¿Debemos los cristianos tratar de aprovechar el pensamiento y la cultura secular, o rechazarlo completamente?

Tertuliano (siglo III) se preguntó: “¿Que tiene Atenas que ver con Jerusalén?”. La respuesta de la Iglesia desde los primeros siglos ha sido que podemos descubrir en la cultura secular muchas verdades que están en consonancia con la fe y que fortalecen la enseñanza cristiana.

A través de los siglos, grandes teólogos y santos han reconocido la importancia de la razón para ayudar a esclarecer la verdad del Evangelio. Hay dos polos que se deben tomar en cuenta y armonizar:

 

1: El Evangelio posee una lógica interna que se puede descubrir en cierto grado por medio de la razón natural.

2: La razón natural no es suficiente para creer. La fe requiere también un compromiso subjetivo que podemos hacer una vez que hemos tenido la experiencia interior de gracia y estamos conscientes de quien es Jesucristo. Solo cuando creemos podemos plenamente entender.

 

La fe católica no comparte el concepto protestante de que el hombre está totalmente depravado y que por lo tanto son inútiles todas sus obras. Los católicos reconocemos que hay un beneficio mutuo entre el ejercicio de la razón y la apertura a la fe. Esta relación es como un matrimonio que no debe romperse por las tensiones y dificultades que surjan. Más bien esas dificultades son un reto que ayuda a poner mayor esfuerzo para el crecimiento de ambas.

 

Según Benedicto XVI “El estudio representa una oportunidad providencial para progresar en el camino de la fe, porque una inteligencia bien cultivada abre el corazón del hombre a la escucha de la voz de Dios, enfatizando la importancia del discernimiento y la humildad”.

 

La fe y la razón (Fides et ratio) son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, por medio de ella, conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo.

 

Para ayudar a la razón, que busca la comprensión del misterio de Dios, están también los signos contenidos en la Revelación. Estos sirven para profundizar más la búsqueda de la verdad y permitir que la mente pueda indagar de forma autónoma incluso dentro del misterio. Estos signos si por una parte dan mayor fuerza a la razón, porque le permiten investigar en el misterio con sus propios medios, de los cuales está justamente celosa, por otra la empujan a ir más allá de su misma realidad de signos, para descubrir el significado posterior del cual son portadores.

 

La Revelación introduce en la historia un punto de referencia del cual el hombre no puede prescindir si quiere llegar a comprender el misterio de su existencia; pero, por otra parte, este conocimiento remite constantemente al misterio de Dios que la mente humana no puede agotar, sino sólo recibir y acoger en la fe. En estos dos pasos, la razón posee su propio espacio característico que le permite indagar y comprender, sin ser limitada por otra cosa que su finitud ante el misterio infinito de Dios.

 

Sin embargo, esto no quita que la relación actual entre la fe y la razón exija un atento esfuerzo de discernimiento, ya que tanto la fe como la razón se han empobrecido y debilitado una ante la otra. La razón, privada de la aportación de la Revelación, ha recorrido caminos secundarios que tienen el peligro de hacerle perder de vista su meta final. La fe, privada de la razón, ha subrayado el sentimiento y la experiencia, corriendo el riesgo de dejar de ser una propuesta universal. Es ilusorio pensar que la fe, ante una razón débil, tenga mayor incisividad; al contrario, cae en el grave peligro de ser reducida a mito o superstición. Del mismo modo, una razón que no tenga ante sí una fe adulta no se siente motivada a dirigir la mirada hacia la novedad y radicalidad del ser.

 

Así ha sucedido que, en lugar de expresar mejor la tendencia hacia la verdad, la razón, bajo el peso de tanto saber, se ha doblegado sobre sí misma haciéndose, día tras día, incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser.

 

La Sagrada Escritura nos presenta con sorprendente claridad el vínculo tan profundo que hay entre el conocimiento de fe y el de la razón.

La peculiaridad que distingue el texto bíblico consiste en la convicción de que hay una profunda e inseparable unidad entre el conocimiento de la razón y el de la fe. El mundo y todo lo que sucede en él, como también la historia y las diversas vicisitudes del pueblo, son realidades que se han de ver, analizar y juzgar con los medios propios de la razón, pero sin que la fe sea extraña en este proceso. Ésta no interviene para menospreciar la autonomía de la razón o para limitar su espacio de acción, sino sólo para hacer comprender al hombre que el Dios de Israel se hace visible y actúa en estos acontecimientos.

La razón y la fe, por tanto, no se pueden separar sin que se reduzca la posibilidad del hombre de conocerse de modo adecuado a sí mismo, al mundo, al universo y a Dios.

 

Como conclusión, la fe es amiga de la razón y la estima. Se apoya en ella para aprender. Pero la fe, sin obstruir la razón, la sobrepasa y va más alto.

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