Cuando empezó a celebrarse el triduo pascual, no se incluyó en él el jueves Santo. Este día continuaba siendo alitúrgico.

Sólo existía el Oficio divino ferial. Aún en el oficio nocturno actual han quedado indicios de ese primer estadio del jueves Santo. En efecto, la salmodia no está ordenada a la conmemoración de la institución de la Eucaristía; sigue el curso de los demás jueves del año en el Breviario de San Pío V.

La organización de las partes variables del oficio nocturno -antífonas, responsorios y lecturas- es posterior; hay todavía pocas alusiones a la institución de la Eucaristía, siendo la Pasión el tema dominante. En la reforma de 1969 se ha seguido el mismo criterio, aunque con elementos diferentes.

¿Empezó a celebrarse una memoria de la institución de la Eucaristía el Martes Santo, antes de fijarse al jueves Santo, conforme a una tradición según la cual fue el martes cuando Jesucristo comió su última Cena con los discípulos?

Sin descartar esa posibilidad, sabemos de cierto que hacia el año 380, según el testimonio de Epifanio de Salamina (cfr. A. Jaubert, La date de la Céne, París 1957, 88), en algunos lugares se celebraba una memoria de la Cena el jueves Santo, a la hora de nona.

Antes del año 400 aparece ya formada una liturgia propia para ese día, llamado In coena Domini (en la Cena del Señor), nombre empleado por el Concilio de Cartago del año 397  para designar el Jueves Santo y que ha quedado en el rito romano, mientras otros ritos lo llaman in natale calicis (en el nacimiento o manifestación del cáliz).

Había dos Misas; la primera para poner fin al ayuno y la segunda para conmemorar la institución de la Eucaristía (cfr. S. Agustín, Epístola 54,5: PL 32, 202).

La peregrina Eteria dice lo mismo refiriéndose a Jerusalén: la primera Misa tenía lugar a las dos de la tarde y la segunda hacia las cuatro; en ésta los fieles comulgaban. Ambas Misas constituían el centro de una celebración que ocupaba todo el día; desde la noche anterior hasta entrada la noche del viernes, la comunidad cristiana de Jerusalén se dedicaba a la plegaria y a recorrer los lugares que recordaban los acontecimientos de la Pasión, donde se leían los pasajes bíblicos pertinentes.

A principios del siglo V, la Iglesia de Roma probablemente sólo conocía un rito especial para ese día: la reconciliación de los penitentes, con la cual se indicaba que la Cuaresma había llegado a su fin.

En todo caso, en el siglo VII se encuentran datos y testimonio de una más amplia liturgia del jueves Santo: Se celebran dos Misas en las iglesias titulares, una por la mañana, con la reconciliación de los penitentes, y otra por la tarde, en “memoria” de la institución de la Eucaristía.

Al mediodía el Papa, en su basílica de Letrán, concelebra con doce sacerdotes; durante esta Misa se consagran los Santos óleos, que servirán para la administración de los sacramentos de la iniciación cristiana la Vigilia pascual (A. Chavasse, Le Sacramentaire gélasien, París 1958, 126-155).

La Misa papal se caracterizaba por la ausencia de la liturgia de la Palabra; la consagración de los Santos óleos, con sus formularios, hacía sus veces. Igualmente la Misa de la tarde carecía de la liturgia de la Palabra; ignoramos los motivos.

Sin embargo, en el siglo VIII la Misa papal está ya provista de su primera parte de lecturas, que luego se repetirán en la Misa de la tarde. Sus formularios, por lo general, están tomados de otros días (el introito es del Martes Santo, así como el Evangelio, la colecta del Viernes Santo, y la antífona del ofertorio del tercer domingo después de la Epifanía).

Así han llegado hasta nosotros. En el mismo siglo VIII desaparece la Misa de la mañana, y con ella el rito de la reconciliación de los penitentes. Con todo el Pontifical contiene todavía un apartado “sobre la reconciliación de los penitentes que se hace en la feria quinta de la Cena del Señor”.

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