La semana santa, denominada antiguamente semana mayor o semana grande, es la semana que conmemora la pasión de Cristo.

Se compone de dos partes:

a)      El final de la cuaresma (del domingo de ramos al miércoles santo)

b)      el triduo pascual (jueves, viernes y sábado-domingo).

Es el tiempo de más intensidad litúrgica de todo el año. Ha calado hondamente en el cristianismo, sobre todo a través de las procesiones.

En la semana santa se pueden descubrir cuatro estratos correspondientes a diferentes épocas:

1) La celebración sacramental de la noche pascual por medio del bautismo, confirmación y eucaristía. El triduo pascual nació en torno a la celebración de esta noche. Es la denominada capa mistérica.

2) Las representaciones de los hechos históricos, como puede observarse en la procesión de ramos, lavatorio de pies y adoración de la cruz el viernes santo. Es la capa psicológica.

3) El desarrollo de las funciones preparatorias que llegan a constituirse en celebraciones que ensombrecen las acciones hacia las cuales se ordenan, como la bendición de los ramos, el monumento del jueves o la consagración de los óleos. Son los ritos preparatorios.

4) La superposición de actos piadosos correspondientes al catolicismo popular, como visitan al monumento, hora santa, vía crucis populares, procesiones espectaculares, representaciones teatrales, actos de hermandades. Es la capa de religiosidad popular.

Su origen

El origen de la Semana Santa, como una fiesta cristiana, puede ser encontrado en las páginas de las Escrituras mismas. Mateo, Marcos, Lucas y Juan, todos seguidores de Jesús, ofrecen sus propios y únicos relatos como testigos oculares de la crucifixión y resurrección de Jesucristo. Es este evento culminante del cristianismo lo que se celebra el Domingo de Resurrección cada año.

Su antigüedad celebrativa se remonta a los tiempos apostólicos, como puede deducirse del texto de los Evangelio, en donde se recuerda lo que aconteció cada uno de los últimos días. La cena en Betania debe haber tenido lugar el sábado, “seis días antes de la Pascua” (Jn. 12,1-2) y la entrada triunfal a Jerusalén aconteció a la mañana siguiente. Los acontecimientos se precipitaron y el texto evangélico registra con precisión las palabras y acciones de Cristo: la preparación del cenáculo, la negociación de Judas, la Ultima Cena, el prendimiento, el juicio, la crucifixión, el silencio del sábado, la mañana de la Resurrección.

En el siglo IV testimonios como el de la peregrina Eteria, ya acreditaban una perfecta organización litúrgica. Los siglos posteriores fueron enriqueciendo los ritos y las plegarias, los gestos y las penitencias, de modo que hasta nuestros días la Semana Santa es la oferta de una profunda reflexión sobre los hechos de la pasión, muerte y resurrección del Señor.

Al principio, la celebración litúrgica de la “memoria” de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo estaba toda contenida en la Vigilia pascual. Pero en el siglo IV aparece ya desarrollada dicha celebración, más de acuerdo con la cronología.

Hacia el año 336 d.C., San Ambrosio habla explícitamente del triduo sagrado, en el que se conmemora progresivamente la Pasión, la sepultura y la Resurrección del Señor (Epístola 23,12-13: PL 16, 1030). Asimismo San Agustín, hacia el año 400 d.C., supone la celebración del misterio pascual por etapas, al insistir que el cristianismo debe reproducir en su propia vida “el sacratísimo triduo (de Cristo) crucificado, sepultado y resucitado” (Epístola 55,14: PL 38,215).

A pesar de esa desmembración de la liturgia pascual, se mantenía la conciencia de que no se rompía la unidad de la celebración de la Pasión-Resurrección (o Pascua).

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