La contrición (del latín conterere =  triturar, reducir a pequeñas partículas) es, según la definición del concilio de Trento, el dolor del alma y la detestación de los pecados cometidos, con el propósito de no volver a pecar más en el futuro. Así pues, comprende tres elementos: dolor, detestación, propósito.

La contrición, que ocupa el primer lugar entre los actos del penitente, es un dolor del alma y detestación del pecado cometido, con propósito de no pecar en adelante. Ahora bien, este movimiento de contrición fue en todo tiempo necesario para solicitar el perdón de los pecados, y en el hombre caído después del bautismo sólo prepara para la remisión de los pecados si va junto con la confianza en la divina misericordia y con el deseo de cumplir todo lo demás que se requiere para recibir debidamente este sacramento.

Declara, pues, el santo Concilio que esta contrición no sólo contiene en sí el cese del pecado y el propósito e iniciación de una nueva vida, sino también el aborrecimiento de la vieja, conforme a aquello: “Arrojad de vosotros todas vuestras iniquidades, en que habéis prevaricado y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo” [Ez. 18, 31]. Y cierto, quien considerare aquellos clamores de los santos: “Contra ti solo he pecado, y delante de ti solo he hecho el mal” [Sal. 50, 6] “trabajé en mi gemido; lavaré todas las noches mi lecho” [Sal. 6, 7] “repasaré ante ti todos mis años en la amargura de mi alma” [Is. 38, 15], y otros a este tenor, fácilmente entenderá que brotaron de un vehemente aborrecimiento de la vida pasada y de muy grande detestación de los pecados.

Enseña además el santo Concilio que, aun cuando alguna vez acontezca que esta contrición sea perfecta por la caridad y reconcilie el hombre con Dios antes de que se reciba este sacramento; no debe, sin embargo, atribuirse la reconciliación a la misma contrición sin el deseo del sacramento, que en ella se incluye. Y declara también que aquella contrición imperfecta [Can. 5 del Concilio de Trento], que se llama atrición, porque comúnmente se concibe por la consideración de la fealdad del pecado y temor del infierno y sus penas, si excluye la voluntad de pecar y va junto con la esperanza del perdón, no hace al hombre hipócrita y más pecador, sino que es un don de Dios e impulso del Espíritu Santo, que todavía no inhabita, sino que mueve solamente, y con cuya ayuda se prepara el penitente el camino para la justicia.

Y aunque sin el sacramento de la penitencia no pueda por sí misma llevar al pecador a la justificación; sin embargo, le dispone para rogar la gracia de Dios en el sacramento de la penitencia.

Con este temor, en efecto, provechosamente sacudidos los ninivitas ante la predicación de Jonás, llena de terrores, hicieron penitencia y alcanzaron misericordia del Señor.

En la contrición va incluido el propósito de no pecar más en adelante, es decir, un acto decidido de la voluntad que se determina a no pecar ya más.

Puede bastar el propósito implícito,  pero el explícito asegura mejor la suficiencia de la contrición. El propósito debe ser además absoluto, es decir, firme, y eficaz, en el sentido de que el penitente está dispuesto a emplear los medios necesarios para no recaer en el pecado.

En relación con el propósito de no pecar más, está el problema de la ocasión de pecado. Está claro que el concepto de “ocasión de pecado” es relativo: para algunos una ocasión puede ser remota, mientras que para otros es próxima.

Se dice remota cuando la tentación (que se deriva de un ambiente, de una situación, de una circunstancia) es ligera y puede ser superada fácilmente por una persona determinada. Pero si la tentación es fuerte y difícil de vencer, se trata de una ocasión próxima de pecado.

Es voluntaria la ocasión que puede ser evitada por una persona de buena voluntad, a diferencia de lo que acontece en el caso de una ocasión necesaria de pecado. Puede haber ocasiones de pecado respecto a las diversas virtudes: fe, caridad, justicia, castidad. Es grave el problema que constituyen las profesiones y los empleos fijos, así como las situaciones matrimoniales irregulares,  que constituyen ocasión próxima de pecado.

Dice el catecismo de la Iglesia Católica:

1451 Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. Es “un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar”.

1452 Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama “contrición perfecta”(contrición de caridad). Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental.

1492 El arrepentimiento (llamado también contrición) debe estar inspirado en motivaciones que brotan de la fe. Si el arrepentimiento es concebido por amor de caridad hacia Dios, se le llama “perfecto”; si está fundado en otros motivos se le llama “imperfecto”.

 

No hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo.

En conclusión, Dios es misericordioso y siempre está dispuesto a perdonar. Dice el Señor: “Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca, antes bien, será reo de pecado eterno”. [Mt. 3, 29]. Todo pecado es perdonado siempre que estemos arrepentidos de haberlo cometido y que hagamos el firme propósito de no volver a pecar.

Dios está siempre dispuesto a perdonar a un corazón contrito [Sal 51, 19 B. Lat], pero ello no quiere decir que por eso vamos a pecar a cado rato, total Dios perdona.

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