La tradición es importante.

Como declaración sobre las bases de la doctrina de la Iglesia, este comentario puede no sonar muy sorprendente. Para los fieles católicos y ortodoxos es bastante obvio, pero evoca también una gran paradoja en el pensamiento de una consistente e influyente porción de cristianos de todo el mundo: los evangélicos. Por muy sorprendidos e incluso chocados que estemos escuchando o leyendo esto, el hecho es que los evangélicos son mucho más católicos de lo que creen.

Los evangélicos se glorían de basar su fe sólo en la Biblia. Este, en el fondo, es el núcleo de la doctrina de la sola scriptura,propuesta por la reforma protestante. Si mantenéis un debate con un evangélico, veréis que la pregunta nunca tarda en salir a la superficie: “¿Dónde esté esta afirmación en la Biblia? Indique el capítulo y el versículo”.

Y allí está el problema. Los evangélicos creen en doctrinas centrales de la fe que no se pueden basar simplemente en la Escritura, porque se han desarrollado en la tradición de la Iglesia. Tras haber formulado una convicción, si se quiere, es posible tomar versículos bíblicos para apoyarla, pero nunca se llegaría a esas posiciones doctrinales sólo a través de las Escrituras.

El ejemplo más obvio es la Trinidad, que los evangélicos consideran una convicción fundamental para cualquier cristiano. Esta no aparece sin embargo de modo explícito en la Biblia. Su única base bíblica es la que se ha hecho conocida como “los paréntesis de Juan”, una mención abiertamente trinitaria hecha en 1 Jn 5, 7-8, pasaje consagrado en el texto de la Biblia del rey Jacobo en 1611. Los expertos, sin embardo, saben desde hace siglos que esas palabras fueron insertas de modo tardío en el texto original. Ningún escritor serio las cita hoy como auténticas.

Dejar de lado esos paréntesis no suscita dificultad alguna para quien cree en la Trinidad, una doctrina tan arraigada en la tradición de la Iglesia. La doctrina fue abrazada por los cristianos en el siglo II, en particular por padres apostólicos como Ignacio y Justino. Hablar de tradición de la Iglesia no significa, está claro, que estas figuras hayan inventado doctrinas para satisfacer sus oscuros propósitos. Al contrario, como los teólogos católicos y ortodoxos han subrayado siempre, la Iglesia ha sido y es guiada por el Espíritu Santo. Sin esta convicción en el poder de la tradición continua, sin embargo, ¿cómo se podría justificar la misma doctrina de la Trinidad?

Si no hay tradición de la Iglesia, no hay Trinidad.

Para los evangélicos es fundamental también la convicción de la encarnación de Cristo. El Nuevo Testamento nos permite formarnos ideas, está claro, sobre la divinidad de Cristo y sobre el hecho de que se hiciera hombre. Pero basarse en estos textos bíblicos dio a los primeros cristianos un enorme margen de maniobra en lo que respecta a la comprensión de cuál era la relación entre lo humano y lo divino. ¿Cristo era literalmente Dios que caminaba en la tierra en forma humana? ¿O la divinidad “descendió” sobre Jesús en algún momento de su vida terrena, presumiblemente en el Bautismo, para después abandonarlo en el momento de la crucifixión?

Los cristianos discutieron estas doctrinas complejas durante siglos y se establecieron sólo en el Concilio de Calcedonia del 451. En otras palabras, se trata de una doctrina definida a través del debate dentro de la Iglesia, con base en la Escritura y en la tradición, bajo la orientación del Espíritu Santo.

Si no hay tradición de la Iglesia, no hay doctrina de la Encarnación.

Los protestantes han sentido siempre gran estima por la Iglesia de los orígenes. Ilustres expertos evangélicos han publicado obras sobre los primeros padres. En inglés, por ejemplo, la casa editorial evangélica IVP ha presentado una espléndida serie de volúmenes con el título Ancient Christian Commentary on Scripture [Comentarios del cristianismo de los orígenes sobre las Escrituras]. Dicho esto, los evangélicos rechazan aún el uso de la sabiduría de la Iglesia de los primeros siglos para establecer la doctrina.

Pero supongamos que estos reconozcan la realidad y admitan que doctrinas fundamentales, como la de la Trinidad, se basan de hecho en la tradición de la Iglesia primitiva. ¿Y cómo definen el significado de esta “primitiva”? ¿Ven la obra del Espíritu Santo aún en acción antes del Concilio de Nicea, en el 325, o extienden este periodo hasta el de Calcedonia, en el 451, como es necesario si queremos aceptar la Encarnación? Y si aceptan también las ideas de san Agustín como dotadas de autoridad, esto nos lleva a considerar que la etapa de la historia de la Iglesia considerada como primitiva se extiende hasta el siglo V.

Pero si los evangélicos se aventuran en el siglo IV o V, significa que frente a ellos hay una Iglesia “inquietantemente” medieval e incluso católica. Se trataba de una Iglesia jerárquica, con ideas ya sólidas sobre la constitución del clero y con reglas definidas sobre el celibato clerical y sobre el monaquismo. A partir del siglo II, además, las ideas sobre el papel de la Virgen María en la historia de la Redención eran cada vez más populares y tradicionales en la Iglesia. Estas ideas, quizás, ¿estaban menos dotadas de autoridad que otras como la de la Trinidad?

¿Entonces por qué María no?

Creo que los evangélicos deberían ser más explícitos sobre su visión de la tradición. Afrontando este aspecto no quiero ponerles en aprietos, sino sugerir que nosotros, los cristianos, estamos más cerca de la unidad doctrinal de lo que se piensa.

Anuncios