¿Porqué decimos y creemos que la Biblia es Palabra de Dios?

Lo más seguro es que algunos me dirán que la misma Biblia lo dice en 2Ti 3,16, aquello de que toda Escritura es útil para enseñar, etc., etc. …, pero la pregunta es ¿a qué escritura se está refiriendo esta frase?

Bien sabemos que la Biblia, tanto católica o protestante son posteriores a la carta a Timoteo, cuya datación se ubica aproximadamente en el año 66 de nuestra era, motivo por el cual es imposible que se estuviera refiriendo a la Biblia, sino más bien a lo que el pueblo Judío conocía como Escrituras (ketubim), lo que hoy llamamos Salmos, Job, Proverbios, Cantar de los Cantares, Lamentaciones, Esther, Rut, Daniel, Esdras, Nehemías, 1-2 Crónicas.

Entonces si nos tomamos de 2Ti 3,16, solo deberíamos creer que los libros anteriormente mencionados son Palabra de Dios y los demás no, más teniendo en cuenta que Pablo nunca leyó el Evangelio de Lucas, el cual algunos autores datan entre los años 65 y 70 d.C., Hechos de los Apóstoles, compuesto aproximadamente entre los años 70-80 d.C., o Apocalipsis, fechado aproximadamente entre los años 81-96 d. C.

Entonces, insisto en la pregunta, ¿en que se basan muchos para creer y decir que toda la Biblia (los libros) es Palabra de Dios?

Ahora bien, sabemos que la Biblia está compuesta por escritos, cuyos autores fueron inspirados por el Espíritu Santo, pero acá también se nos presenta un interrogante, ¿quién determinó que escritos eran inspirados y cuáles no?
Para el A.T. no habría mayor problema, dado que los cristianos heredamos el A.T. del pueblo hebreo, ya sea del canon Alejandrino (utilizado por Jesús y sus Apóstoles para realizar sus citas) o del canon Palestino. Pero para el N.T. hubo que trabajar y mucho para determinar que escritos eran inspirados y cuáles serían considerados apócrifos o pseudoepígrafos.

Motivo por el cual, se nos plantean algunas preguntas:

¿Existen unos libros que escritos bajo la inspiración de Dios, contienen auténticamente la revelación? ¿Cuáles son en concreto esos libros?, a las que se le añade una tercera y cuarta pregunta: el texto de la Biblia que ahora tenemos, ¿es realmente el mismo que salió de manos de los autores inspirados? ¿Cómo podemos mostrar científicamente que poseemos la auténtica y original revelación escrita?, más teniendo en cuenta que hay quienes creen que la Biblia, sobre todo el N.T. es un conjunto uniforme y completo de documentos.

Los ejemplares originales (autógrafos) de los libros del N. T. se perdieron en tiempos tempranos, por la razón sencilla de que el material de escritorio que se empleaba en la época apostólica era el papiro, que según Plinio (escritor 22-97 d.C.), bien conservado duraba aproximadamente 200 años. Esto lo atestigua el hecho de que en la época de Marción (líder cristiano excomulgado en el año 144 d.C.) se introdujeron falsificaciones en algunos textos hoy considerados canónicos, las cuales no pudieron ser confrontadas con ningún original.

Lo que muy pronto manejaron los cristianos fueron las copias (apógrafos), también en papiro, de los autógrafos a las que posteriormente se sumaron las copias en pergamino, éste último, material más duradero que el papiro, pero más escaso y caro.

Según el último censo de las copias conservadas en fragmentos de papiro y pergamino, publicado en Berlín 1963 por K. Aland, existen hoy día catalogados en las diversas bibliotecas y archivos 250 copias manuscritas griegas en letras unciales (mayúsculas); 2.646 manuscritos en letras minúsculas; 1.897 leccionarios (copiados para el uso litúrgico público, que consisten en una colección de los pasajes según el uso de los calendarios litúrgicos); 76 papiros (en su mayoría fragmentos breves, pero anteriores a los citados antes, que están escritos en pergamino). Son, pues, unos 4.869 los manuscritos antiguos conservados del N. T.

Así mismo nos encontramos con los llamados códices griegos de los cuales solo voy a citar seis en orden de importancia.

Vaticano, B (03): estimado como el más valioso de todos. Contenía primitivamente todo el A. T. en la traducción griega de los Setenta y todo el N. T. en su lengua original griega. Después se perdieron los primeros y los últimos folios, de modo que queda interrumpido en Hebreos 9,11, faltándole 1 y 2 Timoteo, Tito, Filemón y Apocalipsis. Fue copiado seguramente en el s. IV en Egipto. Se conserva en la Biblioteca Vaticana. Está escrito a tres columnas, con letra elegante y clara, y con tal corrección que pasa por ser el códice que tiene menos erratas de copia y el que más se acerca en fidelidad al original (autógrafo).

Sinaítico, S (01), o bien K, según gustaba designarlo a Von Tischendorf, que lo descubrió en 1844 en el monasterio de Santa Catalina sobre el Monte Sinaí. Escrito en el s. IV-V, tiene grandes afinidades con el Vaticano B (03). Primitivamente contenía toda la Biblia en griego: el A. T. según la versión de los Setenta; el N. T. como apógrafo del original. En la actualidad el manuscrito ha perdido algunos folios, sobre todo del A. T. El British Museum lo compró en 1933 a Rusia, en cuya antigua Biblioteca Imperial de San Petersburgo lo había depositado Tischendorf. Puede considerarse como el segundo códice griego en importancia textual.

Alejandrino, A (02). De origen egipcio como los dos anteriores, contiene también toda la Biblia en griego, salvo algunos folios perdidos. Se data en el s. v. Importantísimo también. Del Patriarcado de Alejandría pasó al British Museum, donde se custodia.

Ephremi rescriptus, C (04). También de origen egipcio y del s. v. Contiene el N. T. casi completo y fragmentos del A. T. en griego. Es palimsesto, es decir, fue raspado en el s. XII para escribir encima las obras de S. Efrén, sirio, traducidas al griego. Por procedimientos técnicos se ha podido restaurar la antigua escritura bíblica del s. V. Muy importante para la historia del texto original griego del N. T. Se guarda en la Biblioteca Nacional de París.

Códice de Beza o Cantabrigense, D (05), copiado en occidente en el s. VI; contiene sólo Evangelios y Hechos de los Apóstoles, en griego (pág, izq.) y latín (pág. derech.). En 1572 fue donado por T. Beza a la Universidad de Cambridge. Presenta variaciones abundantes respecto a B, S y A.

Claromontano, D (06). Copiado en occidente en el s. Vi. Contiene el epistolario paulino en griego y latín, más el llamado canon claromontano, de los libros sagrados, cuyo origen se data en el s. IV. Del monasterio de Clermont pasó a la Biblioteca Nacional de París. Se asemeja al D (05).

En cuanto a los papiros en griego que se conservan, debo aclarar que son muy escasos, debo resaltar los P45, P46 y P47, del grupo Chester Beatty; los cuales son del s. III: el P45 es un conjunto de 28 folios, restos de un códice que contenía los cuatro Evangelios. El P46 consta de 86 folios, que contienen casi íntegramente el epistolario paulino. El P47 son 10 folios, y contiene Apocalipsis 9, 10-17,2.

El llamado papiro Roberts o papiro Rylands es el más antiguo ciertamente datado de todo el N. T.: hacia el a. 125 d.C. Contiene sólo unos cuantos versículos, Jn 18, 31-33.37.38, pero es de tanta importancia que su publicación en 1935 desmontó gran parte de los estudios críticos de las escuelas racionalistas y protestantes liberales alemanas acerca de la fecha de composición del Evangelio de S. Juan que pretendían que éste no pudo haber sido compuesto hasta la segunda mitad del s. II.

P61, llamado Bodmer II, fechado hacia el año 200, contiene unos dos tercios del Evangelio de S. Juan (1,1-14,26).

Hay varios finales del Evangelio de San Marcos. Uno de ellos termina en el versículo 8 del capítulo 16. De hecho, los versículos que siguen del 9 al 20 faltan en los importantísimos códices Sinaítico y Vaticano. Ya a principios del siglo IV, el famoso historiador de la Iglesia, Eusebio, decía que estos últimos versículos no eran de San Marcos. De hecho ni el estilo, ni el vocabulario, ni la mentalidad son las del resto del evangelio. Además del final actual hay otros dos finales, en el del códice Freer, del siglo IV, y el del códice L y el Psi.

Ahora bien, junto a los escritos hoy considerados inspirados, aparecieron otros que, ya sea de modo anónimo o pseudoepígrafos (es decir, firmados en nombre de) también reclamaban su autenticidad, motivos por los cuales, en su momento se debió armar un gran debate, más teniendo en cuenta las corrientes heréticas que comenzaban a aflorar.

Así mismo con el advenimiento de diferentes corrientes heréticas, gnósticas y el montanismo, la Iglesia de Roma elaboró, para fines del siglo II d.C., un catálogo conocido como el canon o fragmento Muratori, en el cual, faltan Hebreos, 2 Pedro y 3 Juan. Para ese tiempo, Orígenes, reflejando el uso de la Iglesia griega, refleja como inspirados o “universalmente aceptados”, los cuatro Evangelios, Hechos de los Apóstoles, 13 cartas de Pablo, 1Pedo, 1Juan y Apocalipsis, mientras duda la procedencia de 2Pedro, 2-3Juan, Hebreos, Santiago y Judas.

Ireneo, Obispo de Lyón (hoy Francia) a fines del siglo II reconoce como libros Sagrados de la Iglesia a sólo 22.

Efrén, quien vivió del año 320 al 373, apoyándose en el criterio de la Iglesia Siria, sólo considera como escritos del Nuevo Testamento 17 libros, entre ellos, la 3a. a Corintios, el Diatesarón y no cada uno de nuestros evangelios.

Eusebio, a principios del s. IV, reelabora estas listas y coloca entre los aceptados la Carta a los Hebreos y es recién a finales del s. IV en el Concilio de Cártago donde establece el canon que conocemos hoy de 27 libros.

En el siglo XVI, Martín Lutero duda de la canonicidad de Santiago y Apocalipsis.

Algunos escritos, durante mucho tiempo y en varias comunidades, fueron leídos con veneración y considerados sagrados, pero después fueron descartados. Algunos son más antiguos que varios escritos que hoy se encuentran en el Nuevo Testamento, por ejemplo La Didajé, el Pastor de Hermas y la Carta a Bernabé.

Entonces, teniendo en cuenta de que en los papiros conservados solo se encuentran fragmentos de los evangelios o las cartas de los apóstoles, que los códices fueron hallados en fechas muy posteriores a las primeras Biblias, ¿cómo saber que libros son los correctos y cuáles no?

El Papa Dámaso, convocó un Sínodo en Roma el año 382 d.C. donde se estableció la lista definitiva y oficial para la Iglesia de los libros sagrados del Antiguo y del Nuevo Testamento, formando la Biblia conocida con el nombre de Vulgata.

Poco después el Concilio III de Hipona (agosto del año 393 d.C.) y el Concilio de Cartago (octubre del año 397 d.C.), aceptaron y convalidaron las decisiones del Sínodo Romano con relación al Canon definitivo de la Biblia.

Partiendo de todo esto es que Martín Lutero dice: “Nosotros aceptamos, tal y como debemos, que mucho de lo que los Papistas (la Iglesia Católica) dicen es verdad: que el papado tiene la palabra de Dios y la autoridad de los apóstoles, y que hemos recibido las Santas Escrituras, el Bautismo, los Sacramentos y el púlpito de ellos. ¿Qué sabríamos de esto si no fuera por ellos?”

El Sermón sobre el Evangelio de San Juan, Caps. 14 – 16 (1537), en el vol. 24 del libro “LUTHER’S WORKS” [Los Trabajos de Lutero], San Luis, Misuri: Concordia, 1961, p. 304.

Sin recurrir al trabajo de la Iglesia Católica, es imposible decir que la Biblia o que el contenido de la misma es Palabra de Dios.

Ya en el año 397 d.C., San Agustín de Hipona decía: “Yo creo en el Evangelio porque fue autorizado por la Iglesia Católica.”

Es por todo lo expuesto que ningún no-católico puede decir que la Biblia es Palabra de Dios ya que no tiene modo de saber a qué libros puede referirse; a menos que quiera aceptar la autoridad de la Iglesia Católica para ello. Es contradictorio que un no-católico acepte la Biblia y rehúse aceptar la autoridad de la Iglesia Católica, que en definitiva, fue quien se la facilitó.

Disculpen lo extenso del tema, pero creo que valía la pena.

Cualquier comentario es bienvenido.

pabloeze

 

 

Fuentes:
Gran Enciclopedia Rialp, Ediciones Rialp, Madrid 1991.
Javier Paredes, Diccionario de los Papas y Concilios, Ariel, Barcelona, España, 2005.
M. Pedrosa, M. Navarro, R. Lázaro y J. Sastre, Nuevo Diccionario de Catequética, San Pablo, Madrid, 1999.
Denzinger Enrique, Manual de los símbolos, definiciones y declaraciones de la iglesia en materia de fe y costumbres, Editorial Herder, 1963.
http://www.defiendetufe.org
http://www.apologetica.org
http://www.corazones.org
http://es.wikipedia.org

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