El término responde al hebreo «mashal» y al griego «parabolé».

El «mashal» hebreo tiene una significación muy amplia. Etimológicamente implica la idea de semejanza, comparación, por lo que vino a designar cualquier escrito que implicase, expresa o tácitamente, comparación. Así se aplicó a los oráculos de Yahveh expresado por medio de imágenes, a los vaticinios de Balaam, incluso a poemas satíricos contra los falsos profetas. El «parabolé» griego, al traducir en los LXX el hebreo «mashal», recoge toda esa variedad de significaciones.

Lo mismo ocurre en los Evangelios. El término no sólo designa lo que nosotros comúnmente designamos «parábola», sino también «sentencias solemnes» (Mc 7, 17; en el fondo hay comparación), «proverbios» (Lc 4, 23), «normas prácticas de conducta» (Lc 14, 7: les dijo «una parábola»: siguen normas concretas).

El significado concreto podría definirse, por lo que a nuestra tarea se refiere: una comparación continuada, o desarrollo de una comparación, a través de una narración -real o ficticia- con un fin didáctico.

En la comparación hay tres elementos: aquello que se compara, aquello con lo que se compara y el punto concreto en que se quiere establecer la comparación. En este punto radica el núcleo significativo. Lo demás puede ser puramente ornamental y no hay que buscar en ello una significación peculiar.

El AT y la literatura rabínica pueden prestar una valiosa ayuda para la inteligencia de las parábolas evangélicas.

Muchos temas tratados por Cristo en la parábolas se encuentran en el AT y en la literatura rabínica. Hay en uno y otra una serie de términos que tenían ya un significado concreto: así, los términos rey, padre, señor, juez designan a Dios; hijos, siervos, viña, rebaño de Dios, aparecen referidos a Israel; la siega, la rendición de cuentas, expresan el último juicio; el banquete, festín, cena, significan el Reino de Dios. Las parábolas rabínicas fueron puestas por escrito dos siglos después de Cristo. Pero los elementos de que constan arrancan de mucho tiempo antes. La semejanza extraordinaria con las parábolas de Jesús, de las que pueden depender en algún caso -dependencia debida más bien al fondo cultural común- llevan a la conclusión de la existencia de este género literario ya claramente fijado al comienzo del siglo I. Los temas, como los de las parábolas de Jesús, están tomados de la vida ordinaria de Palestina.

Pero las parábolas de Jesús ocupan en este género literario «un puesto distinto, porque en sus parábolas Jesús se ha manifestado como un maestro inesperado e incomparable: sobre sus labios la parábola nace espontáneamente, se desarrolla con vivacidad, refleja una trasparente inmediatez y correspondencia sin cavilaciones ni sofisterías; al compararse con ellas, las parábolas rabínicas, que en parte pueden remontarse casi a la misma época, aparecen netamente inferiores» (F. M. URiccHio -G. M. STANO). Se puede, por todo ello afirmar que «las parábolas de Jesús no tuvieron precursoras, ni tuvieron tampoco seguidoras. Pues incluso en la comunidad cristiana primitiva no se pudo alcanzar el nivel singularísimo de esta manera de hablar en imágenes» (J. GNILKA, Jesús de Nazaret, Herder, Barcelona 1993, 40). Por lo demás, el tema de las parábolas rabínicas es la Ley, explicación y obligatoriedad de la misma. Las de Jesús tienen su centro de gravedad en el Reino (sobre todo en Mt) y la misericordia de Dios con los pecadores (sobre todo en Lc). Se podría, además, advertir que las parábolas de Jesús manifiestan virtudes eminentemente humanas: optimismo, profundo espíritu de observación, afecto y encanto ante la naturaleza y las creaturas: todas ellas, plantas, animales, personas le dan pie para sus comparaciones ilustrativas del Reino.

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