A Jesús, sus discípulos le reconocieron como “rey de Israel” (Jn 1,49) y las muchedumbres le aclamaron como rey (Mt 21,5; Lc 19,38; Jn 12,13), pero él, sin rechazar el título, no se dejó llevar del entusiasmo del momento. Incluso, después de la multiplicación de los panes, escapó de la muchedumbre (tal vez un grupo de zelotes) porque le querían hacer rey (cfr. Jn 6,15). Su entrada triunfal en Jerusalén, montado humildemente sobre un pollino, indica el cumplimiento de la profecía de Zacarías (Zac 9,9; Mt 21,5).

 

cristo_reyLa fiesta de Cristo Rey (Instituida por Pío XI en 1925) se celebra el último domingo del año litúrgico, como indicando su centralidad en la creación y en la historia, como “alfa y omega” (Apo 1,8, Apo 1,2, Apo 1,12-13), siempre hacia el encuentro y glorificación definitiva de toda la humanidad, en la dinámica de “recapitular todas las cosas en Cristo, las del cielo y las de la tierra” (Efe 1,10).

 

 

 

Sentido de su realeza

Su reino tiene un sentido más profundo. El anuncia un reino que ya está en medio de ellos (Mc 1,15), que está caracterizado por unos nuevos valores (Mt 5), que será plena realidad al final de los tiempos (en su venida definitiva, la “parusía“). En su reino del más allá quiere que participen sus discípulos (Lc 22,29-30; Jn 14,3-4).

 

El mismo, ante Pilato, ratificará este título (“tú dices que yo soy rey“), precisando que su reino “no es de este mundo” (Jn 18,35). El buen ladrón se encomienda a Jesús para que le introduzca en su reino (Lc 23,42). La misma cruz de Jesús es ya inicio de su glorificación, cuando “atraerá todo” hacia él (cfr. Jn 12,32). Su “humillación” en la cruz se convierte en “exaltación” y en objeto de alabanza por parte de todos (cfr. Flp 2,7-11).

 

Por ser el “Mesías“, Jesús es “ungido” como Sacerdote, Profeta y Rey. En Cristo Rey, Dios ha elegido a toda la humanidad para “arrancarnos del dominio de las tinieblas y trasladarnos al reino de su Hijo amado, de quien nos viene la liberación y el perdón de los pecados” (Col 1,13-14). Al final de los tiempos, en su venida definitiva y gloriosa, Jesús aparecerá como “el Señor de los señores” (Apo 17,14). Entonces “entregará el reino a Dios Padre” (1Co 15,24), haciendo partícipes de este reino a cuantos hayan creído en él y le hayan anunciado a los hermanos (cfr. Lc 22,29-30; Hch 1,6-8).

 

 

El Señor de la historia

Es a partir de su glorificación (resurrección y ascensión) que Jesús se muestra como rey del universo (Efe 1,20-23; Col 1,18), anunciando su triunfo definitivo al final de los tiempos. No ha venido para construir reinos de poder, sino una familia de hermanos, que anticipen “los nuevos cielos y la nueva tierra donde reinará la justicia” y el amor (2Pe 3,13).

 

Cristo es “el Señor” (1Co 12,3), la “Cabeza” de su Cuerpo que es su Iglesia, su “complemento” (Efe 1,23), “Señor del universo y de la historia“. “El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones” (GS 45).

 

Cristo revela el sentido de la vida humana, de la humanidad entera y del cosmos, todo orientado hacia la verdad, el bien, la belleza en un existir indefectible, que sólo será posible después de la glorificación total, en el más allá. “El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (GS 22). Cristo es Rey universal; su reino es de “verdad y vida, santidad y gracia, justicia, amor y paz” (Prefacio de la fiesta).

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