El sacramento de la confirmación

Los convertidos de la comunidad de Samaría, que ya habían sido “bautizados en el nombre de Jesús” (Hch 8,16), recibieron una nueva gracia del Espíritu “Pedro y Juan… oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo… les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo” (Hch 8,14-17). Es, pues, en este comunidad donde aparece por primera

 vez el sacramento de la confirmación, como sacramento especial y en relación con el bautismo. Los obispos “son los ministros originarios de la confirmación” (LG 26). En Oriente, es el presbítero quien ordinariamente administra la confirmación (después de conferir el bautismo). En el rito latino, los obispos pueden permitir que este sacramento sea administrado por los presbíteros.La “confirmación” (o “crismación”) es uno de los tres sacramentos de la iniciación cristiana, juntamente con el bautismo y la Eucaristía. La gracia especial del Espíritu Santo, recibida en este sacramento, convierte los creyentes en defensores y apóstoles de la fe “Por el sacramento de la confirmación se vinculan más a la Iglesia, se enriquecen con una fuerza especial del Espíritu y con ello quedan obligados más estrictamente a difundir y defender la fe, como verdaderos testigos de Cristo, por la palabra y juntamente con las obras” (LG 11).

Todo bautizado ha recibido la “prenda” del Espíritu Santo (Efe 1,14; 2Co 1,22; 2Co 5,5), para vivir la filiación divina participada o adoptiva “La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá, Padre!” (Gál 4,6). El cristiano es “templo del Espíritu” (1Co 3,16), vive según el Espíritu (Gál 5,25) y obra con la libertad del Espíritu de amor (2Co 3,17). El crecimiento en la vida nueva necesita el refuerzo de nuevas gracias del Espíritu.

La “unción” para vivir y defender la fePor medio del sacramento de la confirmación, se recibe una nueva “señal” (“carácter”) o prenda del Espíritu, con abundancia de sus gracias y dones, que robustecen al cristiano para incorporarse más plenamente a la Iglesia, para luchar contra el mal y para defender y comunicar la fe. El “confirmado” asume la responsabilidad de colaborar más responsablemente en la comunidad eclesial, que es misionera por su misma naturaleza.

El “carácter” y la gracia del sacramento de la confirmación son dones del Espíritu Santo para completar o “confirmar” las gracias recibidas en el bautismo. El rito de la imposición de las manos y de la unción con el santo crisma en la frente indican una comunicación especial de la unción y consagración del Espíritu, como participación en la misma unción de Cristo (el “ungido” o Mesías). La fórmula sacramental es así “Recibe por esta señal el don del Espíritu“. La comunidad de los bautizados y confirmados constituye el pueblo “mesiánico” (Eze 36,25-27), hecho partícipe de la misma unción sacerdotal de Cristo por el Espíritu (Hch 10,39; Lc 4,18).

Esta nueva “unción” del Espíritu indica que su acción salvífica penetra todo el ser humano, purificándolo, embelleciéndolo, haciéndolo más ágil, santificándolo, haciéndolo partícipe de la misma vida divina, comunicándole el gozo de la esperanza. En el sacramento de la confirmación se comunica la fortaleza del Espíritu para vivir, defender y comunicar la fe, asumiendo la responsabilidad de construir la comunidad eclesial como comunidad profética, sacerdotal y real.

Unción y dones del Espíritu para la misiónEste “sello” es marca indeleble, como en los sacramentos del bautismo y orden. En la confirmación significa especialmente la pertenencia total a Cristo, a modo de opción fundamental y decisiva. La presencia y acción del Espíritu Santo hará posible afrontar las dificultades de la existencia humana y transformarlas según la verdad y el amor. Los efectos de esta comunicación del Espíritu se manifiestan en el crecimiento o profundización de la gracia y filiación divina recibidas en el bautismo. Los dones del Espíritu se comunican con un nuevo impulso, para que el creyente reaccione más espontáneamente según el programa de amor de las bienaventuranzas.

La fortaleza para vivir, confesar, defender y difundir la fe, manifiesta una cierta adultez, no tanto unida a la edad cuanto a la madurez de la vida cristiana iniciada en el bautismo. Por el sacramento de la confirmación, el creyente se integra o incorpora más responsablemente a la Iglesia particular (presidida por un sucesor de los Apóstoles) y a la Iglesia universal (presidida por el sucesor de Pedro). Esta incorporación se traduce en disponibilidad para la misión.

Leer como complemento Lumen Gentium (LG), Catecismo de la Iglesia Católica (CIC)
Fuente:
ESQUERDA BIFET, JUAN – Diccionario De Evangelización
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