by Steven Neira

Dentro de los siete sacramentos que la Iglesia guarda con celo al haber sido instituidos por el mismo Jesucristo, existe uno en particular que despierta dudas en muchos y rechazo en otros.

El Sacramento de la Reconciliación o de la Penitencia, es para nosotros los cristianos un regalo de Dios que además de liberarnos de la carga de nuestros pecados, manifiesta sin fin la Misericordia y el Amor del mismo Dios hacia los hombres que una y otra vez lo traicionamos.

Quede claro pues, que el depósito de la fe que guarda la Iglesia no es ni ha sido nunca un invento humano, sino divino, como respuesta a la necesidad del hombre de reconciliarse con su Dios.

Orígenes

“Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. [1]

Estas fueron las palabras pronunciadas por el Señor a los apóstoles, en la tarde del domingo de su resurrección. Quisiera centrarme en el hecho de que fue esto lo primero que hizo el Señor al ver a los apóstoles después de tres días de aparente ausencia, dándonos a entender de esta manera que aquello no fue cualquier prodigio, sino algo fundamental tanto para los apóstoles como para los que habríamos de creer en El a través de ellos [2].

No puedo evitar el entrar en cierta indignación al encontrarme con distintos hermanos separados que le atribuyen a su iglesia o institución el actuar del Espíritu Santo, cuando la misma historia –bíblica y universal- les demuestra el actuar de este mismo Espíritu dentro de la Iglesia cristiana, la Iglesia de los apóstoles y de los mártires, la Iglesia Católica; sobre este punto tratare luego de forma detallada.

Decía pues, que debió ser relevante para la Iglesia entera este acontecimiento, pues fue lo primero que hizo y dijo a los apóstoles después de resucitar, dándoles así el poder para perdonar los pecados en el nombre de Dios. Cabe recalcar que este poder lo recibieron únicamente los apóstoles, por tanto había una diferenciación entre éstos y el resto del Pueblo de Dios.

Tanto fue esto así que Lucas lo detalló en el libro de los Hechos: “Muchos de los que habían creído venían a confesar y declarar sus prácticas” [3] No iban pues donde otras personas, ni confesaban sus culpas “directamente” a Dios, sino que iban hacia los apóstoles para recibir el perdón que Jesucristo les había dado el poder de impartir.

Sin embargo si aún queda duda de que este ministerio haya sido dado a los apóstoles, san Pablo nos lo recuerda de una forma más explícita aún, en su segunda carta a los Corintios: “Y todo proviene de Dios que nos reconcilio consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación”. [4]

De esta manera el Sacramento fue instituido por Jesucristo dentro de la Iglesia, para que podamos tener una vida de Gracia y aspirar a una vida eterna.

Sucesión Apostólica

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Hasta ahora lo que he hecho es fundamentar la institución de este Sacramento con citas bíblicas bastante claras y explicitas, sin embargo tiene también un fundamento histórico que no podemos ignorar. No pretendo hacer un tratado de la historia completa del Sacramento, pues me tomaría más que un par de hojas, tan solo expongo algunas de las tantas razones que lo fundamentan, pues más allá de la parte apologética, lo que pretendo es recuperar un poco el valor y la importancia del Sacramento.

Son numerosos los personajes que podría citar refiriéndose a la Confesión en los primeros siglos de la Iglesia, como lo son: Orígenes, Tertuliano, san Cipriano, entre otros, sin embargo me remitiré a los mismos apóstoles que nos dejaron un hermoso escrito llamado la Didajé (60-160 d.C): “En la reunión de los fieles confesarás tus pecados y no te acercarás a la oración con conciencia mala” [5]

Debemos recordar que este escrito fue preservado por los apóstoles de los apóstoles, y así sucesivamente, haciendo de esto una sucesión apostólica, que es guardada celosamente por la Iglesia Católica Romana.

El poder de impartir el perdón de Dios a los penitentes fue transferido a nuestros actuales ministros o sacerdotes a través de esta misma sucesión, sin ningún tipo de ruptura histórica, pues la Iglesia y la Historia poseen todos los documentos que evidencian la relación tanto entre los apóstoles de ese tiempo y nuestros Obispos, como la que hay entre san Pedro y el papa Benedicto XVI.

Por estas y otras sentencias, no existe razón por la cual alguna otra denominación ajena a la Iglesia de Cristo pueda atribuirse la acción del Espíritu Santo, pues queda claro a la lógica y la inteligencia que el Santo Espíritu de Dios no inspiraría jamás cosas distintas a personas distintas. De esta manera queda abolido también aquel criterio que se alza como estandarte de guerra para los relativistas: “No importa de qué religión seas, todas llevan al mismo Dios”.

Necesidad del sacramento

Yendo entonces a la parte central de este escrito, es importante tomar consciencia en cuanto a lo necesario que es no sólo saber defender lo que se cree, sino vivir aquello que decimos creer.

El Sacramento de la Confesión ha sido siempre el blanco de muchos ataques protestantes, pero increíblemente han sido más los ataques de la duda por parte de los católicos, que a fin de cuentas no viven esa coherencia, tan necesaria para dar testimonio al resto del mundo que vive una desesperanza y un sinsentido tremendos.

Actualmente se viven distintos abusos del Sacramento, que van desde la mala administración hasta la poca disposición para recibirlo.

Debemos tener muy claro que no existe otro camino por el cual nuestros pecados puedan ser perdonados, sino es por este Sacramento. Debe entenderse esto, no como un capricho de la Iglesia, sino como un mandato directo de Jesucristo Nuestro Señor.

Debemos comprender que Dios siempre ha dejado al hombre la responsabilidad de las cosas santas, aun así sabiendo nuestras fragilidades y torpezas. Pero es eso lo que prueba la confianza que Dios ha puesto en nosotros y el Amor infinito con el que nos ha amado, porque nos amó tanto que se entregó en la Cruz por nosotros, y nos amó aún más al haber resucitado.

Celebremos pues junto con los primeros cristianos el que Dios les haya dado este poder a los hombres [6].

Referencias
[1] Jn. 20, 22
[2] Lucas 10,16
[3] Hechos 19, 18
[4] 2Co. 5, 18
[5] Didajé IV, 14. Padres Apostólicos, Daniel Ruiz Bueno, pag. 82. pub. B.A.C 65
[6] Mt. 9, 8