sucesionApóstol, en sentido eminente, son los hombres a quienes Jesús resucitado entregó todo su poder y les envió, de forma permanente, a dar testimonio de Él.

Aunque etimológicamente provenga del verbo apostéllein, es el sustantivo apóstol el que da un sentido teológico al verbo: enviar al servicio del Reino de Dios con plenos poderes fundados en Dios.

Mt 10,5.16

A estos Doce Jesús los envió a misionar, con las instrucciones siguientes: “No vayan a tierras de paganos ni entren en pueblos de samaritanos.

Miren que los envío como ovejas en medio de lobos: sean, pues, precavidos como la serpiente, pero sencillos como la paloma.

Lc 22,35

Jesús también les dijo: “Cuando les envié sin cartera ni equipaje ni calzado, ¿les faltó algo?” Ellos contestaron: “Nada”.

Rom 10,15

Y ¿cómo lo proclamarán si no son enviados? Como dice la Escritura: Qué bueno es ver los pasos de los que traen buenas noticias.

1Co 1,17

De todas maneras, no me envió Cristo a bautizar, sino a proclamar el Evangelio. ¡Y no con discursos sofisticados! Pues entonces la cruz de Cristo ya no tendría sentido.

Pero la misión apostólica no sólo se limitó a los Doce elegidos por Él, sino que luego también envía a otros 70 (72) discípulos.

Lc 10,1

Después de esto, el Señor eligió a otros setenta y dos discípulos y los envió de dos, en dos delante de él, a todas las ciudades y lugares a donde debía ir.

La institución del apostolado

 

Es Jesús resucitado quien renueva la misión y les confiere la cualidad permanente de apóstoles, dándoles poderes sin limitación de tiempo y espacio.  Lc 24, 47-49; Hch 1, 8; Gal 1, 1; cfr. Mt 16, 18)

Mt 28,16-20

Por su parte, los Once discípulos partieron para Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Cuando vieron a Jesús, se postraron ante él, aunque algunos todavía dudaban. Jesús se acercó y les habló así: “Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia.

Hch 1,8

Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo cuando venga sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los extremos de la tierra.

La Sucesión

La función apostólica continuó en los colaboradores apostólicos, pero éstos ya no son llamados apóstoles porque el término queda restringido sólo a los Doce. Esto quiere decir que la transmisión de poderes no se daba en toda su plenitud. La sucesión no está incluida en el concepto de apóstol. No hay más apóstoles que los 12 Apóstoles. Pero las funciones que ellos desempeñaron son permanentes en la Iglesia.

1Ti 4,14-16

No descuides el don espiritual que recibiste de manos de profetas cuando el grupo de los presbíteros te impuso las manos. Ocúpate de estas cosas y fíjate en lo que dije; así todos serán testigos de tus progresos. Cuida de ti mismo y de cómo enseñas; persevera sin desanimarte, pues actuando así te salvarás a ti mismo y a los que te escuchan.

2Ti 1,6

Por eso te invito a que reavives el don de Dios que recibiste por la imposición de mis manos.

Con la expresión sucesión apostólica se indica entonces que los Apóstoles no constituyeron en la historia de la Iglesia una figura o institución aislada, propia de la primera época del cristianismo, sino que, por voluntad de Cristo, estaban destinados a tener sucesores: los obispos, sucesores de los Apóstoles; el Romano Pontífice, sucesor de San Pedro.

Esas personas, obviamente, no serán Apóstoles, en el sentido preciso que el término tiene en el N. T., sino sucesores de los Apóstoles. Como escribe Schmaus (o. c. en bibl. 144-145) “al hablar de sucesión apostólica se alude a la pervivencia del poder de predicar y de administrar los sacramentos y del poder disciplinar dentro de la Iglesia, pero no a la pervivencia de los Apóstoles en cuanto tales“.

La idea de sucesión apostólica implica, pues, en primer lugar, la pervivencia de una misión. Pero indica algo más: que esa misión pervive a través de una transmisión realizada de persona a persona.

La Iglesia Católica es por eso apostólica, no sólo porque en ella pervive la doctrina y la praxis de los Apóstoles, sino por una apostolicidad de sucesión, es decir, porque se ha dado -como consecuencia de la voluntad fundacional de Cristo y de la asistencia del Espíritu Santo- una ininterrumpida sucesión de pastores y maestros.

Bien sabemos que el Apóstol por antonomasia es Cristo, ya que Él fue “enviado” por el Padre. Sabemos que su Apostolado es eterno. Y así como Cristo fue enviado, Él a su vez envió a otros a predicar la Buena Nueva.

Pero estos enviados a diferencia de Cristo, son perennes, caducos. De ahí la necesidad de contar con una sucesión tal como lo afirma el texto bíblico.

2Ti 2,2

Cuanto has aprendido de mí, confirmado por numerosos testigos, confíalo a personas que merezcan confianza y que puedan instruir después a otros.

Tit 1,5

Te dejé en Creta para que solucionaras los problemas existentes y pusieras presbíteros en todas las ciudades, de acuerdo con mis instrucciones.

 

Hch 14,23

En cada Iglesia designaban presbíteros y, después de orar y ayunar, los encomendaban al Señor en quien habían creído.

 

 

CONCLUSIÓN

 

La sucesión apostólica es un hecho, no solo natural, sino también escríturístico como ha quedado plasmado en el presente artículo.

La necesidad de continuar, no solo con la predicación, sino también con las tareas ministeriales de los apóstoles, es la motivadora de constituir nuevos enviados, no en el total sentido de la palabra, pero sí en la transmisión del Evangelio, la designación de nuevos presbíteros por la imposición de las manos con el fin de instruir después a otros.

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