Cuantas veces no hemos escuchado la frase: “yo soy salvo”. Creo que esa frase la he visto en mi vida más veces que el sol que me ilumina. Pero la pregunta es: ¿hasta qué punto es correcta esa afirmación? ¿de dónde sale esa afirmación?

Para poder explicar esta afirmación debemos primero tratar de comprender el principio o doctrina de sola fides. Según Lutero la sola fe basta para ser salvo y las obras no cuentan para nada. Este principio se basa en Rom 5,1:

Rom 5,1  Justificados, entonces, por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Así mismo, Lutero sostenía que la justificación al venir por gracia de Dios, no borra los pecados, sino que establece un manto de misericordia divina sobre el hombre, ocultando el pecado, ya que el hombre por naturaleza es pecador.

El luteranismo enseña que “los hombres no pueden justificarse ante Dios con sus propias fuerzas, méritos y obras, sino que son justificados gratuitamente a causa de Cristo por la fe, cuando creen que han recibido en sí la gracia y que les han sido remitidos los pecados por Cristo que por su muerte satisfizo por nuestros pecados”. Tales fundamentos implican una concepción pesimista respecto del hombre, su pecado y sus obras, siempre y necesariamente malas.

Con este fundamento antropológico, el Bautismo se concibe como un sacramento incapaz de sanar el pecado original, y la libertad, como una realidad anulada. Así en su De servo arbitrio, Lutero mismo habla de un libre albedrío que es sólo nominal ya que ha muerto después del pecado de Adán; de manera que el hombre caído es siempre pecador y no puede hacer nada con miras a su justificación.

A partir de estas afirmaciones surge la doctrina de una vez salvo, siempre salvo. Es decir una vez confesado que Cristo murió por mis pecados y que por su gracia he sido justificado, no importa lo que haga, yo ya soy salvo. A simple vista, cualquiera diría que bueno, yo quiero ser protestante o pertenecer a cualquiera de sus ramas.

Pero sería bueno dar una vuelta por la Biblia, no hace falta leerla toda, solo unos cuantos versículos para contrastar y comparar lo que dice la Palabra de Dios con el principio protestante.

Ciertamente, a partir de los versículos que voy a citar, se abrirán una serie de concordancias que afirman y aclaran lo que se intenta exponer.

Vamos a la Biblia.

Apo 20,12-13  Y vi a los que habían muerto, grandes y pequeños, de pie delante del trono. Fueron abiertos los libros, y también fue abierto el Libro de la Vida; y los que habían muerto fueron juzgados de acuerdo con el contenido de los libros; cada uno según sus obrasEl mar devolvió a los muertos que guardaba: la Muerte y el Abismo hicieron lo mismo, y cada uno fue juzgado según sus obras.

Nos encontramos en el Libro del Apocalipsis de Juan, capítulo 20, donde el Apóstol nos muestra una imagen del juicio final, también conocido como juicio individual. Vemos que las almas de todos los hombres se encuentran frente al trono de Dios para ser examinados por medio de un libro y que todos, sin excepción son juzgados según sus obras y de acuerdo al contenido del libro.

Con respecto al uso del Libro de la Vida, el libro de Daniel también hace mención de los mismos. (Dan 7,10)

Si la sentencia ha de ser positiva, tiene que haber concordancia entre elección y obras, entre gracia y cooperación, entre vocación y realización personal de la misma. Así, el juicio final no es sino la revelación universal de las decisiones que cada uno ha tomado personalmente.

Todos serán juzgados según sus obras. De donde se sigue que no basta la sola fe para salvarse, sino que son necesarias las obras buenas.

Ahora bien, ¿encontramos en la Biblia otras referencias que afirmen lo antedicho? La respuesta es: Sí.

Rom 14,10-12  Pero tú ¿por qué juzgas a tu hermano? Y tú ¿por qué desprecias a tu hermano? En efecto, todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios,  pues dice la Escritura: ¡Por mi vida!, dice el Señor, que toda rodilla se doblará ante mí, y toda lengua bendecirá a Dios. Así pues, cada uno de vosotros dará cuenta de sí mismo a Dios.

Dará cuenta ante Dios de sí mismo, es decir deberá dar cuenta de sus obras.

1Cor 4,5  Así que, no juzguéis nada antes de tiempo hasta que venga el Señor. Él iluminará los secretos de las tinieblas y pondrá de manifiesto las intenciones de los corazones. Entonces recibirá cada cual de Dios la alabanza que le corresponda.

Pondrá de manifiesto las intenciones y cada uno recibirá la alabanza que le corresponde, es decir que de acuerdo a las obras será el premio que recibirá de Dios.

2Cor 5,10  Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal.

Creo que no se necesita explicación. Así y todo, la lista sigue:

Apo 2,23 Y a sus hijos, los voy a herir de muerte: así sabrán todas las iglesias que yo soy el que sondea los riñones y los corazones, y yo os daré a cada uno según vuestras obras.

Apo 22,12 Mira, vengo pronto y traigo mi recompensa conmigo para pagar a cada uno según su trabajo.

Sal 28,4 Págales, Yahvé, según sus obras, según la malicia de sus actos, trátalos conforme a sus acciones, págales con su misma moneda.

Proverbios 24,12 Pues, aunque digas que no lo sabías, el que juzga los corazones lo comprende,  el que vigila tu alma lo sabe;  y Él paga a cada uno según sus obras.

Ecl 12,14 Porque toda obra será juzgada por Dios, también todo lo oculto, a ver si es bueno o malo.

Jer 17,10 Yo, Yahvé, exploro el corazón, pruebo los riñones, para dar a cada cual según su camino, según el fruto de sus obras.

Jer 32,19 grande en designios y rico en recursos, que tiene los ojos fijos en la conducta de los humanos, para dar a cada uno según su conducta y el fruto de sus obras;

Mt 16,27 “Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

Rom 2,5-13 Por la dureza y la impenitencia de tu corazón vas atesorando contra ti ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, quien dará a cada cual según sus obras: a los que, por la perseverancia en el bien busquen gloria, honor e inmortalidad: vida eterna;  mas a los rebeldes, indóciles a la verdad y dóciles a la injusticia: ira y cólera. Tribulación y angustia sobre toda alma humana que obre el mal: del judío primeramente y también del griego; en cambio, gloria, honor y paz a todo el que obre el bien; al judío primeramente y también al griego; que Dios es imparcial. Pues cuantos sin ley pecaron, sin ley también perecerán; y cuantos pecaron bajo la ley, por la ley serán juzgados; que no son justos delante de Dios los que oyen la ley, sino los que la cumplen: ésos serán justificados.

Honestamente, pienso que Lutero sabía un poco más de Biblia que yo o que cualquiera que frecuenta estos foros, pero mi pregunta es: Ante tanta evidencia de que la justificación va acompañada con obras, ¿cómo pudo formular semejante doctrina de sola fides? ¿Cómo es posible que se niegue hasta la doctrina de la penitencia si la Biblia es muy clara al respecto? ¿Fue por rebeldía? ¿Fue su necesidad de diferenciarse de la Iglesia Católica? Creo que solo él tiene la respuesta.

Así y todo, creo que existe un texto por excelencia acerca de las buenas obras.

Mat 25,35-40 Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y acudisteis a mí.” Entonces los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y acudimos a ti?” Y el Rey les dirá: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.”

El texto habla por sí solo. Es el mismo Jesús quien nos está hablando indirectamente sobre las obras. Pero no nos habla de las obras hechas a la vista de todos los hombres, sino la obra que cada uno hace en secreto solo para Dios.

Podría seguir poniendo infinidad de textos relacionados con las buenas obras acompañando a la fe, pero, parafraseando al Apóstol Juan, no alcanzaría todo el foro para ponerlos.

Por si alguno no lo sabe, así como Lutero sacó libros del Antiguo Testamento porque contradecían su doctrina, también pretendió quitar del Nuevo Testamento la Carta de Santiago por considerarla una “Epístola de Paja” y contraria a su enseñanza. Dentro de dicha carta se encuentra un pasaje donde se refleja la catequesis de la fe unida a las obras.

Stg 2,13-20 Porque tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia; la misericordia se siente superior al juicio. ¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: “Tengo fe”, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, calentaos y hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta. Y al contrario, alguno podrá decir: “¿Tú tienes fe? Pues yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin obras y yo te mostraré por las obras mi fe”. ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios creen y tiemblan. ¿Quieres saber tú, insensato, que la fe sin obras es estéril?

Alternando la exposición doctrinal con la controversia demuestra Santiago que la fe sin obras está muerta. Santiago muestra que una fe que no configura la vida según la voluntad de Dios no sirve para nada, porque no puede salvarnos. También Santiago enseña que, en el juicio, Dios escrutará los frutos de la fe y ellos darán la medida de la recompensa.

Por más que uno alabe el valor y los frutos del cristianismo y estime la profundidad de su enseñanza, el valor ético de su mensaje y sus valores vitales y culturales; por seguro que uno se sienta en su fe, todo es inútil si no la vive. Dios, en el juicio, tendrá en cuenta la obediencia, la entrega y la fidelidad, la perseverancia en el amor. He aquí la llave de la vida eterna.

Sólo quien tiene fe, es decir, quien vive según su fe, puede realizar las obras de la fe. La fe de quien no tiene obras está muerta; el don divino se ha marchitado, sólo la fe viva es auténtica.

¿Por qué, pues, no queremos darnos cuenta de que una mera profesión de fe, una fe que no va más allá del pensamiento y de los labios, no es suficiente para salvarnos, antes bien se convierte en causa de castigo?

Esta doctrina de Santiago está en perfecta conformidad con el Evangelio, en donde Cristo enseña que “no todo el que dice “Señor, Señor!” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos” (Mt 7,21). Por consiguiente, la fe en Dios no aprovechará si no va acompañada con la observancia de los mandamientos. El que cree en Dios y no cumple su voluntad, se hace reo de mayor castigo, según enseña el mismo Cristo: “El siervo que, conociendo la voluntad de su amo, no se preparó ni hizo conforme a ella, recibirá muchos azotes” (Lc 12,47).

Hasta acá, expuse una opinión meramente personal. A continuación transcribo la opinión oficial de la Iglesia Católica.

La justificación es el acto divino por el cual el pecado queda totalmente destruido y borrado por la sangre de Cristo, pero exige una parte del hombre que es la respuesta de las buenas acciones y no sólo de las buenas intenciones.

Inspirándose en San Pablo (Col 1,13) definió la justificación como “traslado del estado en que el hombre nació, como hijo del primer Adán, al estado de gracia y de adopción entre los hijos de Dios por medio del segundo Adán Jesucristo, Salvador” (Denz. 796).

Por eso la justificación, en el sentido católico, se entiende como verdadera destrucción, remisión, perdón del pecado.  El hombre recibe la gracia, la amistad divina, la limpieza real, no aparente. Deja de ser pecador por la gracia y se convierte en santo, justo, amigo de Dios. Experimenta una renovación y santificación sobrenatural: no es solamente perdonado, sino que es transformado, por el amor divino.

Desde el Concilio de Trento, los católicos rechazan la doctrina del “mero cubrimiento o no imputación de los pecados”. Miran el perdón como real y no aparente y lo valoran como esencial en el mensaje del Evangelio, al cual hay que acomodar la conducta personal y eclesial.

Para mayor información acerca de la enseñanza sobre la justificación dentro de la Iglesia Católica, consultar Concilio de Trento, sesión VI, decreto sobre la justificación.

Dudas, preguntas, no estás de acuerdo con lo expresado, te invito a que expongas tus inquietudes.

Dios los bendiga y les de entendimiento.

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