FUNDADORA DE LA ORDEN
HERMANAS MENORES (HOY HERMANAS CLARISAS POBRES)

Hija espiritual de San Francisco de Asís

Clara nace en 1194. Su padre, Favarone di Offreduccio, pertenecía a una de las familias de mejor linaje de Asís, su madre Ortolana era de la nobleza, dama de profundo sentido cristiano de la vida. Clara rondaba los 17 años cuando, subyugada por el ardor evangélico de su compatriota Francisco de Asís, que acababa de poner en marcha la nueva fraternidad, se confió a su dirección.

Santa+Clara+2En la noche del 18 al 19 marzo de 1212 salió secretamente del palacio paterno y en la capilla de la Porciúncula recibió el velo de manos del santo, prometiéndole obediencia. Inmediatamente fue confiada por Francisco al monasterio benedictino de San Pablo de las Abadesas. Allí tuvo que vencer la enconada oposición de sus parientes.

Quince días después Francisco le procuró un asilo más seguro en el convento de Sant’Angelo in Panzo, en las estribaciones del monte Subasio, donde fue a juntársele, fugada asimismo clandestinamente, su hermana segunda Inés.

Entre tanto Francisco disponía para Clara y sus imitadoras una vivienda, adaptada al ideal de pobreza y sencillez que ella misma anhelaba, junto a la pequeña iglesia de San Damián, por él restaurada. Y en ella se instaló el pequeño grupo de Damas Pobres, integrado ya con otras tres compañeras. Andando el tiempo irían a ponerse bajo la obediencia de Clara su misma madre Ortolana, al quedar viuda (1226), y su hermana pequeña Beatriz (1229).

La obra de Santa Clara

En los tres primeros años la vida de la comunidad femenina imitaba en lo posible la de los hermanos franciscanos. Francisco era el guía espiritual y él, con sus hermanos, velaba por lo necesario aun en lo material. Dictó para ellas una “forma vitae“, de la que sólo conocemos el pasaje fundamental en que el fundador les recuerda su profesión de “vivir según la perfección del santo Evangelio” y se compromete con sus hermanos a tener cuidado constante de ellas.

Este documento junto con la ferviente recomendación escrita, que el santo añadió días antes de su muerte, de guardar inviolablemente el compromiso de “seguir la vida y pobreza de Jesu-
cristo“, será siempre para Clara la expresión suprema de su ideal.
Francisco obtuvo para las Damas Pobres la aprobación canónica en 1215; pero como en virtud de una disposición del Concilio IV de Letrán del mismo año las nuevas fundaciones estaban obligadas a adoptar una de las reglas antiguas, hubieron de acogerse a la de San Benito.

San Damián quedó así convertido en monasterio y Clara tuvo que tomar el título de abadesa, no obstante su repugnancia. Aunque no se trata más que de una base jurídica, la santa temió por la genuinidad de la vida abrazada y recabó inmediatamente de Inocencio III,  el Privilegium Paupertatis, en virtud del cual nadie podía forzarlas a admitir posesiones ni rentas.
A ejemplo de la comunidad de San Damián, muy pronto fueron apareciendo otras agrupaciones de mujeres que aspiraban al mismo género de vida. El cardenal Hugolino se ocupó de ellas a partir de 1217; dos años después les dio una norma de vida que debía observarse junto con la regla benedictina, base canónica de todas.

El monasterio de San Damián logró eximirse de esta nueva regla, de sabor poco franciscano, y conservó sus observancias peculiares, que luego fueron adoptadas por algunos otros, como el de Monticelli, regido desde 1219 por Santa Inés, la hermana de la fundadora, y el de Praga, fundado por la beata Inés de Bohemia.

Mientras vivió Francisco fue restringiendo el contacto de los hermanos con las monjas y se negó a hacerse cargo del régimen de las mismas; pero después de su muerte, Hugolino, ahora papa Gregorio IX, quiso que el visitador fuera franciscano.

En 1228 Clara obtenía de este papa la confirmación del Privilegio de Pobreza. En 1247 Inocencio IV  promulgaba una regla que reconocía la de San Francisco como base canónica, en sustitución de la de San Benito, y ponía a las monjas totalmente bajo el régimen de la primera Orden. Los superiores de ésta opusieron fuerte resistencia, y al cabo de tres años consiguieron desligarse del compromiso.
Clara, por su parte, insistía en asegurar para su monasterio un estilo de vida auténticamente inspirado en el ideal del Poverello y la estrecha unión con la primera Orden. El 16 de septiembre de 1252, en su lecho de muerte, obtenía una vez más la renovación del preciado Privilegio, y el 9 de agosto de 1253 una bula pontificia aprobaba solemnemente la regla que ella misma había compuesto, adaptación para las religiosas de la regla franciscana. Al día siguiente, ya moribunda, besaba radiante de gozo el documento pontificio, que venía a coronar la aspiración de toda su vida.

Clara y la espiritualidad franciscana

45Así gustaba de llamarse ella misma: Ancilla Christi et plantula beatissimi Patris Francisci (Regla, c. 1; Testamento, 11; Bendición). Con ello no expresaba sólo un afecto filial hacia quien había abierto para Dios su corazón adolescente, sino la esencia de su propia vocación. Con una receptividad activa, de que hay pocos casos en la historia, había ido apropiándose rasgo a rasgo la espiritualidad de San Francisco hasta convertirse en su perfecta versión femenina. Se comprende que, muerto él, los más adheridos al primitivo ideal buscaran en San Damián el testimonio vivo del mismo y el baluarte de la herencia del fundador.

Leyendo el testamento y las cartas de la santa sorprende la identidad de pensamiento y aun de expresión, con ser ésta muy personal, con los escritos de San Francisco.
Seguir a Cristo Esposo en la práctica de la pobreza heroica, como expresión de una vida según el Evangelio, “por el camino de la santa sencillez, humildad y pobreza, y la honestidad de una santa vida” (Testamento) es para Clara lo que da sentido a la profesión religiosa. Ve en el desasimiento de las cosas terrenas la liberación necesaria para el impulso del amor virginal hacia Dios y hacia los hombres. Todo su afán es crear, en la comunidad de las “hermanas pobres“, un clima de fraternidad horizontal en que la caridad se traduzca en servicio mutuo, en colaboración responsable con las demás hermanas y con la superiora, en apertura de diálogo constructivo al que quiere tengan todas acceso, “porque muchas veces el Señor manifiesta lo mejor a la más insignificante” (Regla, c. 4), en cuidado solícito de las enfermas y atribuladas.

El retrato que hizo en su testamento de “la que tuviere el cargo de las hermanas” responde, sin duda, al estilo que ella tuvo para gobernar y que consta por las fuentes; hoy mismo no ha perdido actualidad esa excelsa pedagogía monástica, de tino exquisitamente femenino y de robustez cristiana de la mejor ley (Testamento, 16-20).

Contemplativo y proyectado al mismo tiempo hacia las realidades humanas, su espíritu estuvo animado, como el de San Francisco, de una fe concreta que se revelaba en su conciencia vivamente eclesial de la misión de la mujer consagrada y en su piedad eucarística y mariana.

Santa Clara de Asís, fallece el día 11 de agosto de 1253. Fue canonizada el 13 de agosto de 1255. Sus restos descansan en la cripta de la iglesia a ella dedicada en Asís. Su fiesta se celebra el 11 de agosto. Pío XII la proclamó patrona de la televisión el 14 de febrero de 1958.