Después de la muerte de los Apóstoles, la predicación continúa en la Iglesia, y es también llamada palabra de Dios.

Pero si la Revelación propiamente dicha, pública y oficial, terminó con la muerte del último de los Apóstoles, ¿en qué sentido puede llamarse palabra de Dios a la palabra de la Iglesia?

A esto hay que responder que la Iglesia guarda la palabra de Dios como un sagrado depósito, que transmite, explica y aplica a la vida.

San Pablo ya era consciente de esa función del Magisterio eclesiástico que iba a suceder directamente al apostólico. En efecto, advierte a su discípulo Timoteo, a quien ha constituido obispo: “Las cosas que oíste de mí ante muchos testigos confíalas a hombres fieles que sean capaces de enseñar a otros” (2 Tim 2,2).

Pero esta no es la única ocasión en que Pablo pone, no solo a Timoteo sino también a los dirigentes de la Iglesia como fieles guardianes de la palabra de Dios.

2 Tim 1,12-14

“Por este motivo estoy soportando estos sufrimientos; pero no me avergüenzo, porque yo sé bien en quién tengo puesta mi fe, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel Día. Ten por norma las palabras sanas que oíste de mí en la fe y en la caridad de Cristo Jesús. Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros”.

1 Tim 4,6

Si tú enseñas estas cosas a los hermanos, serás un buen ministro de Cristo Jesús, alimentado con las palabras de la fe y de la buena doctrina que has seguido fielmente.

1 Tim 6,3-5

Si alguno enseña otra cosa y no se atiene a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo y a la doctrina que es conforme a la piedad, está cegado por el orgullo y no sabe nada; sino que padece la enfermedad de las disputas y contiendas de palabras, de donde proceden las envidias, discordias, maledicencias, sospechas malignas, discusiones sin fin propias de gentes que tienen la inteligencia corrompida, que están privados de la verdad y que piensan que la piedad es un negocio.

2 Tim 3,10.14

Tú, en cambio, me has seguido asiduamente en mis enseñanzas, conducta, planes, fe, paciencia, caridad, constancia, …

Tú, en cambio, persevera en lo que aprendiste y en lo que creíste, teniendo presente de quiénes lo aprendiste,

Tit 1,7-9

“Porque el epíscopo (obispo), como administrador de Dios, debe ser irreprochable; no arrogante, no colérico, no bebedor, no violento, no dado a negocios sucios; sino hospitalario, amigo del bien, sensato, justo, piadoso, dueño de sí. Que esté adherido a la palabra fiel, conforme a la enseñanza, para que sea capaz de exhortar con la sana doctrina y refutar a los que contradicen”.

Timoteo, así como la Iglesia toda, se han mostrado fieles discípulos del Apóstol y guardines de su predicación.

1 Tim 4,6

Si tú enseñas estas cosas a los hermanos, serás un buen ministro de Cristo Jesús, alimentado con las palabras de la fe y de la buena doctrina que has seguido fielmente.

Y recibirá del Señor la inteligencia de lo que se contiene en la Predicación apostólica:

2 Tim 2,7

Entiende lo que quiero decirte, pues el Señor te dará la inteligencia de todo.

Pero Timoteo no es un caso singular, sino una muestra de lo que ocurre con los sucesores de los Apóstoles. De este modo, el orden episcopal guarda por los siglos ese sagrado depósito, lo explica de diversos modos sin alterar su contenido y saca las aplicaciones para la vida espiritual y moral de los cristianos.

El Espíritu Santo no es ajeno a esa predicación, lo mismo que Jesucristo, que está presente hasta el fin del mundo (Mt 28,19-20). La fuerza salvadora de Dios se manifiesta de diversos modos en la palabra de los sucesores de los Apóstoles. Por estas razones es legítimo llamar a la palabra de la Iglesia, palabra de Dios.

De hecho, la palabra de la Iglesia tiene una multitud de formas, desde la enseñanza solemne del Magisterio, hasta la predicación ordinaria de los sacerdotes y los simples presbíteros.

Participando en diversos grados de la palabra de Dios, toda esta multiforme palabra de la Iglesia ha sido querida por Dios para entregar a los hombres su palabra hasta el fin de los siglos por medio del Magisterio, cuya misión fue encargada por Cristo a los Apóstoles y sus sucesores para que con la autoridad del mismo y en su nombre, propongan y conserven la verdad revelada.

La autoridad de este Magisterio no se basa en la fundamentación científica de las cosas que predica, sino en la misma autoridad de Cristo, en cuyo nombre se ejerce.

Mat 16,19

“A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”.

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