El Beato Juan Duns Escoto, Doctor Sutil y Mariano, sigue siendo en la historia de la mariología el gran teólogo medieval que, oponiéndose a la opinión normalmente mantenida por sus contemporáneos, fue el primero en demostrar no sólo la posibilidad teológica de la “Concepción inmaculada de María, sino que, además, aportó razones válidas de conveniencia para defender en María la efectiva y total exención de pecado original querida por Dios en previsión de los méritos redentores de su hijo Jesús. Por tanto, históricamente hablando, fue decisivo el influjo de Escoto a favor de la progresiva concreción y difusión de esta doctrina en la Iglesia y para el triunfo dogmático de este privilegio mariano en 1854, por obra de Pío IX. Hoy todos admiten la actualidad de sus argumentos teológicos a favor del dogma de la Inmaculada Concepción.

Para los teólogos de la escuela franciscana, la Encarnación del Verbo es la “obra máxima, la obra maestra absoluta de la Santísima Trinidad” (summum opus Trinitatis). Dios la quiso por sí misma, por su intrínseca bondad suma; es decir, la quiso de manera absoluta, sin estar condicionada al probable pecado de Adán. En ese sentido -sostienen los seguidores de Escoto- Aunque Adán no hubiese pecado, el Verbo Divino se habría encarnado. La Santísima Trinidad, efectivamente, al decretar la difusión de su Amor fuera de sí mediante la creación, ha querido, ante todo, la Encarnación del Hijo, y todo el resto de la creación lo ha querido porque ha querido la Encarnación. Y -añaden los franciscanos- con el mismo e idéntico decreto con el que ha querido incondicionalmente la Encarnación del Hijo, ha querido también a Aquella que debía ser la Madre del Verbo Encarnado. Dicho con otras palabras: Dios ha querido a la criatura sumamente amada por él, María, antes y más que a cualquier otro ser creado; la ha querido en el instante mismo en que ha querido la Encarnación del Verbo; la ha querido porque ha querido al Verbo Encarnado y, por tanto, la ha querido también independientemente del probable pecado de Adán.

Pero ahora, después del pecado original y la consiguiente decadencia moral que arrastra como una avalancha a todo el género humano a través de los siglos, el Verbo Encarnado es también, de hecho, el Redentor de todos los hijos de Adán. Pero María -sostiene Escoto-, aún siendo hija de Adán y Eva pecadores, no obstante, habiendo sido elegida y querida por Dios como Madre del Verbo Encarnado, no fue redimida simplemente como los demás seres humanos, sino que, por voluntad divina, fue redimida perfectísimamente. De hecho, fue sumamente conveniente que, en cuanto Madre de Dios, desde el primer instante de su existencia en el seno materno fuese llenada de gracia santificante, es decir, fuese preservada totalmente del pecado original, en previsión de los méritos redentores del Hijo. Ahora bien, como veremos, para Escoto es sumamente conveniente que esta perfectísima redención de María en virtud de los méritos del Hijo redentor, consista en su Concepción Inmaculada, o sea, en su total preservación de la contradicción del pecado original desde el primer instante de existencia de su alma bendita.

Como se verá, pues, la divina maternidad de María no es sólo la clave del misterio de Cristo y su corolario, sino que es también la matriz de toda la existencia santísima de María desde su concepción hasta su gloriosa asunción al cielo. De hecho, esta maternidad divina, definida dogmáticamente por el Concilio de Nicea (en el 325 d.C.), implica todos los demás gloriosos títulos marianos que, a partir de tal maternidad divina, han sido concretados y desarrollados por la tradición post-nicena a través de los siglos. Como es sabido, de esta maternidad divina deriva también la presencia en Francisco y en sus hijos (teólogos y no teólogos) de ciertos títulos reservados a María y especialmente amados por la espiritualidad franciscana: señora y reina, abogada y madre espiritual de los creyentes, mediadora de las gracias merecidas para nosotros por Cristo y por su compañera en la redención, y, por tanto, “Virgen hecha Iglesia”. Estas mismas consideraciones teológicas explican también la profunda contemplación y reflexión teológica del Doctor Seráfico san Buenaventura, a propósito de la excelsa santidad y pureza de María que, con las debidas diferencias, él pone en un cierto paralelismo con la santidad misma de Cristo. Escoto, a su vez, como ahora veremos, tomará impulso precisamente de esta consideración de la santidad y pureza de la Madre de Dios y de los hombres para formular sus argumentos teológicos a favor de su Inmaculada Concepción. A decir suyo, en efecto, este privilegio singular reservado a María se explica fundamentalmente como privilegiada y perfectísima redención de la Madre por parte del Hijo Redentor.

¿En qué sentido, pues, podemos afirmar que Escoto fue el primero en elaborar una doctrina favorable a la Inmaculada Concepción que, obviamente, no sin dificultades iniciales (de las que hablaremos en estas páginas), fue acogida cada vez más explícitamente por la Iglesia en base a sus argumentos? Tratándose de una cuestión histórico-teológica, la respuesta tendrá que tener en cuenta, en primer lugar, de las resistencias que se oponían a este privilegio mariano, en especial por parte de los teólogos de los siglos IX-XII, cuyas resistencias fueron también adoptadas, comúnmente, por los escolásticos del siglo XIII (hasta los tiempos de Escoto)…

Extracto del artículo de Alfonso Pompei, OfmConv.: Giovanni Duns Scoto e l’Immacolata Concepzione
Revista: Commentarium OFMConv, Roma, 102 (2005), 130-150
Traducción: Fr. Tomás Gálvez