confesiónLa confesión de los pecados significa en profundidad que toda falta es cometida contra Dios (Lev 26, 40), incluso faltas contra el prójimo (Lev 5,21; 2Sa 12,13s).

El pecado pone obstáculo a las relaciones que quiere Dios establecer con el hombre. La retractación por el culpable mismo, individuo (Prov 28,13) o colectividad (Neh 9,2s; Sal 106) del acto que le ha enfrentado con Dios, reafirma los derechos imprescriptibles que su pecado le había discutido.

Una vez restaurados estos derechos que reposan en particular en la alianza, cuya iniciativa había tomado Dios, se concede el perdón (2Sa 12,13; Sal 32,5), y se pone fin a la ruptura que sume al pueblo entero en la desgracia (Jos 7,19ss).La corrección fraterna y la monición de la Iglesia tienen por objeto en primer lugar hacer reconocer al culpable sus yerros exteriores (Mt 18, 15ss).

No obstante, la confesión de los propios pecados es siempre signo de arrepentimiento y condición normal del perdón.
Los judíos que se dirigen a Juan Bautista confiesan sus faltas (Mt 3,6 p). Pedro se reconoce pecador, indigno de acercarse a Jesús (Lc 5,8), y Jesús mismo, al describir el arrepentimiento del hijo pródigo, hace intervenir en él la confesión del pecado (Lc 15,21).
Esta confesión, expresada con palabras por Zaqueo (Lc 19,8), con gestos por la pecadora (Lc 7,36-50), o también con el silencio de la mujer adúltera que no se defiende (Jn 8,9-11), es la condición del perdón que otorga Jesús. Tal es el punto de partida de la confesión sacramental.

Todo hombre es pecador y debe reconocerse tal para ser purificado (Jn 1,9s). Sin embargo, el reconocimiento de su indignidad y la confesión de los labios sacan su valor del arrepentimiento del corazón. Dios llama a los hombres a entrar en comunión con él.

Ahora bien, se trata de hombres pecadores. Pecadores de nacimiento (Sal 51,7); por la falta del primer hombre entró el pecado en el mundo (Rom 5,12) y desde entonces habita en lo más íntimo de su “yo”, de su ser (Rom 7,20).
Pecadores por culpabilidad personal, pues cada uno de ellos, “vendido al poder del pecado” (Rom 7,14), ha aceptado voluntariamente este yugo de las pasiones pecadoras (Rom 7,5). La respuesta al llamamiento de Dios les exigirá por tanto en el punto de partida una conversión, y luego, a todo lo largo de la vida, una actitud penitente. Por esto la conversión y la penitencia ocupan un lugar considerable en la revelación bíblica.

Ya en el Antiguo Testamento se observa que el vínculo de la comunidad con Dios puede romperse por culpa de los hombres, ya se trate de pecados colectivos o de pecados individuales que comprometen en cierto modo a la colectividad entera.
Así las calamidades públicas son ocasión para una toma de conciencia de las faltas cometidas (Jos 7; lsa 5.6).
Para restablecer el vínculo con Dios y recobrar su favor debe la comunidad en primer lugar castigar a los responsables, lo cual puede llegar hasta la pena de muerte (Éx 32,25-28; Núm 25,7ss; Jos 7,24ss), al menos que haya “rescate” del culpable (lsa 14,36-45).
Por lo demás el mismo culpable puede ofrecerse a los castigos divinos para que sea salva la comunidad (2Sa 24, 17).

El profeta Jeremías en persona se verá mezclado en una liturgia penitencial en calidad de intercesor (Jer 14,1-15,4). Después del exilio las prácticas penitenciales, alcanzarán un desarrollo considerable.

Ya en la época de David la intervención de Natán cerca del rey adúltero anuncia la doctrina profética de la penitencia: David se ve movido a confesar su falta (2Sam 12,13), luego hace penitencia conforme a las reglas y finalmente acepta el castigo divino (2Sam 12,14-23).
Pero el mensaje de conversión de los profetas, se dirigirá al pueblo entero. Israel ha violado la alianza, ha “abandonado a Yahveh y despreciado al Santo de Israel” (Is 1,4); Yahveh tendría derecho a abandonarlo, a menos que se convierta. Así el llamamiento a la penitencia será un aspecto esencial de la predicación profética (cf. Jer 25,3-6).

En el umbral del NT, el mensaje de conversión de los profetas reaparece en toda su pureza en la predicación de Juan Bautista, el último de ellos.
Una frase condensa su mensaje: “Convertíos, pues el reino de los cielos está cerca” (Mt 3,2). La venida del reino abre una perspectiva de esperanza; pero Juan subraya sobre todo el juicio que debe precederla. Nadie podrá sustraerse a la ira que se manifestará el día de Yahveh (Mt 3,7.10.12). De nada servirá pertenecer a la raza de Abraham (Mt 3,9).
Todos los hombres deben reconocerse pecadores, producir un fruto que sea digno del arrepentimiento (Mt 3,8), adoptar un comportamiento nuevo apropiado a su estado (Lc 3,10-14).

San Pablo, después de haber sido el gran Apóstol, decía: “Castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que, habiendo sido heraldo para los otros, yo mismo resulte descalificado”, 1Cor 9,27.
En tiempos de Jonás, los ninivitas fueron perdonados, porque hicieron penitencia, se vistieron de ceniza todos y ayunaron, empezando por el rey, y Dios los perdonó, Jon 3,5-10.
Jesús nos dice que “si no hacéis penitencia, todos pereceréis”(Lc 13,3, Lc 13,5), e increpó a Cafarnaún y a Corazaín, porque no hacían penitencia, después de haber visto tantos milagros y manifestaciones, y les dijo que Sodoma y Gomorra serían tratadas mejor que ellas (Lc 11,20-24).
En virtud, tanto al llamamiento de Jesús como a la prédica de los Apóstoles; uno se arrepiente de sus pecados, se convierte a Dios y vive una vida cristiana, llevando su cruz, la que el Señor le quiera mandar (Mt 16,24; Lc 9,23; Lc 14,27; Lc 14,33).

A lo largo de toda la historia Bíblica, vemos que el arrepentimiento va de la mano de la confesión de la falta, juntamente con la penitencia. Por ello, Jesús instituye el sacramento de la Penitencia, o de la Confesión, o de la Reconciliación (Jn 20,23), teniendo en cuenta que es un Sacramento muy importante, porque en él, no sólo se perdonan los pecados, sino que Dios limpia de toda maldad, como nos dice 1Jn 1,9.

Luego, Jesús les dará a los apóstoles el poder de “perdonar los pecados o no perdonarlos”, previa confesión de los mismos como atestigua Hechos 9,18 “Y muchos de los que habían creído venían, confesando y dando cuenta de sus hechos”.

Por eso, si en su iglesia no hay personas con este “poder” de perdonar pecados, es que es una iglesia “sin poder” y no es la única Iglesia de Cristo.

Pax et bonum.

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