Les voy a hablar de los sacramentales 1) porque son una de las maravillas de la Iglesia, es decir, del mundo de la gracia, y 2) porque hoy están muy desconocidos y menospreciados por la inmensa mayoría de los cristianos, también de los practicantes.

La doctrina fundamental sobre los sacramentales la encontramos hoy en el Concilio Vaticano II, en la constitución Sacrosanctum Concilium (60-61). Pero se nos da más desarrollada en el Catecismo de la Iglesia Católica (1667-1673), que a continuación transcribo y comento.

1667.”La Santa Madre Iglesia instituyó los sacramentales. Estos son signos sagrados que, imitando de alguna manera a los sacramentos, significan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida” (SC 60; Código Dº Canónico, 1166; Código Dº Oriental, 867).

Teólogos mediavales, como Hugo de San Víctor (+1141), llamaban a los sacramentales “sacramentos menores”, para distinguirlos de los siete sacramentos. Fueron instituidos por la Iglesia, Esposa de Cristo y administradora de los tesoros de su gracia (cf. 1Cor 4,1), para fomentar la vida espiritual de los fieles, fundamentada en los sacramentos. Los sacramentales, en el orden de la gracia, no tienen como los sacramentos una eficacia ex opere operato, es decir, por la misma eficacia de la obra realizada, pero tampoco su virtualidad santificante depende sobre todo de la disposición personal de quien los recibe, sino que santifican principalmente por la intercesión de la Santa Iglesia, ex opere operantis Ecclesiae. Pero es tan grande ante el Señor la fuerza de la intercesión de la Iglesia, de la comunión de los santos, que podría decirse que santifican quasi ex opere operato.

1668.Han sido instituidos por la Iglesia en orden a la santificación de ciertos ministerios eclesiales, de ciertos estados de vida, de circunstancias muy variadas de la vida cristiana, así como del uso de cosas útiles al hombre. Según las decisiones pastorales de los obispos, pueden también responder a las necesidades, a la cultura, y a la historia propias del pueblo cristiano de una región o de una época. Comprenden siempre una oración, con frecuencia acompañada de un signo determinado, como la imposición de la mano, la señal de la cruz, la aspersión con agua bendita (que recuerda el Bautismo).

-¿Cree usted en los sacramentales? -Por supuesto. Yo creo en todo lo que la Iglesia enseña. -Permítame una pregunta complementaria: ¿tiene usted a mano agua bendita, por ejemplo, en su casa? -No, en realidad no. -Pues entonces usted no cree en los sacramentales. O dicho quizá más exactamente, su fe en los sacramentales está muerta. De momento, no le vale para nada. Convendrá que pida a Dios que con su gracia despierte y resucite esa fe.

1669. Los sacramentales proceden del sacerdocio bautismal: todo bautizado es llamado a ser una “bendición” (cf. Gén 12,2) y a bendecir (cf. Lc 6,28; Rm 12,14; 1Pe 3,9). Por eso los laicos pueden presidir ciertas bendiciones (cf. SC 79; Can. 1168); la presidencia de una bendición se reserva al ministerio ordenado (obispos, presbíteros o diáconos) en la medida en que dicha bendición afecte más a la vida eclesial y sacramental.

Lo mismo dispone el Derecho Canónico: “Es ministro de los sacramentales el clérigo provisto de la debida potestad; pero, según lo establecido en los libros litúrgicos y a juicio del Ordinario, algunos sacramentales pueden ser administrados también por laicos que posean las debidas cualidades” (c. 1168; cf. Bendicional, Prenotandos generales, 16 y 18).

1670 Los sacramentales no confieren la gracia del Espíritu Santo a la manera de los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia preparan a recibirla y disponen a cooperar con a ella. “La liturgia de los sacramentos y de los sacramentales hace que, en los fieles bien dispuestos, casi todos los acontecimientos de la vida […] sean santificados por la gracia divina que emana del misterio Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, de quien reciben su poder todos los sacramentos y sacramentales, y que todo uso honesto de las cosas materiales pueda estar ordenado a la santificación del hombre y a la alabanza de Dios” (SC 61).

En una comunidad monástica, por ejemplo, que viva por supuesto según su Regla y tradición, se establece una atmósfera sagrada, es decir, santificante en casi todas las acciones y las cosas que configuran la vida ordinaria personal y comunitaria, y que de este modo quedan evangelizadas. Está bendecida la campana que marca las horas, hay oraciones y bendiciones especiales para los cálices y objetos litúrgicos, para el inicio del trabajo, el comienzo de un viaje, el fin del día antes del sueño, los alimentos, los hábitos religiosos, los frutos del campo, los ganados, las máquinas, los huéspedes y visitantes, los novios y los matrimonios, los niños y los enfermos, la esposa embarazada, etc. Y el agua bendita está presente en la iglesia, las salas comunes y las celdas personales. Efectivamente, casi todos los aconteceres de la vida ordinaria quedan santificados por los sacramentos y los sacramentales, y protegidos del Maligno. Y como ya vimos, en un cierto sentido, la vida monástica es modelo para todo el pueblo cristiano (173-177).

El Catecismo enseña que son tres los sacramentales más importantes: las bendiciones, las consagraciones y los exorcismos (1671-1673).

 

Por: José María Iraburu, sacerdote

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