Es la pena eclesiástica consistente en declarar a una persona fuera de la comunión de la Iglesia y por lo tanto obligadamente alejada de los actos sacramentales y de otros signos de pertenencia como sepultura eclesiástica, sufragios o signos de comunión.

La excomunión, que en los tiempos recientes se practica muy raramente, se halla regulada por las leyes de la Iglesia y supone no sólo la privación de signos externos de pertenencia, sino también la no participación de los bienes espirituales (gracia, ayudas espirituales, beneficios etc.) de los cristianos.

Según las circunstancias puede ser “late sententiae“, si va junto a la comisión de un delito especialmente grave (apostasía, sacrilegios especiales, etc,), y “ferende sententiae“, si se comete un delito que conlleva amenaza de ser pronunciada esta sanción (robos, abusos, atropellos) (cc. 1364 a 1388).

La imposición de penas eclesiásticas tiene siempre una finalidad salvífica: el bien de la comunidad y la conversión del ofensor. La imposición de penas ha de tenerse en cuenta como último recurso. Se ha dicho que la excomunión no debe considerarse en términos penales, sino sólo como un acto salvífico en beneficio del individuo y de la comunidad eclesial. Pero este punto es controvertido. Por lo demás, la excomunión se trata en la parte del Código dedicada a las sanciones (libro VI).

A. Borras escribe: «La excomunión es una sanción penal del derecho eclesiástico positivo, con una finalidad específicamente medicinal; se establece para hacer frente a delitos muy graves; sus indivisibles efectos consisten en una prohibición de ejercer ciertos derechos y deberes de acuerdo con las disposiciones del Código (cc. 1331, 171 § 1, n. 3, 316, 915, 996 § 1 y 1109), hasta tal punto que constituyen una exclusión (casi) total de los bienes espirituales de la Iglesia».

La excomunión, por tanto, no excluye de la pertenencia a la Iglesia, ya que los vínculos externos de la comunión pueden permanecer intactos (CIC 205). Dado que supone un pecado grave (CIC 1321), la comunión con la Iglesia deja de ser plena, ya que faltaría la gracia, que es la condición interna necesaria para la plena comunión (LG 14).

La excomunión está referida a delitos externos; es un acto jurídico externo de la Iglesia. No significa necesariamente que el infractor esté privado de la gracia de Dios. En teoría al menos, una persona excomulgada puede estar actuando de buena fe, aun cuando esté legalmente excluida de determinados aspectos de la vida de la Iglesia.

Las excomuniones puede levantarlas la autoridad competente, por lo general la Santa Sede o el obispo local, según a quien esté reservada. Los infractores acuden normalmente en primer lugar para la remisión de la censura al sacramento de la reconciliación, aunque generalmente es menester recurrir luego a la autoridad que corresponda (CIC 1354-1358).

No hay que confundir la excomunión con otras penas como el entredicho (prohibición de culto o de participación), retención de pecados, por ser reservados (que no pueden ser perdonados por un sacerdote cualquiera), o cualquiera otra sanción que, para suscitar el arrepentimiento y la reacción, la Iglesia impone a veces a sus miembros.

El cristiano debe tener alguna formación al respecto de la excomunión para no dejarse llevar en un sus juicios por los meros relatos periodísticos y para evitar de modo especial aquellos pecados que implican sanciones tan graves.