El baile es un arte y como tal, por medio del cuerpo, es un medio para expresar o exteriorizar sentimientos humanos.

La danza es apta para transmitir la alegría, y para un creyente, cuando éste baila con fe, se podría hablar de la oración del cuerpo. Esta oración puede expresar alabanza y petición con movimientos.

Por eso es que entre los místicos encontramos momentos de danza como una expresión de la plenitud de su amor a Dios y de la alegría al estar en su presencia. Recordemos los casos, entre otros, de santa Teresa de Ávila, san Gerardo Maiella, san Pascual Bailón y san Felipe Neri.

Cuando el Doctor Angélico deseaba representar el paraíso, lo hacía como una danza por los ángeles y los santos.

En la misma cena de pascua judía se danzaba. Y Jesús participó de esa cena, (Mc. 14, 12 –25) y muy seguramente danzó mientras cantaban los salmos.

Recordemos que el término ‘pascua’ proviene de pesaj (transcripción griega y latina de la palabra hebrea, pesah); que a su vez enlaza al verbo pasah, que significa “pasar”, “saltar”. De aquí viene el significado de ‘fiesta’ (danza) y ‘paso’, por eso en este tipo de celebraciones era común bailar.

Ahora bien, una cosa es orar con el cuerpo, involucrando todo nuestro ser y otra, muy diferente, es incluir el baile en la misa. La danza nunca ha sido parte integral del culto oficial de la Iglesia Latina.

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Las decisiones conciliares condenan frecuentemente la danza religiosa porque no conduce mucho a la adoración y porque puede degenerar en desorden. Ninguno de los ritos cristianos incluye el baile, el baile no es conocido en el Rito Latino de la Misa.

Las danzas en la misa o lo que la gente llama “baile” son sólo una excepción (en rito etíope o en la forma zaireana de la liturgia romana es simplemente una procesión con orden rítmico, algo que se ajusta muy bien a la dignidad de la ocasión); como también es una excepción el baile dentro de la misa de la vigilia pascual del Camino Neocatecumenal.

Habría que precisar que no existe el rito neocatecumenal; el rito neocatecumenal está inscrito en el Rito Latino y se les ha permitido algunas peculiaridades pero ninguno de estos permisos incluye el bailar alrededor del altar.

Por tanto la danza no está prohibida de manera absoluta. A favor estas excepciones recordemos la Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II, en la que –en el numero 37- se dan las normas de adaptación de la liturgia al carácter y tradiciones de varios pueblos:

“La Iglesia no pretende imponer una rígida uniformidad en aquello que no afecta a la fe o al bien de toda la comunidad, ni siquiera en la Liturgia: por el contrario, respeta y promueve el genio y las cualidades peculiares de las distintas razas y pueblos.

Estudia con simpatía y, si puede, conserva íntegro lo que en las costumbres de los pueblos encuentra que no esté indisolublemente vinculado a supersticiones y errores, y aun a veces lo acepta en la misma Liturgia, con tal que se pueda armonizar con el verdadero y auténtico espíritu litúrgico”.

Teóricamente se puede deducir de este pasaje que pueden ser introducidas en el culto católico ciertas formas o patrones de danzas; pero no serán nunca norma para la Iglesia universal.

En principio bailar no es una forma de expresión de la liturgia cristiana pues los bailes (los bailes cúlticos) son más propios de las distintas expresiones ‘pseudoreligiosas’ que tienen propósitos muy variados y diferentes, ninguno de ellos compatibles con el propósito esencial de la liturgia cristiana.

Es lógico concebir la posibilidad de que la danza forme parte de una acción litúrgica, ya que el cuerpo es parte del orante; y por esto la danza, para que sea oración, debe expresar sentimientos de alabanza y adoración, gozar de la presencia del Señor.

Pero, claro, la danza dentro de la misa o acciones litúrgicas es ‘bien vista’ sólo donde ha habido siempre tradición no sólo cultural sino litúrgica, sólo en algunos casos de tierras de misión en África o Asia, y ni siquiera cualquier tipo de baile o danza.

Por lo tanto, hay una gran diferencia entre culturas: lo que se ve o se aplica bien en una no puede ser admitida en otra.

Algunas formas de baile han sido introducidas dentro del contexto de la oración, pero la autoridad eclesial a este respecto ha puesto dos condiciones:

1. La danza debe estar regulada bajo la disciplina de la autoridad competente porque no todos los bailes o movimientos rítmicos del cuerpo acompañados por la música, aunque ayuden en la oración y sean expresión de fe, encajan dentro de la liturgia;

2. La danza debe ser un reflejo de los valores religiosos de la cultura y una clara manifestación de estos valores.

En la misa hay elementos sacrificiales (ofrecimiento, inmolación) y de fiesta y alegría (la resurrección); por esto la misa es una fiesta sagrada en la que el festejado es Dios por su obra de la Creación y de la re-creación (la redención); y el modo de entrar en unión con Él es a través del modo sacramental.

Por lo tanto en la misa habrá clima festivo y alegría, pero una alegría santa, contenida, mesurada, sublimada en el espíritu; no habrá exacerbación de los sentidos.

El modo de festejar es ‘en espíritu y en verdad’, o, como se dice en la misa, levantando el corazón: sursum corda, elevando a Dios todo nuestro ser.

En occidente no es fácil entender la danza como expresión de oración pues la danza está relacionada con lo profano, la seducción, el ejercicio y la diversión.

Por esa razón no puede ser norma aplicable para toda la Iglesia universal dentro de la celebración litúrgica. Se puede aceptar mejor una propuesta de danza religiosa en nuestra cultura occidental pero fuera de la liturgia de la misa.

Las danzas que se hacen para alabar a Dios tienen su momento y su lugar. Algunos, dentro de nuestro contexto occidental, pueden caer en errores litúrgicos al querer utilizar danzas como alabanza en plena celebración eucarística para hacer la liturgia más atractiva.

Pero es totalmente absurdo tratar de hacer la liturgia “atractiva” introduciéndole pantomimas bailables (representaciones teatrales en que la palabra se sustituye por gestos y actitudes), las cuales terminan con frecuencia en aplauso.

El aplauso dentro de la liturgia es signo seguro de que la esencia de la liturgia ha desaparecido, habiendo sido reemplazado por un tipo de entretenimiento religioso.

La misa ya de por sí tiene sus elementos y no es oportuno o aceptable agregar más elementos al ritual romano.

Si algunas Iglesias locales han aceptado la danza, aun dentro del templo, se hace en algún contexto festivo y de manera puntual para manifestar sentimientos de alegría y de devoción.

Pero esto sería mejor hacerlo siempre fuera de las celebraciones litúrgicas. Debemos de respetar el lugar y el momento; fuera de la celebración podemos alabar a Dios de diferentes formas.

Por esta razón, la danza o baile, normalmente y en la medida de lo posible, no debe ser introducida ni dentro de la celebración litúrgica ni dentro del templo, sea la danza de la índole que sea; menos aún cuando se trate de música alejada de los sentimientos religiosos o se trate de ritmos profanos, aunque se pretendiera -por la letra- darle un supuesto sentido religioso.

Por esta razón el baile no puede ser introducido en celebraciones litúrgicas de ningún tipo; esto sería darles carácter de espectáculo, impidiendo uno de los aspectos de la liturgia de los que no se pueden prescindir en ningún momento: la participación y el recogimiento de todos los fieles.

Pretender implantar a la fuerza el baile en las acciones litúrgicas –la misa- sería como inyectarle uno de los elementos más desacralizados y desacralizantes, con la nefasta consecuencia de crear una atmósfera profana que llevaría con facilidad a los feligreses a recordar en la celebración litúrgica lugares y situaciones mundanas.

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