1. Instituida en el marco de la comida del passah, la Eucaristía recibió la estructura de la comida, en que Cristo se da a los suyos en manjar bajo las dos especies de pan y de vino. Por el comer de su carne y el beber de su sangre se realiza la unión con él, por la que se hace a los fieles gracia de vida eterna. En el discurso de la promesa el comer y el beber se explican con palabras realistas como necesarios para la salud eterna (Jn 6, 51.53.54.56).

La dualidad de la materia tiene su razón de ser en que la eucaristía es una comida, que sólo se da en forma completa cuando se come y se bebe. Por eso la doble comunión pertenece indudablemente a la integridad del signo sacramental y corresponde al mandato de Cristo. Pero tiene también su fundamento en el carácter sacrificial de la eucaristía. Porque tanto según Jn 6, 51 como también según los relatos de la institución (Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 14-20; 1 Cor 11, 23-27), en la última cena, la carne y la sangre de Cristo están en conexión inmediata con su sacrificio de la cruz y son identificadas precisamente con la carne y la sangre sacrificadas sobre el Gólgota. Así aparece esta comida directamente como banquete sacrificial; por la comida de la carne expiatoria y por la bebida de la sangre purificadora se comunica en el sacramento la gracia del Redentor. La conmemoración sacramental y la aplicación de la inmolación en la cruz se realizan en el sacrificio del banquete eucarístico, que por mandato del Señor debe repetirse hasta su retorno escatológico (1 Cor 11, 26). La representación de la muerte de Cristo sobre la cruz acontece una y otra vez en la Iglesia, siempre que sobre el pan y el vino se pronuncian las palabras de la consagración. Para ello es necesaria la doble forma de la materia.

2. Así es muy natural que la comunión bajo las dos especies se practicara desde el principio como un uso que se caía de su peso. Este uso se ha conservado hasta hoy en las Iglesias de oriente, y se mantuvo en la Iglesia de occidente hasta el s. XIII, aisladamente todavía por más tiempo (p. ej., en la misa papal hasta el s. XV, y también en las misas de la coronación de emperadores y reyes); la manera de administración fue diversa: en lugar de beber del cáliz (cáliz de la consagración, cáliz de la administración, cáliz mixto) se introdujo después el uso de chupar con una cañita (pugillaris, calamus, fistula), o se empleaban cucharillas, o se mojaba la hostia en el sanguis sagrado (intinctio). En la oración «Haec commixtio…» guarda todavía hoy la misa latina el recuerdo de esta manera de communio sub utraque specie de los fieles.

3. Pero, a la vez, la antigua Iglesia también conoció siempre la communio sub una specie y la consideró como sacramento de plena validez y de pleno valor, cuando había motivos razonables para ello (sub specie panis: en la comunión doméstica de los fieles, de los enfermos, de los encarcelados y de los anacoretas; sub specie vini: en la comunión de los niños pequeños y de los enfermos graves; sub una specie también en la missa praesanctificatorum). La Iglesia no consideró la forma de administración como obligatoria por precepto divino y modificó sin escrúpulos el rito de la comunión, cuando ello pareció oportuno o necesario. El esencial carácter de signo del sacramento preservaba de una restricción unilateral. Sólo hay un don único, que es Cristo mismo; este don se recibe entero e indiviso bajo cualquiera de las dos especies; la gracia necesaria para la salvación no depende de una o de otra especie. La escolástica procuró la fundamentación teológica: Ex vi verborum o in virtute sacramenti, contiene ciertamente cada especie sólo lo significado por ella, por tanto, o la carne o la sangre de Cristo; pero, ex concomitantia, Cristo entero está presente bajo cualquiera de las dos especies con alma y divinidad, con toda su plenitud de vida, con la virtud de los modos de ser que él tuvo como viviente, paciente y resucitado; es recibido como Cristo «entero».

Ahora bien, esta doctrina explica por qué la Iglesia pudo renunciar, sin daño para los fieles en la recepción de la comunión, a la doble especie, cuando se hicieron valer motivos razonables y graves para ello (peligros de contagio en tiempos de peste, peligro de suciedad y derramamiento del sanguis, repugnancia de algunos a beber del mismo cáliz que otros, gran afluencia de gente por pascua y en las grandes festividades, falta de vino en los países del Norte). Así, sin legislación formal se impuso en todo el occidente durante los s. XIII y XIV la communio sub una. La negligencia en la recepción de los sacramentos y la deficiente inteligencia, a causa de la cual el sacrificio y el acto de comer la víctima en la misa ya no fueron considerados como una unidad, sino que la comunión quedó constituida en un acto independiente junto al sacrificio eucarístico, favorecieron esta evolución.

4. En el s. XIV se inició el movimiento contrario, que por de pronto sólo aspiraba a reanimar la piedad eucarística. El año 1414 Jacobo de Mies, basándose en Jn 6, 53, comenzó a predicar en Praga la doble comunión como absolutamente necesaria para la salvación de todos y a deducirla inmediatamente de un mandato divino (Mt 26, 27; Lc 22, 17ss). Tensiones de política eclesiástica imprimieron pronto una nota polémica en su predicación y la hicieron degenerar en una propaganda antieclesiástica. Él echaba en cara a la Iglesia que ella había engañado al pueblo fiel respecto a la promesa de salvación y vida eterna al sustraerle el cáliz. El concilio de Constanza rechazó la exigencia de introducir nuevamente el cáliz (sesión 13 de 15-6-1415) y prohibió la communio sub utraque por razón de los erróneos supuestos que Jacobo de Mies unía con ella. El movimiento husita, que se desencadenó tras la ejecución de Juan Hus (6-7-1415), con fervor religioso y pasión política hizo del cáliz su símbolo (calixtinos, utraquistas, caliceros) y la bandera de su lucha contra la Iglesia y el Estado (guerras de los husitas 1419-36). El concilio de Basilea les permitió finalmente el cáliz para Bohemia («compactata» de Basilea de 1436) y puso así fin al estado de guerra. Pero en 1462, Pío II suprimió de nuevo oficialmente los «compactata». Aun cuando muchos utraquistas volvieron al rito romano católico, sin embargo, el utraquismo se mantuvo en Bohemia hasta 1629 (edicto de restitución).

5. Lutero rechazó al principio la doctrina utraquista, pero pronto atacó duramente a la Iglesia por no conceder el cáliz (De captivitate babylonica: WA 6, 501ss). La communio sub utraque vino finalmente a ser una de las principales exigencias de los innovadores. Sabiendo que no se trataba de un problema dogmático, sino únicamente de una cuestión disciplinar, muchos católicos defendieron en la dieta de Augsburgo (1530) que se dejara libre la comunión bajo las dos especies; el propio cardenal de Vio Cayetano se expresó en el mismo sentido en un informe para Clemente VII. En Alemania los teólogos mediadores de línea erasmista (J. v. Pflug, G. Witzel, también J. Cochlaeus) y varios príncipes (Baviera, Austria, Jülich-Kleve) abogaron apasionadamente por la concesión del cáliz, pues en ella veían un remedio importante contra la innovación. En 1548, en el «Interim» de Augsburgo Carlos V permitió el cáliz a los protestantes alemanes «hasta la decisión del concilio». El Tridentino no trató la cuestión del cáliz hasta su sesión 22 (sept. 1562).

6. Una vez que ya el concilio de Constanza (Dz 626) había rechazado la herejía husita, el Tridentino afirmó expresamente (Dz 930ss, 934ss):

a) No hay un estricto precepto divino de que todos reciban la comunión bajo las dos especies; a Jn 6, 53s se contrapone Jn 6, 51.58, donde sólo se habla de comer el pan; el doble término sólo tiene sentido pleonástico y debe excluir toda interpretación puramente alegórica en favor de la interpretación realista. En cambio, Mt 26, 27 y Lc 22, 17ss sólo se dirigen inmediatamente a los apóstoles; así queda expresado que en la celebración de la eucaristía el celebrante ha de comulgar siempre bajo las dos especies. Tampoco 1 Cor 11, 28 dice nada acerca de un estricto mandato divino de que todos comulguen bajo la doble especie; ese texto es únicamente un testimonio de la tradición, al que se contraponen otros, como se ha mostrado antes.

b) Se deja a la potestad disciplinar de la Iglesia determinar el modo de administrar los sacramentos, con tal de que se guarde su sustancia.

c) También bajo una especie se come a Cristo entero y se recibe plenamente el sacramento, de suerte que nadie pierde, por comulgar bajo una especie, una gracia necesaria para la salvación.

Los teólogos han discutido la cuestión de si por la communio sub utraque specie se reciben más gracias o gracias específicamente distintas que por la communio sub una specie. D. Soto, R. Belarmino, F. Suárez y otros han respondido a esta cuestión diciendo que el sacramento, lo mismo bajo una que bajo dos especies, comunica al mismo Señor entero e íntegro y, por ende, también una sola y misma gracia. Otros han resaltado más fuertemente el carácter de signo en las especies y han hablado de una doble gracia cuando el sacramento es recibido sub utraque. El Tridentino nada dijo sobre el particular. Por lo demás dejó al papa la decisión sobre la concesión del cáliz a los laicos. El 16-4-1564 Pío IV concedió efectivamente a los metropolitas de Maguncia, Colonia, Tréveris, Salzburgo y Glan un indulto particular sobre el cáliz. Sin embargo, ahora se vio que el movimiento católico en favor del cáliz estaba ya superado. Al hacerse entretanto la comunión bajo las dos especies signo distintivo de los protestantes, ésta fue rechazada por la población católica (en Baviera, en el Bajo Rin). Desde 1561 el duque Alberto V revocó en Baviera la concesión del cáliz. Gregorio XIII suspendió en 1584 el indulto del cáliz. En 1604 ó 1621, Roma prohibió directamente el cáliz de los laicos para Hungría y Bohemia.

7. Sólo sobre la marcha del nuevo movimiento litúrgico volvió a aflorar la cuestión de la comunión bajo las dos especies. Una inteligencia más profunda del sacramento y una clara visión dogmática y exegética, que excluía todo peligro de tergiversación herética, y también motivos ecuménicos que inducían a superar una actitud petrificada contra la reforma y a mantener la apertura frente a las Iglesias de oriente y al protestantismo, hicieron considerar el problema de manera nueva. Así la Constitución sobre la liturgia (n. 55) del concilio Vaticano II determinó lo siguiente:

«Manteniendo firmes los principios dogmáticos declarados por el Concilio de Trento, la comunión bajo ambas especies puede concederse, en los casos que la sede apostólica determine, tanto a los clérigos y religiosos como a los laicos, a juicio de los obispos… »

La fijación más exacta de estos casos se hizo luego en el rito para la concelebración y la comunión del cáliz, el 7-3-1965; entre otros casos, la comunión bajo las dos especies puede administrarse a los novios en la misa de bodas si éstos lo desean. El Concilio, sin embargo, prescindió de una concesión general del cáliz de los laicos. A pesar de toda la estimación que merece, la importancia de la comunión bajo las dos especies no debe exagerarse.

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