Orígenes
(182 – 254 d.C.)
«… digna de Dios, inmaculada del inmaculado, la más completa santidad, perfecta justicia, ni engañada por la persuasión de la serpiente, ni infectada con su venenoso aliento» («Hom. i in diversa»)

San Efrén de Siria
(306 – 373 d.C.)
«Ciertamente tú (Cristo) y tu Madre sois los únicos que habéis sido completamente hermosos; pues en ti, Señor, no hay defecto, ni en tu Madre mancha alguna».

San Ambrosio de Milán
(337 – 397 d.C)
«Ven, pues, Señor Jesús, y busca a tu cansada oveja, búscala, no por los siervos ni por los mercenarios, sino por ti mismo. Recíbeme, no en aquella carne que cayó en Adán. No de Sara, sino de María, virgen incorrupta, íntegra y limpia de toda mancha de pecado».

Jerónimo de Estridón
(347 – 420 d.C)
«Proponte por modelo a la gloriosa Virgen, cuya pureza fue tal, que mereció ser Madre del Señor».

San Agustín
(354 – 430 d.C)
«… todos los justos han conocido verdaderamente el pecado «excepto la Santa Virgen María, de quien, por el honor del Señor, yo no pondría en cuestión nada en lo que concierne al pecado» (De natura et gratia 36).

Teodoto de Ancira
(siglo V d.C.)
«Virgen inocente, sin mancha, santa de alma y cuerpo, nacida como lirio entre espinas».

San Jaime Nisibeno
(siglo VI d.C.)
«Si el Hijo de Dios hubiera encontrado en María una mancha, un defecto cualquiera, sin duda se escogiera una madre exenta de toda inmundicia».

San Teófanes
(siglo VIII d.C.)
«El purísimo Hijo de Dios, como te hallase a Ti sola purísima de toda mancha, o totalmente inmune de pecado, engendrado de tus entrañas, limpia de pecados a los creyentes».

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