Ser hijos de Dios

Jesucristo no sólo enseñó la oración del “Padre nuestro” como expresión de su mismo diálogo filial con el Padre, sino que repitió con insistencia las palabras “vuestro Padre” (Mt 5,48; Mt 6,14-32; Mt 7,11; Mt 23,9; Jn 20,17).

No es una expresión retórica, sino que corresponde a la participación en la misma vida de Jesús (Jn 6,57; Jn 15,4ss).

Los Apóstoles anunciarán este mensaje como novedad específicamente cristiana “Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y que lo seamos verdaderamente” (1Jn 3,1); “habéis recibido un espíritu de hijos, que os permite clamar «Abba», es decir, Padre” (Rom 8,15). Efectivamente se trata de la participación en la misma filiación divina de Jesucristo “A cuantos le recibieron les dio poder de venir a ser hijos de Dios… Son nacidos de Dios” (Jn 1,12-13).

Aunque a esta realidad cristiana se la llama “filiación adoptiva”, con ello no se quiere decir que es una adopción jurídica, sino un don de Dios que no procede de nuestra naturaleza. Somos “hijos en el Hijo” (GS 22), en cuanto que la filiación divina la tenemos por participación en la realidad de Cristo, Hijo unigénito de Dios, “pues de su plenitud recibimos todos, gracia sobre gracia” (Jn 1,16). Este es el gran regalo o don de Dios “Nos predestinó a la adopción de hijos suyos por Jesucristo” (Efe 1,5). Es la “gracia que nos otorgó en su amado Hijo” (Efe 1,6).

Somos hijos de Dios gracias al Espíritu Santo que el Padre y el Hijo nos comunican, para poder decir, vivencial y realmente, “Padre” a Dios, con la voz, la vida y el amor de Cristo (Gál 4,6-7).

Don de Dios por medio de Cristo su Hijo

Se llama filiación adoptiva o participada porque es don de Dios, concedido por medio de la redención realizada por Cristo “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer… a fin de que recobrásemos las filiación adoptiva” (Gál 4,4-5). El Padre nos ama eternamente en el mismo acto generador del Verbo y en el amor del Espíritu Santo. Cuando el Padre dice a Jesús, en el Jordán y en el Tabor, “éste es mi Hijo amado” (Mt 3,17; Mt 17,5), nos incluye a nosotros en este amor. El bautismo de Jesús fue el anticipo de nuestro bautismo. Nuestra generación “adoptiva” participa en la generación eterna del Verbo, puesto que, por gracia, somos engendrados y amados en él.

Quien cree en Cristo “ha nacido de Dios” porque ha sido engendrado con la “simiente” de su Palabra, que es el Verbo hecho hombre (1Jn 3,9). Nacemos de “simiente incorruptible que es la Palabra de Dios vivo” (1Pe 1,23).

Efectivamente, “el Verbo se ha hecho como nosotros para hacernos a nosotros como él es” (San Ireneo). Por puro amor, Dios nos ha hecho “conformes a la imagen de su Hijo” (Rom 8,29). En este sentido, Cristo es “el primogénito de muchos hermanos” (Rom 8,29). Cristo vive en nosotros por la comunicación de su misma vida. El apóstol Pablo lo expresa con una actitud vivencial y relacional “No soy yo el que vivo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20).

Todo el mensaje de Jesús apunta a una relación filial por parte de los creyentes “Sed perfectos como vuestro Padre celestial” (Mt 5,48). Toda actitud religiosa de oración, limosna y ayuno debe expresarse en actitud filial hacia el Padre “Vuestro Padre lo sabe” (Mt 6,8); “tu Padre te recompensará” (Mt 6,4.18); “vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan” (Lc 11,13).

Esa es la actitud filial que el mismo Jesús manifiesta continuamente, desde el día de la Encarnación (Heb 10,5-7) hasta la cruz (Lc 23,46). No obstante, Jesús distingue su filiación de la nuestra, en cuanto que nosotros la hemos recibido por gracia y él la tiene como Hijo natural de Dios “Voy a mi Padre y a vuestro Padre” (Jn 20,17).
Fuente:
ESQUERDA BIFET, Juan, Diccionario de la Evangelización, BAC, Madrid, 1998

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