Las bendiciones ascendentes, hacia Dios, si son puramente ascendentes, no son propiamente sacramentales de bendición, de los que aquí estamos hablando ahora. Son simplemente oraciones doxológicas de alabanza y acción de gracias. El hombre, imagen de Dios, ha sido religioso desde su creación, y siempre ha bendecido a Dios con oraciones de alabanza y bendición, de adoración y gratitud, por ejemplo, en los sacrificios ofrecidos por Abel. Una vez que Dios inicia en Abraham la historia de la salvación, y constituye a Israel como pueblo elegido y sacerdotal, estas bendiciones son el alma de la Antigua Alianza, como tantas veces lo vemos en los salmos: “Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre” (Sal 102,1). Y en el Nuevo Testamento estas oraciones doxológicas, elevadas al Padre, por Jesucristo, bajo la acción del Espíritu Santo, alcanzan su absoluta plenitud en la Iglesia, el nuevo Israel universal, católico: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia”… (1Pe 1,3).

Las bendiciones descendentes son, simplemente, las bendiciones, uno de los sacramentales más importantes, y por la intercesión de la Santa Iglesia, atraen sobre los hombres y sobre sus cosas, la ayuda de lo alto. Instituidas por la Iglesia, hacen que lleguen a los hombres y a las criaturas todas aquellas bendiciones que, según narra la Biblia, dio el Señor Dios desde el principio, y dio igualmente su enviado Jesucristo durante su vida pública.

Dios bendice al mundo desde su creación, desde el principio, como se dice en el Génesis: a Adán y Eva “los bendijo Dios, diciéndoles: “procread y multiplicaos y dominad la tierra”” (1,28); “y vio Dios que era muy bueno cuanto había hecho” (1,31); “y bendijo al séptimo día [el sábado] y lo santificó” (2,3). Después del diluvio, Dios bendice a Noé y a sus hijos (Gén 9,1), bendice a los patriarcas, a Abraham, Isaac, Jacob, a los jefes de Israel, a todo el Pueblo elegido, a los profetas. Dios bendice también las criaturas inanimadas: Él “bendecirá vuestro pan y vuestra agua” (Ex 23,25), “Dios bendice la morada de los justos” (Prov 3,33; Job 1,10).

Nuestro Señor Jesucristo bendice a los niños, imponéndoles las manos (Mc 10,19; Mt 19,15); bendice a los apóstoles, dándoles la paz: “la paz sea con vosotros” (Lc 24,36); les ordena que transmitan ellos su bendición a los hombres: “al entrar en una casa, saludad diciendo: paz a esta casa” (Mt 10,12); y los bendice en el momento de su ascensión a los cielos (Lc 24,50). Él bendice a los hombres, pero también bendice los panes y peces antes de multiplicarlos (Mt 14,19), y el pan y el vino que va a consagrar eucarísticamente con los apóstoles (26,26) y con los de Emaús (Lc 24,30).

Todas las bendiciones descendentes van unidas a bendiciones que ascienden a Dios. La estructura tradicional de toda “oración de bendición” se inicia por una alabanza a Dios. Del Misal Romano antiguo transcribo, por ejemplo, esta bendición del pan: Domine sancte, Pater omnipotens, aeterne Deus (bendición ascendente), bene+dicere dignerishunc panem tua sancta spirituali benedictione, etc… Es la misma forma de las “oraciones colectas” de la Misa: invocación a Dios elogiosa, y súplica confiada de sus dones, per Christum Dominum nostrum. Amen.

El hombre alza su mente y su corazón hacia Dios en alabanza y gratitud, y precisamente bendiciéndole, se abre así a todas las bendiciones de Dios, materiales y espirituales, y reconoce que “todo buen don y toda dádiva perfecta viene de arriba, desciende del Padre de las luces” (Sant 1,17).La bendición que se alza a Dios y que desciende sobre los hombres está muy bien expresada en esta frase de San Pablo: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en Cristo nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos” (Ef 1,3ss).

La Iglesia, cumple la voluntad de Cristo bendiciendo personas, cosas y lugares, porque Cristo lo hizo, y Ella ha de continuar Su presencia en el mundo hasta la Parusía. Los ministros sagrados del Señor, Obispos, presbíteros y diáconos, han sido constituidos para bendecir a los hombres, a las cosas y a las actividades del mundo, y para procurar así que todo quede orientado hacia la gloria de Dios y hacia la santificación de los hombres. Este fin grandioso lo procura la Iglesia de muchos modos: por la oración, por la evangelización, la catequesis, el cultivo espiritual de los fieles en las parroquias, el culto divino, los sacramentos; y también por medio de los sacramentales. Las bendiciones contribuyen, pues, a evangelizar con la gracia de Cristo y de la Iglesia a los hombres y a todas las realidades temporales, liberándolos de las cautividades que sufren por parte del mundo pecador y del diablo, su príncipe.

La definición teológica de las bendiciones se perfecciona al paso de los siglos. La Iglesia, prolongando la tradición de Israel, bendijo siempre, desde el principio, hombres, cosas y lugares. Y, como en tantas otras cuestiones, guiada por el Espíritu de la Verdad, y bendiciendo en el nombre de la Trinidad, en el nombre de Jesús, fue aprendiendo en Oriente y Occidente a bendecir, acrecentando así el conocimiento espiritual y teológico de los sacramentales.

Muy pronto se conoce en la Iglesia la diferencia entre las bendiciones simples, las que se dan, por ejemplo, mutuamente aquellos que se encuentran y saludan en el camino, y aquellas otras bendiciones rituales, en las que se emplean fórmulas sagradas y frecuentemente el agua bendita (Tertuliano [+220], Adv. Marcionem 4,24; 3,22). Los saludos, por ejemplo, que escribe San Pablo al principio y al final de sus cartas, son bendiciones descendentes, dirigidas a personas: “la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo”, etc. (1Cor 1,3). También desde el principio, las bendiciones solemnes se han reservado en la Iglesia a los ministros sagrados de la gracia divina, es decir, a los Obispos, sacerdotes y diáconos, sea en la misma liturgia o fuera de ella. En las venerables Constituciones apostólicas (380) leemos: “nosotros prohibimos a los laicos que usurpen una función sacerdotal como es el sacrificio, el bautismo, la imposición de manos o una bendición, menor o mayor” (III,10). Sin embargo, como veremos, se ha conocido siempre que los laicos también a veces están llamados a bendecir: a sus hijos, a los alimentos de su mesa, etc.

San Ambrosio (+397) llama a la bendición sanctificationis et gratiarum votiva collatio: ayuda divina para la santificación, por la súplica (votiva) de la Iglesia (De benedictione 2). San Agustín (+430) defiende la santa eficacia de las bendiciones contra el naturalismo voluntarista de Pelagio, que las consideraba como algo vano (Epist. 175,5). En los siglos VIII y IX, los sacramentales, a través de múltiples bendiciones, configuran tanto la vida de los monasterios, que su valoración y su uso se difunden también en el pueblo cristiano.

Se entiende, pues, que las bendiciones son ritos instituidos por la Iglesia a semejanza de los siete sacramentos, que se componen de oraciones y de signos -señal de la cruz, aspersión del agua bendita, etc.-, y que son celebrados en el nombre de Cristo por los ministros sagrados, a fin de santificar “ex opere operantis Ecclesiae” las personas y las cosas, protegiéndolos del diablo y del mundo, y disponen a las personas para mejor recibir los bienes de la Redención, o si son cosas, las hacen más idóneas para servir a los hombres, sirviendo a Dios.

El Derecho Canónico, con su peculiar concisión jurídica, nos enseña sobre las bendiciones una síntesis de verdades importantes.

Sólo la Sede Apostólica puede establecer nuevos sacramentales [y bendiciones], interpretar los que existen o modificarlos (c. 1167). Cualquier presbítero puede impartir bendiciones, excepto las reservadas al Papa y los Obispos (1169). Las bendiciones se imparten a los católicos, pero también pueden darse a los catecúmenos y no católicos (1170). Las cosas bendecidas deben ser tratadas con veneración, sin usarlas para fines profanos (1171).

Hay bendiciones constitutivas o consagraciones, que se hacen una vez y no se repiten, y algunas tienen un Ritual propio. El Señor concede a través de ellas a una persona o cosa -abad, virgen consagrada, altar, templo- una condición de especial sacralidad, que al mismo tiempo que es santificante, exige una vida íntegramente evangélica, especialmente dedicada a Dios y a su Iglesia.

Santo Tomás es testigo de muy antiguas tradiciones cuando enseña: “Si se consagran la iglesia, el altar y demás cosas inanimadas, no es porque sean capaces de gracia, sino porque con su consagración alcanzan una virtud espiritual que las hace idóneas para el culto; y así los hombres sienten con ellas cierta devoción, que los hace más prontos para lo divino, de no impedirla la irreverencia… Todo lo cual hace probable la opinión de quienes dicen que por entrar en la iglesia consagrada se alcanza el perdón de los pecados veniales, lo mismo que con la aspersión del agua bendita” (Suma Tlg. III, 83,3 ad 3m). Ese perdón se produce con la condición de que el sacramental suscite ciertos actos personales “de reverencia a Dios y a las cosas divinas. De ese modo la bendición episcopal, la aspersión del agua bendita, cualquier unción sagrada, la oración en una iglesia consagrada y cualquier otra cosa semejante producen la remisión de los pecados” veniales (III, 87,3).

Y hay bendiciones invocativas, que no cambian la condición de la persona o del objeto bendecido, ni su destinación habitual. Éstas, aunque no ayudan la santificación de las personas con la eficacia ex opere operato propia de los sacramentos, sí son para ellos auxilios ex opere operantis Ecclesiae, que fundamentan su eficacia en la oración suplicante de la Madre Iglesia y en el tesoro de gracias de la comunión de los santos. Ha de tenerse en cuenta también que los efectos santos de los sacramentales y las bendiciones requieren una favorable disposición del sujeto, como ocurre también con los sacramentos. Una comunión eucarística, por ejemplo, recibida sin apenas fe ni caridad, apenas santifica, o incluso puede llegar a ser pecado. Algo semejante sucede con la recepción de los diversos sacramentales y bendiciones.

Si es la Iglesia la que instituye los sacramentales, ha de ser ella la que determine sus ritos y oraciones. El Código de 1917 enseñaba que “las consagraciones y las bendiciones, sean constitutivas o invocativas, son inválidas si no se emplea la fórmula prescrita por la Iglesia“. La norma no es recogida explícitamente en el Código de 1987, pero de suyo sigue vigente, pues como dice el Catecismo, “los sacramentales han sido instituidos por la Iglesia” (1668), dándoles una forma ritual concreta que debe ser respetada (c. 1166), pues precisamente por la intercesión de la Iglesia tienen su virtualidad santificante.

El Ritual de Bendiciones (1984) compuesto por la Congregación para el Culto divino, con la aprobación del Papa, fundamentándose en anteriores bendicionales y tradiciones, ofrece un amplio elenco de bendiciones, con las lecturas apropiadas y oraciones para cada una. En los países de habla hispana puede adquirirse la edición íntegra, publicada con el título Bendicional; también en internet puede el texto en español ser consultado y descargado. Divide el conjunto de bendiciones en cinco partes, que resumo aquí.

I.-Para las personas

Familias – esposos – niño aún no bautizado – niño bautizado – novios – mujer antes o después del parto – ancianos recluidos en su casa – enfermos – enviados a predicar Evangelio – catequistas y catequesis – diversos ministerios: lectores, acólitos, ministros de la caridad – asociaciones benéficas para necesidades públicas – peregrinos – viajeros.

II.-Para las construcciones y actividades

Casa – Seminario – Casa sacerdotal o religiosa – escuela o universidad – biblioteca – hospital – laboratorio, taller, tienda – locales medios de comunicación – gimnasios, centros deportivos – viajes – instrumentos técnicos y de trabajo – bandera – animales – campos – una población – nuevos frutos – mesa familiar

III.-Para cosas litúrgicas o devocionales

Baptisterio – sede, ambón, sagrario, confesonario – puerta de iglesia – Crucifijo – imágenes – campanas – órgano – cáliz y patena – agua bendita – corona de Adviento – belén navideño – árbol de Navidad – Via crucis – cementerio

IV.-Para objetos varios

Alimentos y bebidas – objetos destinados a devoción – rosarios – escapulario – hábito

V.-Para circunstancias diversas

Acción de gracias por beneficio recibido – para diversas ocasiones

Falta en el Bendicional el signo de la cruz (+) en la mayoría de sus Oraciones de Bendición. El Catecismo de la Iglesia Católica (1992), por el contrario, enseña que “la Iglesia da la bendición invocando el nombre de Jesús y haciendo habitualmente la señal santa de la cruz de Cristo” (1671). Y la Congregación para el culto divino dio la misma norma en el decreto De signo sanctae Crucis in benedictionibus semper adhibendo (14-IX-2002). Esto nos obliga, en tanto no se subsane en nuevas ediciones esa grave carencia, a marcar nosotros mismos en nuestro Bendicional el signo de la cruz en el lugar que estimemos más oportuno de la Oración de Bendición que vamos a emplear. Pero esta cuestión es muy grave, y prefiero tratarla en otro artículo.

“El ministerio de la bendición”, según dispone el Bendicional en sus Orientaciones generales previas (III, 18) “está unido a un peculiar ejercicio del sacerdocio de Cristo y, según el lugar y el oficio propio de cada cual en el pueblo de Dios, se ejerce del modo siguiente” (lo expongo en resumen):

a) El Obispo es el ministro propio de aquellas bendiciones más solemnes, que atañen a la comunidad cristiana, y que le son reservadas [por ejemplo, la bendición de una iglesia, de un cementerio, de un lugar sagrado; aunque puede delegar en otro ministro: can. 1205-1207].
b) “Compete a los presbíteros, como requiere la naturaleza de su servicio al pueblo de Dios, presidir las bendiciones, sobre todo aquellas que se refieren a la comunidad” que le ha sido encomendada.
c) Los diáconos también pueden realizar algunas bendiciones, que el Ritual indica, “pero siempre que esté presente algún sacerdote, es mejor que le ceda a él la presidencia”.
d) Acólitos y lectores pueden realizar algunas bendiciones señaladas, “de preferencia a los demás laicos”.

“También los otros laicos, hombres y mujeres, por la eficacia del sacerdocio común…, ya sea en virtud de su propio cargo (como los padres con respecto a sus hijos), ya sea en virtud de un ministerio extraordinario, ya sea porque desempeñan una función peculiar en la Iglesia, como los religiosos o los catequistas en algunos lugares, a juicio del Ordinario del lugar (cf. Vaticano II, SC 79), cuando conste de su debida formación pastoral y su prudencia en el ejercicio del propio cargo apostólico, pueden celebrar algunas bendiciones, con el rito y las fórmulas previstas para ellos, según se indica en cada una de las bendiciones. Pero en presencia del sacerdote o del diácono, deben cederles a ellos la presidencia”.

Una pastoral de las bendiciones suele ser altamente benéfica, por ejemplo, cuando el párroco o el diácono visitan las familias, y bendicen la casa y algunas imágenes: Crucifijo, Sagrado Corazón, Virgen María, benditera en dormitorio, en sala común, santos, etc. Estas visitas, realizadas a veces con ocasión de ciertas bendiciones o consagraciones, pueden ayudar no poco a los cristianos para que la familia se una más a Cristo y a la Iglesia, a la parroquia, a sus ministros y feligreses, y acreciente así o recupere su vida cristiana.

En los hogares de cristianos ortodoxos, en Rusia, por ejemplo, es tradición que haya en la casa familiar un rincón de los iconos, donde se venera la cruz, la Virgen, algunos santos; lugar adornado con flores, en el que se enciende una lámpara, donde se reza personalmente o en familia. Igualmente, en ningún hogar católico deben faltar estos signos cristianos devocionales. Lo interior se expresa en lo exterior, y lo exterior induce ciertas vivencias interiores. Tener en la casa algunas de las imágenes citadas, guardar un ramito del Domingo de Ramos, alguna vela procedente de la Candelaria (Presentación de Jesús en el Templo) o de la procesión del Corpus Christi, y sobre todo, tener siempre a la vista, al menos, un Crucifijo y una Virgen, y a la mano una benditera, es un modo muy eficaz, aunque sea exterior, de evangelizar la casa familiar.

Tengamos muy en cuenta que la secularización arrasa con toda sacralidad en las Iglesias descristianizadas. Si hay Iglesias locales de las que prácticamente han desaparecido algunos sacramentos -penitencia, confirmación, ausencia masiva a la Eucaristía-, a fortiori desparecen casi totalmente los sacramentales, como las bendiciones o como el agua bendita, que falta en tantas parroquias. Los mismos hogares de cristianos practicantes se configuran en su exterior visible muchas veces al modo mundano, arrasados, al menos en lo exterior, por el viento de la secularización: son casas familiares que no tienen Crucifijo, ni imagen de la Virgen, ni agua bendita, ni nada que signifique abiertamente la religiosidad cristiana.

También aquí es el caso de recordar la palabra de Cristo: “A todo el que me confesare delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre, que está en los cielos. Pero a todo el que me negare delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre, que está en los cielos” (Mt 10,32-33).

Por eso es necesario, con la gracia de Dios, un gran esfuerzo de fe y caridad para reaccionar contra la secularización de la parroquia, de los conventos, de las salas de catequesis y del hogar familiar, devolviendo a éste, concretamente, su condición sagrada de “templo doméstico” de Dios, vestíbulo donde viven los cristianos antes de entrar en la Vida eterna.

 

 

Por: P. José María Iraburu

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