Estos tres días, aunque participan intensamente del conjunto de la Semana Santa y sus formularios litúrgicos fueron transformados, en parte, para completar la celebración de los misterios pascuales, siguen básicamente las mismas características de los precedentes días cuaresmales.

La liturgia conservó fielmente las tres lecturas clásicas del Miércoles Santo (Is 6,11 y 63,1-7; Is 53,1-12; y Pasión según S. Lucas), día tradicionalmente de “estación”, ayuno y celebración de la Palabra.

De las lecturas primitivas para el Lunes Santo (Is 50,5-10; Zac 11,12 a 13,9; Jn 12,1-36) permanecieron la primera y los versículos 1-9 de la tercera; los otros versículos pasaron al sábado anterior, al dotarse ese día, “vacante” hasta el siglo VIII, de liturgia propia.

De las lecturas para el Martes Santo (Jer 11,18-20; Sab 2,12-22; Jn 13,1-32), desapareció la segunda, y la tercera se cambió por la Pasión según San Marcos, trasladándose Jn 13,1-32, sobre el lavatorio de los pies, al jueves Santo.

En el Ordo de lecturas promulgado en 1969, para la primera lectura en la Misa de estos tres días se han escogido tres de los textos de Isaías sobre el “Siervo de Yahve” (Is 42,1-4; 49,1-6; y 50,4-9).

La misión y personalidad del profético “Siervo” es renovar la Alianza entre Dios e Israel, haciendo retornar los exiliados del destierro, expiando con sus sufrimientos por los pecados de todos y estableciendo la verdadera religión en todas las naciones.

Constituyen así los poemas sobre el “Siervo de Yahvé” una profecía de la obra redentora realizada por Cristo, principalmente en el sacrificio de su Pasión y Muerte.

Para la lectura del Evangelio se han adaptado otros pasajes evangélicos, y se han dejado los relatos de la Pasión según Mc y Lc, con el de Mt, para el ciclo trianual de lecturas evangélicas en la Misa del Domingo de Ramos.

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