(averroes)

El Antiguo Testamento, como dice San Pablo, es sólo una imagen o profecía de las realidades del Nuevo Testamento. Ese es el caso de Babel, la ciudad soberbia que quiso llegar hasta el cielo, donde “el Señor confundió la lengua de todos los habitantes de la tierra, y desde allí los dispersó por toda la superficie” (Cf. Gen 11, 1-9). El motivo de la dispersión fue el pecado: “las naciones fueron confundidas por su maldad” (Sab 10, 5).

En los planes de Dios, sin embargo, estaba el proyecto de hacer volver a la unidad a todos los pueblos. Los profetas son unánimes en anunciar que todas las naciones afluirán en Jerusalén, para rendir homenaje al Dios de Israel: “Mi siervo llevará el derecho a las naciones” (Is 42, 1). “Yo te he puesto como luz de las naciones” (Is 42, 6). “Muchos pueblos vendrán a ti de lejos y los habitantes de los confines de la tierra vendrán al Señor, tu Dios” (Tob 13, 13) “Aquel día numerosas naciones se incorporarán al Señor; se harán pueblo mío y yo habitaré en medio de ti” (Ez 2, 15).

Ese día anunciado por los profetas empezó a realizarse en Jerusalén, la mañana de Pentecostés, fecha de nacimiento de la Iglesia Católica o Universal. Pentecostés es el principio del fin de la dispersión de los pueblos y de la confusión de lenguas. El día de la conversión y la reunificación, por obra del Espíritu Santo. Aquel día: “Se hallaban en Jerusalén judíos piadosos venidos de todas las naciones de la tierra” (Hc 2, 5).

Atraidos por el ruido de la efusión del Espíritu Santo sobre María, los apóstoles y los demás discípulos “acudieron en masa y quedaron estupefactos, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Todos, atónitos y admirados, decían: ¿No son galileos los que hablan? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua materna? Partos, medos, elamitas, y los que viven en Mesopotamia, Judea y Capadocia, el Ponto y Asia, Frigia y Panfilia, Egipto y la parte de Libia que limita con Cirene, los forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las grandezas de Dios” (Hc 2, 6-11).

Pedro tomó la palabra para explicar lo sucedido: “Estos no están borrachos… Lo que ocurre es que se ha cumplido lo que dijo el profeta Joel: En los últimos días, dice el Señor, derramaré mi Espíritu sobre todo hombre… y todo el que invoque el nombre del Señor se salvará” (Hc 2, 14-21). Y les explicó la buena noticia de Jesucristo, el Evangelio.

Sus palabras llegaron al corazón de los oyentes, y estos preguntaron: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” “Arrepentíos –dijo Pedro- y bautizaos cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo, para que queden perdonados vuestros pecados. Entonces recibiréis el don del Espíritu Santo. Pues la promesa es para vosotros, y para vuestros hijos, e incluso para todos los de lejos a quienes llame el señor nuestro Dios” (Hc 2, 37-39). “Los que acogieron su palabra se bautizaron y se les agregaron aquel día unas tres mil personas. Todos ellos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles y en la unión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones…” (Hc 2, 41-42). “Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común…” (Hc 2, 44). “El grupo de los creyentes tenían un mismo pensar y un mismo sentir, y nadie consideraba como propio nada de lo que poseía” (Hc 4, 32).

Es evidente, por tanto, que la Iglesia nació con vocación católica o universal, de reunificación de todos los pueblos dispersos por la confusión del pecado, para transformarlos en un sólo pueblo donde se da gloria a Dios con una sola lengua, la del amor y la caridad, con “un mismo pensar y un mismo sentir”.

Los primeros bautizados fueron judíos, porque como decía Jesús, convenía que primero se anunciara el Evangelio al pueblo elegido. Pero los demás pueblos no quedaron excluídos. Poco después, el Señor envió a Pedro a bautizar a toda la casa del centurión Cornelio, porque Dios no hace distinción de personas. Y los hechos de los Apóstoles, que empiezan en Jerusalén, capital del pueblo judío, termina en Roma, capital de los pueblos gentiles, porque el Evangelio no está encadenado a lengua, pueblo o nación, porque fue el mismo Jesús quien dió a sus apóstoles este mandato: “Id por todo el mundo y proclamad la buena noticia a toda criatura. El que crea y se bautice se salvará” (Mc 16, 16).

Esta es la verdad de la Escritura. Por eso causa dolor que algunos, en nombre del Espíritu y de Pentecostés, quieran que la Iglesia vuelva a ser la antigua Babel de la confusión, la Babel de las divisiones y los enfrentamientos, la Babel que no edifica, sino que destruye, la Babel de las mil lenguas diferentes, la de las mil confesiones, la de las mil sectas; en definitiva: la Babel anticatólica, antiuniversal y exclusivista, reservada sólo a unos cuantos visionarios que se creen los únicos salvados y elegidos porque aprendieron de memoria algunos textos bíblicos. Hermanos y hermanas: no caigan jamás en ese grave error, que ofende a Dios y desgarra su cuerpo, crucificándolo de nuevo.

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