Es la capacidad natural o sobrenatural para hablar diversas lenguas o idiomas.

 

La glosolalia natural no existe, si previamente no hay aprendizaje, pues el lenguaje procede de la mente y la mente emite sólo lo que en ella haya entrado. Sí existe mayor o menor facilidad para la adquisición de idiomas; y, en ese sentido, se alude a veces a glosalalia como a la facilidad para hablar idiomas, lo cual es simplemente un rasgo humano de memoria o de excelente lógica.

En teología se habla del “don del Espíritu Santo”, que puede otorgar a los fieles el hablar y entender en otros idiomas, como aconteció con su venida de Pentecostés:

Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía que se expresaran. Estaban de paso en Jerusalén judíos piadosos, llegados de todas las naciones que hay bajo el cielo. Y entre el gentío que acudió al oír aquel ruido, cada uno los oía hablar en su propia lengua. Todos quedaron muy desconcertados y se decían, llenos de estupor y admiración: “Pero éstos ¿no son todos galileos? ¡Y miren cómo hablan! Cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa. Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia, Panfilia, Egipto y de la parte de Libia que limita con Cirene. Hay forasteros que vienen de Roma, unos judíos y otros extranjeros, que aceptaron sus creencias, cretenses y árabes. Y todos les oímos hablar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios.” Todos estaban asombrados y perplejos, y se preguntaban unos a otros qué querría significar todo aquello.

(Hch 2,4-12)

 

 

En la Escritura del Nuevo Testamento se habla con naturalidad de este don, milagro o posibilidad: Mc. 16,17; 1 Cor. 12,10 y 14,2-28; Hch. 10,46 y 19,6, textos todos ellos, de no fácil exégesis.

 

Veamos cada uno de ellos.

Estas señales acompañarán a los que crean: en mi Nombre echarán demonios y hablarán nuevas lenguas;

(Mar 16:17)

 

a otro, poder de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, don de interpretarlas.

(1Co 12:10)

 

pues les oían hablar en lenguas y glorificar a Dios. Entonces Pedro dijo:

(Hch 10:46)

 

Y, habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar.

(Hch 19:6)

 

 

En los versículos mencionados se observa que en un principio, este don de lenguas o glosolalia estaba destinado a que todas las personas pudiesen entender la predicación del Evangelio. Es decir, que todos aquellos que no fueran hebreos pudiesen escuchar en su propio idioma el mensaje de las Buenas Nuevas.

Los Hechos narran cómo el día de Pentecostés, los Apóstoles, reunidos con otras personas en Jerusalén, “quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar otras lenguas(Hch 2,4). Se trata de verdaderos idiomas hablados en determinados países, diferentes de aquellos que habitualmente hablaban los Apóstoles, pues los oyentes les oyen hablar sus propias lenguas y se admiran del hecho de oírlas en labios de galileos (Hch 2,8-9).

 

Sin embargo, especial atención merecen los versículos del capítulo 14 de 1 de Corintios.

En ellos Pablo habla del don de lenguas como algo exagerado por parte de los Corintios, los cuales daban especial importancia debido a la influencia que ejercía sobre ellos la cultura helena.

En las religiones del mundo grecorromano encontramos fenómenos que han sido puestos en relación con la glosolalia de Corinto, como el de la pitonisa de Delfos y la Sibila de Cumas. Se creía que una divinidad entraba en esos oráculos y que utilizando las voces de éstos se comunicaba con los mortales en un lenguaje misterioso que tenía que ser interpretado por sacerdotes especializados.

Debido a esta influencia de las religiones paganas sobre los Corintios, es que Pablo exhorta a los mismos a buscar los carismas más elevados, sobre todo el de la profecía.

 

A tal fin, el Apóstol dirá:

Deseo que habléis todos en lenguas; prefiero, sin embargo, que profeticéis. Pues el que profetiza, supera al que habla en lenguas, a no ser que también interprete, para que la asamblea reciba edificación.

(1Co 14:5)

 

Así también vosotros: si al hablar no pronunciáis palabras inteligibles, ¿cómo se entenderá lo que decís? Es como si hablarais al viento.

(1Co 14:9)

 

Doy gracias a Dios porque hablo en lenguas más que todos vosotros; pero en la asamblea, prefiero decir cinco palabras con mi mente, para instruir a los demás, que 10.000 en lengua.

(1Co 14:18-19)

 

A efectos de hacer ver mejor la inutilidad del don de lenguas en orden al bien de la comunidad, propone el Apóstol dos comparaciones: una sacada de la música y otra del uso ordinario de las lenguas. Un instrumento musical, dice, que emitiese sonidos confusos, sin atender a observar el tono y los debidos intervalos, ¿a qué valdría?; igual sucede con el glosolalo (v.7-9). Y entre tanta abundancia de lenguas como hay en el mundo, si me encuentro con otros cuya lengua desconozco, y ellos la mía, ¿qué provecho vamos a sacar? Pues ya que tanto gustáis de los carismas, buscad aquellos que sean de utilidad a la Iglesia (v. 10-12).

El Apóstol deja claro que se trata de un signo o don extraordinario concedido por Dios a algunos cristianos para facilitarles la fe; signo que, por lo demás, debe estar sometido al juicio de la verdad del Evangelio, única regla de la autenticidad cristiana.

 

Como se observa, la glosolalia, tuvo una evolución dentro de la Iglesia Primitiva.

Primero este carisma se manifestó como un don especial de Espíritu Santo a fin de que todas las naciones entendieran el mensaje del Evangelio.

Luego pasó a ser un carisma de edificación personal.

 

Ahora bien, en la actualidad, es necesario poder discernir sobre este don, ya que es por todos sabido que los poseídos también se manifiestan “hablando en lenguas”.

 

No cabe duda de que, en cuanto don divino, es posible, porque Dios puede actuar por vía extraordinaria en las almas a lo largo de la Historia. Pero, como todos los milagros, debe someterse al examen más sereno del sentido común y del Magisterio eclesial y no considerar don del Espíritu cualquier manifestación preternatural o incluso simplemente supersticiosa, como son palabras inconexas pronunciadas bajo estados hipnóticos o paranormales.

 

En los grupos religiosos de hoy, se multiplican en ocasiones los signos que pretenden ser “glosalalia carismática” y no son más que efectos sonoros de estados o situaciones fantasiosas muy alejadas del misterio sobrenatural de Pentecostés.

 

 

Fuentes:
PACOMIO, Luciano [et al.], Diccionario Teológico Enciclopédico, Verbo Divino, Navarra, 1995
Pedro Chico González, Diccionario de Catequesis y Pedagogía Religiosa, Editorial Bruño, Lima, Perú 2006
Gran Enciclopedia Rialp,Ediciones Rialp, Madrid 1991
Biblia Jerusalen 2da Edición

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