Este prodigioso escrito es otro documento del NT que afirma explícitamente la divinidad de Cristo y contiene a la vez un intento de integración de la misma en el esquema monoteístico.

El desarrollo de la primera sección (El Hijo superior a los ángeles: 1,5-12) es sin duda la parte principal para nuestro propósito.

Pues ¿a qué ángel le dijo alguna vez: “Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy”? ¿O también: “Yo seré para él Padre y para mí él será Hijo”? Y de nuevo al introducir a su Primogénito en el mundo dice: “Que le adoren todos los ángeles de Dios”. Y de los ángeles afirma: “Él hace a sus ángeles vientos y a sus ministros llama de fuego”. Pero del Hijo dice: “Tu Trono, oh Dios, es por los siglos de los siglos, y cetro de rectitud es el cetro de tu Reino”. “Has amado la justicia y odiado la iniquidad; por eso te ungió Dios, tu Dios, con óleo de gozo, con preferencia sobre los que tienen parte contigo” (Ref. Sal 45,7-8). Y también: “Tú al principio, oh Señor, pusiste los cimientos de la tierra, y los cielos son obra de tus manos.” “Ellos perecerán, pero Tú permaneces; todos envejecerán como un vestido”; “los doblarás como un manto”, como un velo, “y serán transformados. Pero Tú eres el mismo y tus años no terminarán”.

(Heb 1,5-12)

 

La afirmación fundamental está en la cita del Sal 45,7-8 en Heb 1, 8-9 en que se repite dos veces el predicado “Dios” aplicado al Hijo. El posible sentido que el texto tenga en el salmo original y el tipo de procedimiento empleado no invalidan la fuerza de la afirmación de la divinidad de Cristo.

 

Una alusión a la eternidad del Hijo aparece también en la semejanza que se establece entre Melquisedec y Jesucristo en Heb 7,1-3 (ello supone evidentemente una especulación o al menos una interpretación de esta misteriosa figura de Gén 14,17-20).

Porque este “Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, salió al encuentro de Abrahán que volvía de la victoria sobre los reyes y le bendijo”; y “Abrahán” le dio “el diezmo de todo” (Ref. Gén 14,17-20). Su nombre significa, en primer lugar, rey de justicia, y además, “rey de Salem”, es decir, rey de paz. Al no tener ni padre, ni madre, ni genealogía, ni comienzo de días ni fin de vida, es hecho semejante al Hijo de Dios, y permanece sacerdote para siempre.
(Heb 7:1-3)

 

La doxología de Heb 13,21 no tiene tampoco otra explicación que la fe en la divinidad de Cristo.

 

Si nos preguntamos también aquí cómo ha integrado el autor de la Carta la concepción de la divinidad de Cristo en el monoteísmo (que se supone dogma irrenunciable) creemos que la respuesta está en Heb 1,2-3: “(Dios) nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos; el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, con una superioridad sobre los ángeles tanto mayor cuanto más les supera el nombre que ha heredado”.

 

La larga cita merece la pena porque nos informa de la reflexión trinitaria del autor: la función mediadora del Hijo en la creación, su cualidad de resplandor de la gloria del Padre e impronta de su sustancia, finalmente la superioridad sobre los ángeles del nombre de Hijo que ha heredado.

 

En conclusión, el autor de la Carta a los Hebreos creía y enseñaba que Jesucristo en 100% Dios.

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