Las verdades que la Biblia enseña son las referidas a nuestra salvación.

Este primer principio lo encontramos en la Dei Verbum nº 11b. En efecto, la Biblia no es libro de ciencias naturales, sino de religión. Sus autores no son astrónomos, ni matemáticos, ni geólogos, sino catequistas y teólogos, que tratan de expresar con un lenguaje fácil y adaptado a los lectores de su tiempo, las verdades fundamentales de la salvación.

La única sabiduría, pues, que hay que buscar en la Biblia, es la que se refiere a nuestra salvación. Como dice la Segunda carta a Timoteo: Desde niño conoces las Sagradas Letras, que pueden darte la sabiduría que lleva a la salvación (2Tim 3, 15).
Por lo tanto, cuando la Biblia sostiene, por ejemplo, que “el Sol se detuvo y la Luna se paró” (Jos 1, 12), como no pretende enseñar astronomía, no afecta para nada la veracidad bíblica. Cuando afirma que la liebre es un animal rumiante (Lev 11, 6), no tiene en vista que aprendamos zoología. Y cuando dice que Nabucodonosor era rey de Nínive (Jdt 1, 1), no pretende darnos una lección de historia.

Como ninguna de estas afirmaciones sirven para nuestra salvación, y no pertenecen estrictamente al ámbito teológico, no debemos tomarlas como enseñanzas bíblicas.

De este modo desaparecen todas las objeciones que puedan hacerse a la Biblia en el campo de la astronomía, la antropología, la historia, la zoología, la matemática, o de cualquier otra rama de las ciencias.

Para entender correctamente un texto bíblico hay que tener en cuenta la intención de los autores.

Este segundo principio se encuentra en la Dei Verbum Nº 12a, y es uno de los más importantes de la exégesis moderna. Quiere expresar que, cuando una frase de la Biblia tiene varios significados, el correcto no es el más lindo, ni el que más me guste, ni siquiera el más profundo, sino aquel que quiso darle el autor.

Un ejemplo puede ilustrar lo que decimos. Es sabido que las últimas palabras del famoso poeta alemán Goethe antes de morir fueron ¡Más luz! ¿Qué quiso decir con ellas? Podrían referirse a la luz de la vida eterna, que veía acercarse. O podrían aludir a la fama que esperaba tener a partir de su muerte. O podrían significar que estaba llegando a la luz de la Verdad. O podrían significar, simplemente, que le abrieran las ventanas de su habitación porque estaba muy oscuro. Esta última es una interpretación más banal, pero perfectamente posible. Y si el poeta moribundo hubiera querido decir que estaba incómodo en la oscuridad de su lecho, ¿tendríamos derecho a buscar una interpretación más profunda? Nosotros nos sentimos comprendidos cuando han entendido lo que queremos decir, no cuando alguien descubre y añade un sentido más profundo a nuestras palabras.

Es conocido el cuento de aquel estudioso bíblico que estaba comentando el Evangelio de Juan. Y al llegar a la pasión de Jesús leyó al final de una página: Los guardias encendieron fuego en medio del patio y se sentaron alrededor. Pedro se sentó con ellos… Entonces el comentarista empezó a preguntarse por qué Pedro se sentaría aquella noche junto al fuego. Y encontró varias razones: 1ª razón, porque el fuego es símbolo del Espíritu Santo; 2ª razón, porque es signo de unidad; 3ª razón, porque representa el amor; 4ª razón, porque significa la pureza del corazón… Y así, encontró 24 razones. Entonces pasó la página y siguió leyendo: …para calentarse. Y jubiloso, por haber encontrado otra razón, anotó: 25ª razón: para calentarse.

Lo correcto no es, pues, lo que uno puede “hallar” en un texto, sino, ante todo, lo que el autor quiso decir en él.

Si se tuviera en cuenta este importante principio, se evitarían muchas conclusiones absurdas. Por ejemplo, los testigos de Jehová prohíben la donación de sangre, porque en Levítico 17, 10-11 se dice: Si alguno come sangre yo lo exterminaré, porque la vida de la carne está en la sangre. Pero, el autor del Levítico, ¿pensaba realmente en las transfusiones de sangre al dar aquella prescripción?

Los mormones impiden a sus seguidores tomar café, porque cuando Jesús estaba moribundo en la cruz rechazó el vino con mirra que le ofrecieron (Mc 15, 23), bebida estimulante al igual que el café. Pero, ¿la intención de Marcos al narrar ese episodio era prohibir a los cristianos beber café?

Ciertas sectas evangélicas prohíben a sus miembros festejar el cumpleaños, porque Isaías dice: No tolero las reuniones de fiesta, detesto las celebraciones (1, 13-14). Pero, ¿quería Isaías referirse a las celebraciones de cumpleaños?

¿Cómo hacer para descubrir lo que el autor bíblico quiso decir?

Los géneros literarios Es lo primero que hay que considerar. Ya la Divino afflante Spiritu aludía a ellos. Y la Dei Verbum (Nº 12b) insiste: Para descubrir la intención del autor hay que tener en cuenta, entre otras cosas, los géneros literarios. Pues la verdad se propone y se expresa de modo diverso en obras de índole histórica, en libros proféticos o poéticos, o en otros géneros literarios.

Como hemos visto, los géneros literarios son las diversas maneras que un escritor tiene de expresarse. Son como el “ropaje” de un texto. Y en esta forma o manera de expresarse, cada género literario tiene sus reglas, o características propias. Una verdad puede ser expresada de distinta manera según el género literario utilizado, que puede ser un relato histórico (como, por ejemplo, la ascensión al trono por parte de David), un libro didáctico (como el de Jonás), una novela (como Judit), o una parábola de Jesús.

Por eso, ante una determinada narración no debemos decir: “¿Ocurrió esto en verdad? Porque si no sucedió, no lo creo”. Porque esa narración puede pertenecer al género de la novela, al relato sapiencial, al poético o a cualquier otro, sin que la verdad de la enseñanza de la narración se vea afectada. La palabra de Dios, pues, no se ata a un solo y único género literario.

Algunos casos que hay que tener especialmente en cuenta son la forma de expresar los conceptos abstractos, los relatos sapienciales con apariencia histórica y los relatos etnográficos.

Para descubrir el sentido exacto de los textos sagrados hay que tener en cuenta toda la Biblia. Este tercer criterio lo encontramos en la Dei Verbum nº 12c. Significa que, para saber lo que enseña la Biblia sobre determinado tema, no basta con leer un versículo, o un párrafo, y ni siquiera un libro, sino que hay que tener en cuenta qué dice toda la Biblia sobre ese tema.

La verdad de la Biblia no está en determinada frase o versículo, sino en la totalidad de la misma. Por consiguiente, un libro puede aclarar lo dicho por otro anterior, puede completarlo, o puede corregirlo. No se debe tomar, pues, una frase bíblica aislada del contexto, separada (como muchas veces hacen los miembros de algunas sectas), y tenerla como irrefutable.

Si uno tomara frases sueltas, podría llevarse varias sorpresas: por ejemplo, que la Biblia enseña que no hay resurrección después de la muerte (Ecl 3, 19-20; Sab 2, 3); que la vida es absurda y sin sentido (Sab 2, 2); que la mujer es un ser abyecto y despreciable (Ecl 7, 25-26; Ecli 42, 12-14); que lo único que cuenta en esta vida es el comer y el beber (Is 22, 13b); que fomenta la orgía y la mala vida (Sab 2, 6-9); que está bien cometer injusticias (Sab 2, 10), y rebelarse contra las autoridades legítimas (Lc 1, 52).

Incluso podemos hacerle decir a la Biblia que… ¡Dios no existe! (Sal 13, 1).

Por supuesto, todas estas frases están sacadas de contexto. Si ampliamos la mirada, veremos que el sentido es otro. Si queremos saber qué enseña realmente la Biblia sobre la resurrección, la mujer, las autoridades, o cualquier otro tema, se debe tomar la Biblia en su totalidad.

Anuncios