y difundido en la Europa occidental de cultura latina fue el Manipulus curatorum, compuesto hacia 1330 por Guy de Montrochier. En este manual se justifica, por primera vez, la distribución de la materia de la enseñanza, que marcará los catecismos posteriores: Quid credendum (credo), quid petendum (padrenuestro), quid faciendum (mandamientos) y quid sperandum (gloria del paraíso y postrimerías del hombre).

En los siglos XIV y XV, aquella centralidad de la predicación catequética de los siglos VII al XII, en torno al Símbolo y al padrenuestro, se diluye en otras múltiples estructuras doctrinales: septenarias, quinarias, ternarias, nonarias, etc., quedando todo el contenido casi en pie de igualdad y con fuerte acento moralizador. No son ajenos a este talante homologador y moralista el decaimiento general de las costumbres cristianas y la irrupción en la pastoral de la teología escolástica, con su prurito de definir, distinguir, dividir y subdividir conceptualmente la realidad.

 

EL CATECISMO EN EL SIGLO XVI

Siguiendo el esquema del catecismo-enseñanza oral, durante toda la Edad media, la educación religiosa de los niños siguió confiada totalmente a la familia, apoyada en las amonestaciones de los párrocos sobre cómo instruir y educar en la virtud, y en los libros de religión o manuales de vida cristiana, que se extendían detalladamente en la educación cristiana de los hijos.

Pero el siglo XVI presentará un cambio radical. Por causas complejas se multiplican las escuelas de la doctrina cristiana, organizadas por primera vez a finales del siglo XV. Serían «la forma oficial de la enseñanza religiosa para todos los niños de determinado territorio eclesiástico… una especie de catecumenado organizado para una enseñanza colectiva con personas oficialmente designadas; intentaban además una iniciación a la conducta moral y a la vida eclesial en colaboración con las familias» (L. Csonka). El concilio de Trento prescribe el catecismo dominical y festivo para niños y jóvenes, mediante la exacta imitación de las escuelas de la doctrina cristiana. «De este modo el catecismo parroquial festivo perdía su carácter de iniciativa privada y venía a ser la nueva forma oficial de catequesis juvenil» (L. Csonka).

Este catecismo-institución, lo mismo que la predicación dominical y festiva al pueblo, giró cada vez más en torno al catecismo libro-doctrinal.

El término catechismus –catecismo–, aplicado al Manual doctrinal, tiene su prehistoria. En 1357 aparece el primer catecismo inglés, del cardenal Thoresby, con el título Lay folks Catechisme, inspirado en la Somme le-Roy (1279), a través de una refundición de esta, titulada De informatione simplicium (hacia 1281). Por otro lado, en 1478, el cardenal Pedro González de Mendoza, confesor de la reina Isabel la católica, escribe un Catechismus pro iudeorum conversione, bilingüe, publicado en Sevilla. «A partir de 1520 corren numerosos catecismos, o con este título expreso o análogo como el de Enchiridion o Institutio, tanto entre protestantes como entre católicos» (J. I. Tellechea). En 1528, A. Althamer edita en Nuremberg un Katechismus in Frag und Antwort, catecismo de preguntas y respuestas.

El género literario catechismus –catecismo– se extiende, sobre todo, a partir del siglo XVI. Los catecismos tendrán como telón de fondo la urgencia de una auténtica cristianización mental y vital y, por consiguiente, la de una sincera y honda conversión, y la de un cultivo serio, aunque inicial, de los fundamentos de la fe cristiana en relación a niños, jóvenes y adultos.

Por necesidades pastorales se publican dos modalidades de catecismos: unos extensos, destinados a párrocos, sacerdotes y personas cultas; otros concisos, casi esquemáticos, adecuados al pueblo llano y particularmente a los niños, a modo de cartilla para su memorización. En ambas versiones domina el talante práctico.

 

a) El «Katechismus» de Lutero.

Portada Catecismo Mayor de Lutero
Portada Catecismo Mayor de Lutero

Aunque hacía mucho tiempo que la Iglesia intentaba establecer un buen sistema de formación para los jóvenes y el pueblo sencillo, y hacía ensayos con pequeños manuales o epítomes de la doctrina cristiana, fue, sin embargo, Lutero quien, inspirándose probablemente en la obrita de A. Althamer, abrió la era de los catecismos entre protestantes y católicos, publicando su célebre Katechismus en dos ediciones o modalidades (1529). Se había dado con un instrumento educativo eficaz de largo alcance para el crecimiento en la fe del pueblo cristiano. Por eso Lutero es considerado como «el padre de los catecismos modernos y el iniciador de la enseñanza religiosa popular» (L. Csonka). Contribuyó a su éxito la gran calidad de lenguaje –alemán– y el progreso de la difusión escrita por medio de la imprenta.

Lutero se mantiene fiel a las estructuras doctrinales tradicionales. Pero la nueva fe aparece en el ordenamiento de la materia doctrinal. Comienza por los mandamientos, que el hombre no puede guardar; añade después el Símbolo y la doctrina de la fe fiducial como único medio de salvación; por fin, la oración dominical y los sacramentos. Las respuestas –a las preguntas– están tomadas fundamentalmente de la Sagrada Escritura. Destaca sobre todo el carácter pastoral de los catecismos de Lutero, por centrarse en las estructuras doctrinales sustanciales –dejando otras de tono menor y excluyendo sutilezas teológicas– y por la redacción en lenguaje sencillo, cercano al pueblo.

Una observación importante: los catecismos de Lutero llegaron a ser tan imprescindibles en la educación de la fe popular, que se convirtieron en norma de fe, disminuyendo así de hecho no sólo la importancia del catequista y de la misma Iglesia, sino incluso de la Sagrada Escritura.

 

b) Los catecismos católicos y su estructuración.

Catecismo de Pío V
Catecismo de Pío V

En pleno concilio de Trento (1545-1563), entre 1555 y 1559, y para contrarrestar el éxito de los catecismos de Lutero, el jesuita Pedro Canisio publica en Alemania sus tres catecismos: mayor, mediano y menor. Su contenido es dinámico, a partir de la vida teologal; el hombre cristiano actúa desde el dinamismo interior de esas virtudes: a la fe se vincula el credo; a la esperanza, la oración; a la caridad, los mandamientos; en una cuarta parte se exponen los sacramentos, y en la quinta se presenta la justicia cristiana, en donde se acumulan muchas fórmulas medievales: vicios y virtudes, obras de misericordia, dones, bienaventuranzas, consejos evangélicos, etc.

No obstante, en todas estas acciones, se resalta la fe como «puerta de nuestra salvación». «La obra de Canisio tiene más próximo parentesco con la labor de los Padres de los primeros siglos que con la escolástica medieval y la corriente polemista» (C. Csonka). Con un lenguaje concreto, muy cercano a la Sagrada Escritura, abundante en comparaciones y textos bíblicos, los catecismos se difundieron ampliamente.

 

c) El catecismo del concilio de Trento.

En 1566, tres años después de clausurado Trento, se publica el catecismo pedido por el Concilio y llamado Catecismo romano o de san Pío V o Catechismus ad parochos. En su momento fue una obra maestra por su contenido y por su didáctica, por haber seleccionado —como otros lo habían hecho— y por haber ordenado sabiamente —como nadie las había ordenado– las fórmulas o estructuras catequísticas más importantes: el símbolo, los sacramentos, los mandamientos y la oración dominical.

Con esta estructuración, en efecto, se articulan el pensamiento central del cristianismo (principio de tradición eclesial) y las aportaciones del humanismo renacentista (principio de historicidad). Inspirándose en los tiempos apostólicos y patrísticos, el catecismo pone de relieve la iniciativa de Dios, exponiendo en la primera y segunda parte –símbolo y sacramentos– las intervenciones salvíficas de Dios en la historia de la salvación. Por el contrario, en la tercera y cuarta parte –mandamientos y oración–presenta preferentemente la respuesta del hombre al amor de Dios, resaltando la libertad y el protagonismo en su salvación y tareas temporales, según el espíritu del tiempo. Los textos bíblicos y patrísticos dan riqueza y cercanía al catecismo. Los catecismos de san Pedro Canisio y del concilio de Trento son un esfuerzo lúcido de síntesis entre la fe tradicional (fides quae) y la cultura humanista y buscan promover la fe personal (fides qua) de los creyentes3.

 

d) Los catecismos de san Roberto Belarmino.

El peligro de aquella situación religiosa era evidente y se cayó en él. «Cuando las escisiones religiosas, que provocaron la Reforma protestante, sembraron la división y el desconcierto en el pueblo, los catecismos asumieron la finalidad de fijar posiciones, adquiriendo con ello clara investidura confesional» (J. J. Tellechea). En efecto, por reacción antirreformista y aceptando la concepción de la fe personal de Trento como «fundamento y raíz de la justificación» (perdón y renovación interior del hombre), los teólogos y pastores dan por supuesta esta fe en los fieles, es decir, dejan de insistir en la educación de esta actitud de fe (la virtud teologal de la fe, la fides qua) y ponen el acento en transmitir las verdades de la fe íntegramente profesadas (la profesión de fe, de las verdades de la fe, de la fides quae). El mensaje de la fe prevaleció sobre la opción personal de fe, apoyada en la ayuda gratuita de Dios. Así, la doctrina cristiana se presenta al creyente bajo el aspecto de deber y la iniciativa divina queda bastante desvirtuada por un peligroso antropocentrismo.

«El portavoz más notable de esta teología y de la catequesis controversista fue nada menos que el cardenal Belarmino» (F. X. Arnold), quien publicó sus catecismos en 1597 y 1598. Estos catecismos, tras la recomendación de los papas, fueron acogidos como oficiales en toda Italia y en no pocos países, hasta la publicación del Catecismo de san Pío X, en 1905.

Este giro de 180 grados hacia la acentuación objetiva de la fe (mensaje), disminuyendo la insistencia subjetiva de la fe (acto personal o virtud teologal) ha tenido una repercusión insospechada en la educación religiosa posterior, incluso hasta nuestros días.

 

e) Los catecismos católicos en España.

También en las postrimerías del siglo XVI hay que nombrar a dos jesuitas españoles: Gaspar Astete y Jerónimo de Ripalda, célebres por sus respectivos catecismos (escritos en 1576 y 1586) (cf Luis Resines, 1995). Ambos se adelantaron a Belarmino en la objetivación de la fe sobre la valoración del acto de fe, y en la estructura antropocéntrica. Menos polemista el catecismo de Astete y más antiprotestante el de Ripalda, ninguno de los dos se inspira en el Catecismo romano, ni en la ordenación doctrinal ni en su impregnación bíblica. Ambos han sido los más utilizados en las diócesis de España y en las de origen hispánico hasta la década de 1960 4.

 

EL CATECISMO EN LOS SIGLOS XVII-XX

a) Catecismo: libro e institución.

En este período el contenido de los catecismos sigue cercano a la teología de la controversia o apologética y está lejano de las fuentes vivas de la Sagrada Escritura y de la liturgia: su lenguaje es abstracto; el método con que son utilizados es deductivo y la pedagogía magisterial y depositaria.

El catecismo-libro continuará siendo el centro del catecismo-institución, como organización eclesial destinada a los niños y también a los jóvenes, para proporcionarles la enseñanza cristiana fundamental. Y así continuará hasta el siglo XX. ¿Se ha pensado que el catecismo, como institución educativa cristiana, en su raíz, pertenece a la época de cristiandad? Aunque la Iglesia en el siglo XVI queda dividida, el mundo católico —al menos allí donde no ha llegado el impacto de la escisión— sigue viviendo en esa simbiosis de lo religioso y lo socio-político de la cristiandad. En este sentido, la institución del catecismo, a pesar de su polarización en el compendio doctrinal y sus limitaciones bíblico-litúrgicas, metodológicas, lingüísticas, antropológicas, etc., podrá quedar compensada por el ambiente familiar y social cargado todavía de cierta impregnación educativo-religiosa.

b) El catecismo insuficiente.

Con el paso del tiempo, y especialmente con los cambios socioculturales de los siglos XIX y XX, «la institución catequética (el catecismo) y el estudio del libro (el manual) se revelarán insuficientes para mantener vivo el anuncio de la Palabra en la comunidad cristiana» (J. Audinet). El manual se fue quedando estrecho y descolgado de las preguntas del hombre moderno. Los catecismos antiguos respondían, desde la fe, a preguntas sobre la familia, las autoridades civiles, la vida social, como correspondía a la cultura de la época. Pero de mediados del siglo XIX a mediados del siglo XX y aun hasta el Vaticano II (1965), hay muchas preguntas nuevas: «¿Qué catecismo (de entonces) tiene un capítulo sobre el racismo, la revolución, la demografía, la pobreza, el subdesarrollo, la educación…?» (J. Audinet).

c) Intentos de un catecismo universal.

La confusa variedad de tantos catecismos breves y los diferentes métodos de transmitir lo esencial de la fe, hizo nacer el deseo de un catecismo único para toda la Iglesia. La idea se propuso en el concilio Vaticano I (1869). Estos inconvenientes se evitarían redactando «un nuevo catecismo en latín, semejante al catecismo breve del venerable cardenal Belarmino». Los padres conciliares querían una norma común para la enseñanza inicial de la fe. El catecismo breve quedó redactado y aprobado. Tras incorporar varias enmiendas, se leyó en el aula conciliar, pero no fue votado de manera definitiva por el aplazamiento indefinido del Concilio.

La cuestión vuelve a surgir en el Vaticano II, pero, ante las condiciones tan diferentes de cada país, se adoptó la idea de elaborar un Directorio catequético para orientar la confección de los catecismos locales, bajo la autoridad de las conferencias episcopales. Esta recomendación quedó incorporada en el decreto sobre los obispos Christus Dominus (n 44).

Antes de publicarse el Directorio general de pastoral catequética (Directorium catechisticum generale [1971]), reverdece el tema del catecismo universal en la sesión del sínodo de obispos de 1967, pidiendo que aparezca algún documento magisterial o regla de fe con las verdades fundamentales, frente a los errores u opiniones peligrosas, o una versión actualizada del catecismo de Trento o, mejor, un catecismo del Vaticano II. Pero el sínodo (1967) no dejó constancia de esta cuestión. En 1971 aparecía el Directorio general de pastoral catequética, cuya autoridad reafirmó la exhortación apostólica possinodal Catechesi tradendae (1979) (cf CT 2, 50).

Será el sínodo episcopal extraordinario de 1985, convocado para evaluar los veinte años del posconcilio, el que, en su Relación final, recupere —en alguna medida, aunque con importantes matices nuevos— el tema del catecismo universal: «De modo común se desea que se escriba un catecismo o compendio de toda la doctrina católica, tanto sobre fe como sobre moral, que sea como un punto de referencia para los catecismos y compendios que se redacten en las diversas regiones. La presentación debe ser tal que sea bíblica y litúrgica, que ofrezca la doctrina sana y sea, a la vez, acomodada a la vida actual de los cristianos» (Relación final, II, B, a, 4, Documentos del sínodo 1985, PPC, Madrid 1985).

 

CATECISMOS DE LA RENOVACIÓN CONCILIAR (1965-1992)

El Vaticano II ha sido el punto final oficial del catecismo-institución y el punto de arranque también oficial de la nueva institución educadora de los cristianos: la catequesis de inspiración catecumenal. A su vez, esta revisión de la acción catequética desde los principios conciliares ha originado una nueva concepción del catecismo-libro y su resituación y relativización en la catequesis renovada.

Entre los años 1965 y 1992, sólo en Europa, aparecen catecismos oficiales tan renovadamente variados como (sólo algunos de ellos): el prologado por los obispos holandeses: Nuevo catecismo de adultos, con el suplemento de Roma (1966); el del episcopado alemán: Nuevo catecismo católico: Creer-Vivir-Obrar (10-14 años, 1971); el del episcopado español: Con vosotros está (12=15 años, 1976); el del episcopado italiano: No sólo de pan (Jóvenes, 1979); el del episcopado francés: Pierres vivantes (9-11 años, 1980); el de la conferencia episcopal española: Esta es nuestra fe. Esta es la fe de la Iglesia (adultos relacionados con niños de 9-11 años, 1986); el de la conferencia episcopal alemana: Catecismo católico para adultos. La fe de la Iglesia (1988); el de la conferencia episcopal francesa: Catecismo para adultos (1993), y el de la conferencia episcopal belga: Libro de la fe (1987). Lo mismo sucede en las Iglesias latinoamericanas y en muchas de las Iglesias nacionales de la Iglesia universal.

En un sentido amplio, todos estos catecismos oficiales respondieron y responden a la finalidad propuesta por el Directorio de pastoral catequética de 1971 (n. 119), que es «proporcionar un aprendizaje práctico de los documentos de la revelación y de la tradición cristiana y los principales elementos que deben servir para la actividad catequística, para la educación personal de la fe», es decir, «ponen al alcance de la mano (manuales) las principales fuentes de fe en relación con la edad determinada, a la que se dirigen» (A. Cañizares), pero con un primer esfuerzo de inculturación, que ha de incrementarse notablemente a partir de la publicación del Catecismo de la Iglesia católica (1992) y del Directorio general para la catequesis (1997), como diremos a continuación.

De una manera más o menos aproximada, de los numerosos catecismos oficialmente publicados después del Vaticano II, en las numerosas diócesis o Iglesias nacionales, se puede decir lo que el nuevo Directorio general para la catequesis dice de los catecismos locales: «Por medio de los catecismos locales, la Iglesia actualiza la pedagogía divina (DV 15) que Dios utilizó en la revelación, al adaptar su lenguaje a nuestra naturaleza con su providencia solícita (cf DV 13). En los catecismos locales, la Iglesia comunica el evangelio de una manera muy accesible a la persona humana, para que esta pueda realmente percibirlo como Buena Noticia de salvación. Los catecismos locales se convierten, así, en expresión palpable de la admirable condescendencia (DV 13) de Dios y de su amor inefable (cf DV 13) al mundo» (DGC 131).