Leyendo diversos escritos de origen católico y ciertos pasajes de la obra de Lutero (Luther Werke), podemos llegar a la conclusión de que los últimos días de Martín Lutero, conocido también como el padre de la Reforma, fueron de profundo pesar y desconcierto.

Si bien Lutero, según se desprende de lo leído e investigado, pretendía con sus 95 tesis refutar el abuso que se estaba cometiendo en Alemania con las “famosas” indulgencias, por el influjo de los llamados humanistas, diversos problemas sociopolíticos de la época, sin hablar del “poco interés” de la Iglesia a prestar oídos a los reclamos de Lutero, ya que en su momento se caratuló al movimiento reformista de “disputas entre frailes”, impulsaron la ruptura con la autoridad de Roma, la cual con el transcurso del tiempo y por el accionar de ambas partes (Lutero y el Papado) se fue profundizando hasta convertirse, no solo en un ataque al Papa sino que se rompió con las tradiciones y dogmas que hasta ese momento ostentaba la Iglesia Católica y en lugar de promover una renovación de la vida eclesial, terminó por segregar de la Iglesia Católica a una parte de la cristiandad.

Un movimiento reformador como el de Lutero no podía surgir por generación espontánea ni fue fruto de una rabieta teológica.

A la efervescencia religiosa se añadió la acumulación de posesiones por la jerarquía de la Iglesia: catedrales, templos, monasterios, sobre todo rentas, ofrendas y posesiones materiales, que provocaron la envidia de los señores feudales y príncipes y la sorpresa de los indigentes.

Y por si todo ello no bastara, los Papas dejaron Roma y vivieron durante 70 años en la cómoda ciudad de Avignon, actuando más como señores feudales que como pastores de almas. El cisma de Occidente, que llegó a contar con tres pontífices rivalizando por la autenticidad y la dignidad papal, terminó por crear una situación insostenible.

Martín Lutero y Juan Calvino aparecieron en el momento en que todo estaba preparado para la ruptura con la tradición y con la autoridad. Reivindicaron que la única autoridad religiosa debía ser la conciencia. Negaron que una “autoridad distante y corrompida” pudiera imponer consignas al espíritu libre. Y se desencadenó la revolución.

En 1517 en Alemania Lutero publicó sus 95 Tesis, que iban contra la teoría y la práctica de las indulgencias papales. La radicalización se fue apoderando del espíritu de quienes con Lutero se adentraron por un camino sin retorno.

Se empezó por la disciplina y se terminó por el dogma y por los sacramentos, reemplazando la sumisión a la autoridad del Papa por el libre examen de la Biblia.

La reforma progresó: unos príncipes la apoyaban y otros la condenaban. Los que la defendían se apoderaban de los bienes de iglesias y monasterios y los que la condenaban reclamaban medidas urgentes para atajarla.

Las Guerras Campesinas (1524-1526) fueron el primer resultado de las disidencias. Lutero desaprobó la rebeldía campesina, aunque al principio la había apoyado. La revuelta social fue ahogada en sangre y grandes matanzas de campesinos indefensos dieron lugar a que los señores victoriosos se apoderaran de nuevas tierras. Lutero lo justificó en otro panfleto “Contra las hordas de campesinos asesinos y ladrones” (1525).

Terminadas las contiendas militares, la artillería se orientó más al terreno de las ideas. Los temas candentes: justificación, sacramentos, autoridad, Biblia, Iglesia, laicos y religiosos, poder temporal, etc., ocuparon la atención, y los protestantes se fragmentaron en diversas opiniones que le hacían exclamar a Lutero: “El demonio anda entre nosotros, hay tantos credos como cabezas”.

El movimiento reformista, en consecuencia con el principio de libre examen, y lo subjetivo que eran las interpretaciones religiosas de cada persona gobernante, se diversificó en multitud de grupos, líneas, opiniones. Surgió un gran número de iglesias reformadas y de pequeñas sectas que oscilaban en función de los intereses pasajeros de los principies o de las ciudades y de sus consejos. El común denominador de todas ellas fue la oposición a Roma, el secreto deseo de apoderarse de los bienes de iglesias, monasterios y cofradías y la ruptura con las dependencias que siempre se traducían en impuestos de diverso tipo.

Así surgieron sectas como los “anabaptistas”, que tuvieron cierta difusión por toda Europa, en particular en Alemania.

Otro grupo fue el de los “unitaristas”, que se extendió sobre todo por Suiza, Alemania, Países Bajos y Polonia. Cultivaban la estrecha intimidad entre los miembros y hacían lo posible por promover la paz entre ellos.

En Suiza la reacción antirromana estuvo dirigida por Ulrico Zwinglio. Rechazó a la jerarquía local con violentos discursos y sermones en la plaza del mercado y ante el Consejo de la ciudad. Preparó al pueblo para mirar sólo la Biblia como fuente de fe y de oración y rechazó toda otra práctica, que quedó prohibida y sus promotores perseguidos y expulsados.

La figura más significativa en Ginebra fue la de Juan Calvino, teólogo protestante francés. En 1536 se estableció en la nueva República de Ginebra y dirigió una fanática y exigente postura religiosa decidida por el Consejo de la ciudad. Preparó un “Catecismo de la Diócesis de Ginebra” y rigió durante años la ciudad con mano de hierro. Regía la vida de las familias, los tipos de vestidos y las diversiones. Estableció una verdadera teocracia. Los disconformes no tenían otra alternativa que huir o caer en la cárcel y terminar en la hoguera, como le pasó al médico aragonés Miguel Servet.

En el Norte de Gran Bretaña, Escocia conoció las convulsiones reformadoras desde los primeros momentos. Había una antipatía contra los católicos desde la predicación de Juan Wycliffe en el siglo XV. La nobleza se aferró a la reforma para afianzar su independencia de la monarquía radicada en Londres. El liderazgo de John Knox, discípulo de Calvino, logró afianzar la reforma con métodos coercitivos y actitudes de místico fanático. Las formas religiosas evolucionaron hasta constituirse en religión presbiteriana, forma original y propia de Escocia, luego exportada a otras regiones, sobre todo a las colonias americanas.

La Reforma en la región inglesa se debió más al resentimiento de Enrique VIII que a motivos ideológicos, aunque luego derivó hacia herejías y alteraciones doctrinales. Ante la negativa del Papa de aceptar el divorcio del Rey con María de Aragón, se gestó la ruptura con Roma y la persecución de todos los católicos. El rey fue declarado cabeza de la Iglesia y el Parlamento se atribuyó el gobierno de la Iglesia nacional.

Al subir al trono Isabel I en 1563, el espíritu antirromano intransigente de nuevo se adueñó de las esferas de gobierno y se persiguió a muerte a los católicos. Los 42 artículos del credo anglicano se redujeron a 39, que se mantuvieron en adelante, siendo más cercanos al luteranismo que al calvinismo. Se mantuvo la organización episcopal y ritual de la Iglesia anglicana, muy cercana a la Iglesia católica, pero se hizo tajante ruptura con el Papado. Los más extremistas de los anglicanos se separaron de la Iglesia oficial y fueron configurando, con el paso del tiempo, diversas iglesias autónomas y diferentes, como el caso de los presbiterianos, los puritanos, los separatistas y los cuáqueros.

A medida que fueron pasando los años, los grupos se fueron divulgando en un sinfín de movimientos e interpretaciones religiosas diferentes.

Los bautistas surgieron en Inglaterra en el siglo XVII, con amplia difusión por Estados Unidos de América.

Los metodistas nacieron en el siglo XVIII como un intento de renovación de la Iglesia Anglicana. Fueron fundados por J. Wesley y un grupo de amigos.

Los pentecostalistas son ya del siglo XIX y se nutrieron de ideas y personas procedentes de los metodistas, bautistas y presbiterianos.

Los adventistas, fundados por William Miller, son del siglo XIX y resultaron interesantes por su fe ciega en la segunda venida de Cristo.

Todavía en el siglo XIX y XX se multiplicaron las llamadas Iglesias evangélicas independientes, como la “Asociación Evangélica Internacional”, los “Hermanos de Cristo”, el “Ejército de la Salvación”, la “Iglesia de la Biblia Abierta”, la “Iglesia del Evangelio Cuadrangular”, la “Iglesia Reformada de la Stma. Trinidad”, etc.

La Historia de la Reforma luterana y de sus seguidores, fieles o independientes, tiene cierto deje de tristeza. Lutero miraba al cielo en los últimos años de su vida y decía a su esposa, Catalina von Bora, con la que tuvo varios hijos: “Ese cielo ya no es para nosotros. Hemos hecho que se rasgue en muchos trozos”.

Al romper con ese Primado, en el que Cristo quiso fundar su Iglesia, abrió las puertas a la división y al desorden. No se le puede negar la objetividad de sus críticas iniciales a un Papado renacentista desdibujado por multitud de vicios. Pero no fue capaz de ver detrás de la corteza del vicio, la sublimidad de la identidad evangélica de la Iglesia Católica.

Por eso la Reforma fue una ruptura; la búsqueda del Evangelio puro fue una utopía rebelde y desafortunada, y los principios del libre examen fueron una traición a la voluntad de Jesús, que había pedido al Padre que todos fueran uno.

El énfasis protestante en relación al juicio personal en lo religioso ayudó a los cristianos separados a personalizar más su fe. Pero la ausencia de jerarquía les llevó con frecuencia a las interpretaciones más arbitrarias y por lo tanto al error alejado del Evangelio.

La enseñanza que dejó la vorágine de los desaciertos doctrinales y disciplinares fue en aumento y dejó a la Iglesia más dividida que nunca y a los cristianos más desconcertados.

Ciertamente no todo fue negativo. La responsabilidad creció, la necesidad de educar a los cristianos se hizo más viva, la valoración de la palabra divina se acrecentó en los grandes teólogos del momento, la literatura religiosa llegó a más creyentes y la educación popular también fue estimulada gracias a las nuevas escuelas que surgieron, provocando así un verdadero resurgimiento entre los católicos de la Teología, de la piedad y de la cultura.

Así mismo, las enseñanzas de Martín Lutero se desvirtuaron tanto, debido a su teoría de libre examen, que hoy por hoy, todas las iglesias o denominaciones cristianas descendientes de la Reforma, las han pasado por alto o las han reformado y adecuado a sus necesidades, convirtiéndolas en verdaderas enseñanzas de hombre.

A continuación les dejo algunas frases de Lutero con respecto al libre examen y su dogma de sola scriptura.

 “Este no quiere oír de Bautismo, y aquel niega el sacramento, otro pone un mundo entre este y el último día. Algunos enseñan que Cristo no es Dios, algunos dicen esto, otros dicen eso; hay tantas sectas y credos como hay cabezas. Nunca un campesino es tan grosero como cuando tiene sueños y fantasías, él se considera inspirado por el Espíritu Santo y que debe ser un profeta.”

De Wette III, 51 citado en el libro de O’Hare “THE FACTS ABOUT LUTHER” [Los Hechos sobre Lutero], p. 208.

“Los nobles, los ciudadanos, los campesinos, todos entienden el Evangelio mejor que San Pablo y yo; ellos ahora son sabios y se consideran más conocedores que todos los ministros.”

Walch XIV, 1360 citado en el libro de O’Hare, ibid, p. 209.

“Nosotros aceptamos, tal y como debemos, que mucho de lo que ellos (la Iglesia Católica) dicen es verdad: que el papado tiene la palabra de Dios y la autoridad de los apóstoles, y que hemos recibido las Santas Escrituras, el Bautismo, los Sacramentos y el púlpito de ellos. ¿Qué sabríamos de esto si no fuera por ellos?”

El Sermón sobre el Evangelio de San Juan, Caps. 14 – 16 (1537), en el vol. 24 de el libro “LUTHER’S WORKS” [Los Trabajos de Lutero], San Luis, Misuri: Concordia, 1961, p. 304.

Espero les haya gustado el trabajo o que por lo menos haya llamado su atención.

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