Enviados por el Señor y fortalecidos por el descenso de la fuerza de lo alto, los apóstoles predicaron la buena noticia de la resurrección, del perdón de los pecados y del don del Espíritu Santo (He 2,38-40). Administraron el bautismo, y los nuevos discípulos se agruparon alrededor de ellos: “Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones” (He 2,41-42).

image

Seguían participando cotidianamente en el culto del templo, mientras que en las casas hacían una comida en común, “partían el pan… con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios” (2,46s). Entre los actos cultuales del templo se menciona, por ejemplo, la oración “a la hora de nona” (3,1). En este cuadro general de una comunidad estrechamente unida podemos insertar los datos particulares mencionados en los escritos neotestamentarios, es decir, los Hechos de los Apóstoles, las cartas y el Apocalipsis de Juan: el baño (la inmersión) bautismal, administrado “en el nombre del Señor Jesús” (He 19,5); a éste sigue la imposición de las manos para comunicar el Espíritu Santo (He 8,15-17; 19,5-6); la reunión de la comunidad para hacer una comida de una naturaleza especial, el deipnon kyriakón, consistente en una “fracción del pan” acompañada de una “eucharistía” y en la ofrenda del cáliz de vino, sobre el que se pronuncia una “eulogía”; “cuantas veces coméis este pan y bebéis este cáliz anunciáis la muerte del Señor hasta que venga” (1 Cor 11,20-26 y 10,16-17). En estos alimentos sobre los que —en evidente conexión con las palabras del Señor— se pronuncian una “eucharistía” y una “eulogía”, se recibe el cuerpo y la sangre del Señor, como explica ampliamente Jn 6. Esa comida se incluye todavía dentro de una comida normal completamente. Por He 20,7-11 vemos ya que tiene lugar al final de una enseñanza doctrinal bastante larga por obra del Apóstol (20,7), y precisamente en el “primer día de la semana”; es decir, en el día en que el Señor se apareció a los suyos después de la resurrección; en el que descendió el Espíritu Santo sobre los apóstoles; en el que, según 1 Cor 16,2, se hacía la colecta dentro de la asamblea de la comunidad, día que en Ap 1,10 ya se llama “día del Señor”. Se practica mucho la oración en común, y se hace con constancia, participando en las horas de oración en el templo o en la sinagoga, o bien dentro de la comunidad ya separada de los judíos, y se ora también de noche (He 16,25: hacia medianoche).

La índole y el contenido de esas oraciones nos los indica, por ejemplo, Ef 5,18-20: “… llenos del Espíritu, hablando unos a los otros con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones, dando siempre gracias por todo al que es Dios y Padre en nombre de nuestro Señor Jesucristo” (cf Col 3,16-17). En caso de enfermedad los presbíteros oran sobre el enfermo y lo ungen con aceite en nombre del Señor para que sane y obtenga la remisión de los pecados (Sant 5,14-15). Todo se centra siempre en el Señor Jesús; en él se han cumplido las promesas; hacia él ha conducido la ley como pedagogo (Gál 3,24). Ahora ésta ha sido abolida por la realidad definitiva, presente en Cristo. Todo lo que se ha verificado antes era sólo una imagen, ha sucedido typikós (1 Cor 10,11) “para nosotros, que hemos llegado a la plenitud de los tiempos” (10,11). Esto se ve claramente sobre todo por el modo diferente de celebrar las fiestas: ya no son una observancia literal de los tiempos festivos (Gál 3,8-11; Col 2,16s); Cristo mismo es el verdadero Cordero pascual (1 Cor 5,7s); participando de él celebramos la verdadera fiesta (heortázomen). En esa libertad del Espíritu Santo, en el abandono progresivo de las costumbres sinagogales, en la interpretación que refiere la imagen del tiempo pasado (del AT) a la nueva realidad presente en Cristo, se va delineando en unas pocas formas la liturgia del nuevo pueblo de Dios.

 

Las concreciones en el período subapostólico

A partir de la compenetración recíproca y de la unión de los diferentes elementos que hemos detectado en los escritos del NT y en su ambiente, se desembocó, durante el s. II, en las primeras formas de liturgia cristiana. La reunión de la comunidad en el día del Señor para celebrar la memoria del Señor, la eucaristía, es elemento central. El día es ya una costumbre bien fija. En la Didajé leemos: “Reunidos cada día del Señor, romped el pan y dad gracias…” (c. 14). Hacia la mitad del s. II, Justino presenta la primera descripción precisa del culto dominical. En el “día que se llama del sol” todos se reúnen; se leen pasajes de los escritos de los apóstoles y de los profetas; siguen la homilía y las oraciones de intercesión; a continuación se presentan pan y vino mezclado con agua, y el presidente de la asamblea dice sobre ellos, “según sus fuerzas”, “oraciones y acciones de gracias” a las que todos responden con un “Amén”; los dones así “eucaristizados” se distribuyen entre todos (Apol. 1, 67); ahora se han cambiado en la carne y sangre del Jesús encarnado (c. 66).

Se trata ya de la estructura de la misa, que ha permanecido igual hasta hoy a lo largo de los siglos. Punto central, decisivo, después de la liturgia de la palabra, es la plegaria eucarística, pronunciada sobre los alimentos llevados por los fieles para que se transformen; después, todos se unen en la comida. Esto, sencillamente, desarrolla el núcleo central puesto por el NT: la comunidad se realiza al acoger la recomendación apostólica de hacer memoria de la muerte y resurrección de Jesucristo; es un convite santo, que continuamente une a todos, según 1 Cor 10,17: “Porque no hay más que un pan, todos formamos un solo cuerpo, pues todos participamos del mismo pan”. Todavía no existen textos precisos para ello; el presidente habla libremente, “según sus fuerzas”, dice Justino. De todas formas, podemos, en cierta medida, descubrir el género literario de la oración de la eucharistía; se trata de la formulación cristiana de la oración de la berakah proveniente del AT, de la oración de “alabanza” de los mirabilia Dei. En los capítulos 9 y 10 de la Didajé se nos ofrecen por lo menos algunos ejemplos semejantes de cómo se podía formular esa eucharistia cristiana.

El primer texto preciso lo encontramos solamente en la oración de acción de gracias que nos transmite Hipólito Romano, a comienzos del s. III, en su Tradición Apostólica. Se trata de un texto no prescrito, sino ejemplificativo, que el presidente puede seguir con toda libertad, sin estar obligado a ello. Después de la introducción (el diálogo como el de hoy), leemos: “Te damos gracias, oh Dios, por medio de tu amado Hijo Jesucristo, que en estos últimos tiempos nos has enviado como salvador y redentor…” (c. 4). El texto corresponde sustancialmente, con excepción del Sanctus y algunos pequeños cambios, a la actual segunda plegaria eucarística. La celebración del domingo mediante la liturgia de la palabra y del memorial del Señor (eucaristía) es la primera y más importante acción litúrgica de la iglesia antigua testimoniada con toda claridad.

Estamos bien informados sobre la celebración de la liturgia de los sacramentos de la iniciación cristiana a través de la Didajé, de Justino (Apología I), de Tertuliano y, al principio del s. III, nuevamente de Hipólito (Tradición apostólica).

Tras una adecuada preparación catequética, completada en los “cuarenta días” de ayuno de la preparación de la fiesta pascual, después de oraciones y exorcismos, después de la participación en la vigilia nocturna, a primeras horas de la mañana se consagra el agua, los candidatos se despojan de sus ropas —símbolo del hombre viejo—, se consagra el aceite sagrado, los que van a ser bautizados renuncian a Satanás y bajan al agua, y allí escuchan la triple pregunta e invitación a confesar su fe en el Padre, y en el Hijo, y en el Espíritu Santo, y se les sumerge tres veces con tres invocaciones (epíclesis) de los nombres divinos. Tras una primera unción con el óleo, los bautizados se visten sus ropas —símbolo del hombre nuevo — y son conducidos ante el obispo, que les impone las manos y los unge con óleo santo mientras pronuncia estas palabras: “Señor Dios, que los has hecho dignos de merecer la remisión de los pecados mediante el baño de regeneración del Espíritu Santo, infunde en ellos tu gracia, para que te sirvan según tu voluntad…”wpid-180.jpg
El obispo les da el beso de paz y luego les admite a la oración y a la participación comunitaria en la eucaristía con todo el pueblo (Tradición apostólica 17-21). Este es el núcleo del rito de la iniciación, que es como el ideal indicado para nuestros sacramentos actuales de la iniciación por la constitución litúrgica del Vat. II: “Por el bautismo los hombres son injertados en el misterio pascual de Jesucristo: mueren con él, son sepultados con él y resucitan con él; reciben el espíritu de adopción de hijos, por el que clamamos: Abba! ¡Padre! (Rom 8,15), y se convierten así en los verdaderos adoradores que busca el Padre. Asimismo, cuantas veces comen la cena del Señor proclaman su muerte hasta que vuelva. Por eso, el día mismo de pentecostés, en que la iglesia se manifestó al mundo, los que recibieron la palabra de Pedro fueron bautizados… (He 2,41-42. 47).

 

Desde entonces, la iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo cuanto a él se refiere en toda la escritura (Lc 24,27), celebrando la eucaristía, en la cual se hacen de nuevo presentes la victoria y el triunfo de su muerte, y dando gracias al mismo tiempo a Dios por el don inefable (2 Cor 9,15)…” (SC 6).

Anuncios