Ni la encarnación, ni las obras, ni la pasión, ni la glorificación de Cristo pueden comprenderse sino relacionadas con el pecado (Rom 8, 3 ; Heb 2, 17). La encarnación es el primer paso dado por Dios, gravemente ofendido por el pecado, para reconciliar consigo al hombre caído en la culpa. El alejamiento de Dios causado por el pecado, queda salvado por el Emmanuel, “Dios con nosotros” , que nos devuelve el amor del Padre. Los trabajos y la pasión de Cristo son la lucha que este héroe divino sostiene contra el pecado y su funesta fuerza personificada en el demonio. La obediencia del siervo de Dios es la victoria sobre el orgullo, fuente de pecado y de todo mal (Fil 2, 7 s). La cruz de Cristo, el acto más sublime de obediencia y de amor, es la reparación por la desobediencia de los primeros padres. La resurrección de Cristo es la prueba de su victoria sobre el pecado y sus consecuencias: el dolor y la muerte.

Ya Juan Bautista llama a Cristo “Cordero de Dios que quita los pecados del mundo” (Jn 1, 29; cf. Is 53, 7). Jesús conoce perfectamente la tremenda realidad del pecado (el hijo pródigo, el mayordomo infiel, la parábola de la viña, la del espíritu malo, que sale pero vuelve con otros siete peores que él, su repetida amonestación: “no peques más”). Y testifica que Él es el salvador de los pecadores, el vencedor del pecado: “El Hijo del hombre ha venido a salvar lo perdido” (Mt 18, 11; Lc 15) ; “No vine a llamar a los justos sino a los pecadores” (Mt 9, 13; Lc 19, 10). El mayor beneficio que obra Jesús es el perdón de los pecados, y en esto reside el más sublime de sus poderes : “Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder para perdonar los pecados…” (Mt 9, 6; Lc 5, 24). (Véase el episodio de la pecadora en casa de Simón el fariseo, Lc 7, 49). Jesús sabe que su muerte es un sacrificio salvador, para la remisión de los pecados: “Ésta es mi sangre que será derramada para remisión de los pecados” (Mt 26, 28). Establece también el bautismo “para la remisión de los pecados” (Hch 2, 38) y deja a su Iglesia el poder de perdonar los pecados en su nombre (Jn 20, 23).

Después de su muerte, los apóstoles y la joven Iglesia no miran a Cristo como al fundador de un reino terreno libre de dolor, sino como al iniciador, por su victoria sobre el pecado, del tiempo de la salvación (1Jn 1, 7; 2, 2; 3, 5; Rom 6; 8, 3; 2 Cor 5, 21).

Cristo es el juicio — krisis — sobre el pecado. Por el juicio de Cristo se muestra el pecado en todo su horror. Si ya la ley, como enseña san Pablo, nos presentaba el pecado como enemigo de Dios, una rebelión contra Él, una provocación (Rom 5, 13 ; 7; 8, 7), con mayor razón y más profundo sentido valdrá esto respecto de Cristo. Lo inaudito del pecado resalta de muy distinta manera cuando se trata de una rebelión contra la voluntad de Dios declarada personalmente, que cuando consiste en una simple desobediencia a la razón. Cuando Dios nos envía a su Unigénito y a través de Él nos da a conocer su voluntad de amor, el pecado se vuelve entonces mucho más terrible : “Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado. Pero ahora no tienen excusa de su pecado. El que me aborrece a mí aborrece también a mi Padre… Pero ahora no sólo han visto, sino que me aborrecen a mí y a mi Padre” (Jn 15, 22 ss). Frente a las pruebas del amor de Dios en Cristo, muéstrase el pecado tal como es: aborrecimiento de la voluntad amorosa de Dios. En la parábola de los viñadores muestra Cristo la gradación que va de no pagar el tributo a matar a los profetas y, por último, a matar al Hijo unigénito de Dios (Mt 21, 33 ss).

Cristo coloca al hombre ante una alternativa, en una “crisis”. Él es la piedra angular, la de tropiezo o la de construcción. “Ha sido puesto para caída o levantamiento” (Lc 2, 34 s). Con la venida de Cristo puede el hombre levantarse a alturas inauditas. Pero la caída es también más profunda. Antes de Cristo no era la humanidad capaz de tanta maldad como después dehaberlo rechazado. Por el Espíritu Santo continúa Cristo la obra de separación. y acusa al mundo del pecado de no creer en Él. La palabra de Cristo y la obra del Espíritu Santo convencen al mundo del mayor pecado, pues estando sumido en tinieblas cierra los ojos a la luz (Job 16, 8).

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