Sin lugar a dudas hay muchos creyentes que conocen el origen de la Biblia, pero hay muchos que desconocen su historia, su legitimidad y qué criterios se tuvieron en cuenta a la hora de establecer un canon para las Sagradas Escrituras.

Antiguo Testamento (Versión de los LXX)

La Septuaginta o Versión de los 70 es la traducción al griego más antigua que se conoce de la Biblia Hebrea. Se la denomina con ese nombre porque se le atribuye a 70 sabios la traducción de la misma.

Esta traducción se realizó durante los siglos III a I a.C.

De esta versión se valieron, tanto los escritores inspirados para realizar las citas al Antiguo Testamento que realizaron, tanto en la redacción de los Evangelios, como en las cartas Apostólicas.
Los libros que contenía esta versión, son: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, 1 y 2 de Samuel, 1 y 2 de Reyes, 1 y 2 de Crónicas, Esdras, Nehemías, Tobías, Judit, Ester, 1, 2, 3 y 4 de Macabeos, Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantares, Sabiduría, Isaías, Jeremías, Lamentaciones, Baruc, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Hageo, Zacarías, Malaquías.

El canon palestino de las escrituras

La palabra canon en su sentido más amplio significa la lista autorizada o el número definido de los escritos compuestos bajo inspiración divina, y destinados al bienestar de la Iglesia.

A ciencia cierta, existen un Antiguo Testamento menor, o incompleto, y uno mayor, o completo. Ambos nos fueron transmitidos por los judíos. El primero, por los judíos palestinos; el segundo, por los alejandrinos o helenistas.

El canon palestino, que posteriormente pasó a conformar el canon hebreo definitivo se vino a realizar en el sínodo de de Yamnia (Yabne) por los años 95-100 de la era cristiana.

Este sólo admite los libros escritos en hebreo, veinticuatro en total, excluye los textos griegos y las adiciones de los libros de Ester y Daniel. Cuando Lutero tradujo las Escrituras al alemán, tomó la lista de la Biblia Hebrea.

El canon alejandrino de las escrituras

             La diferencia más notable entre las Biblias católica y protestante es la presencia en la Biblia Católica de ciertos escritos que faltan tanto en la Biblia protestante como en la Biblia hebrea, la cual se convirtió en el Antiguo Testamento del protestantismo. Dichos escritos son siete: Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc, I y II de Macabeos y tres documentos añadidos a los libros protocanónicos.

El viejo Antiguo Testamento griego conocido como los Setenta fue el vehículo que llevó esas escrituras adicionales a la Iglesia Católica.

Conviene preguntarse acerca de los motivos que llevaron a los judíos helenistas a canonizar, virtualmente al menos, esta considerable cantidad de literatura. Alguna de ella es muy reciente y se separa muy radicalmente del canon palestino. Algunos eruditos y escritores opinan que no fueron los alejandrinos sino los palestinos quienes se separaron de la tradición bíblica al haber aceptado el cristianismo el canon Alejandrino.

Canon del Nuevo Testamento

Entre las primeras comunidades cristianas había muchísimos escritos. La selección para formar el Nuevo Testamento fue una larga tarea, obra de la Iglesia primitiva.

Algunos escritos, durante mucho tiempo y en varias comunidades, fueron leídos con veneración y considerados sagrados, pero después fueron descartados. Algunos son más antiguos que varios escritos que hoy se encuentran en el Nuevo Testamento, por ejemplo La Didajé, el Pastor de Hermas y la Carta a Bernabé.

Junto a estos escritos serios y respetables, hubo otros, llenos de imaginación y de detalles sobre la vida de Cristo, que pronto los desechó la Iglesia. Son los que hoy llamamos Apócrifos. Nunca los consideró la Iglesia útiles para la vida de la fe, sino fruto de la curiosidad o intentos por quitarle lo difícil al camino de la fe.

San Ireneo, Obispo de Lyón (hoy Francia) a fines del siglo II reconoce como libros Sagrados de la Iglesia a sólo 22.

Orígenes, el gran Teólogo egipcio del siglo III, duda del carácter Sagrado de la 2a. carta de San Pedro.

El Fragmento Muratori, según unos de fines del siglo II, según otros del siglo IV, no incluye en la lista las cartas de Santiago, y la 1a. y la 2a. de San Pedro.

Eusebio de Cesárea no está seguro de que toda la Iglesia acepte como Sagradas las Cartas de Santiago y de Judas.

San Efrén, quien vivió del año 320 al 373, apoyándose en el criterio de la Iglesia Siria, sólo considera como escritos del Nuevo Testamento 17 libros, entre ellos, la 3a. a Corintios, el Diatesarón y no cada uno de nuestros evangelios.

San Jerónimo, como toda la Iglesia en Italia, reconoce como canónicos, es decir parte del canon o sea norma de nuestra fe, sólo 22 libros de los que hoy forman el Nuevo Testamento.

Hacia el 350, San Cirilo de Jerusalén, y con él toda su comunidad, no aceptaba el Apocalipsis de Juan como libro Sagrado. Tampoco lo aceptaban, entre otros, San Gregorio Nacianceno y toda la Iglesia de Siria.

Por fin el Papa San Dámaso, consciente de su responsabilidad y autoridad en asuntos de tanta importancia para la fe, convocó un Sínodo en Roma el año 382 d.C, y estableció la lista definitiva y oficial de los libros sagrados del Antiguo y del Nuevo Testamento, formando «La Biblia», siendo San Jerónimo el encargado de realizar la tarea de compilarla.

Poco después el Concilio III de Hipona (agosto del año 393 d.C.) y el Concilio de Cartago (octubre del año 397 d.C), aceptaron y convalidaron las decisiones del Sínodo Romano con relación al Canon definitivo de la Biblia. Desde entonces el Canon Bíblico quedó cerrado para siempre y fue aceptado por toda la Iglesia. De hecho tenemos un documento del Papa Inocencio I del año 405 d.C, en que se recomienda a Exuperio, Obispo de Tolosa (Francia), el canon que poco antes había sido aprobado.

 

CONCLUSIÓN

Hay muchas denominaciones cristianas que critican y no aceptan el Magisterio y la Tradición Apostólica, sin tener en cuenta que gracias a ellas hoy contamos con la Biblia.

Así mismo, dado que se han separado tanto de la enseñanza y han modificado la fe de acuerdo a sus convicciones, por lo menos hubieran tenido la delicadeza de “crearse” su propia biblia y no tomar “prestado” un libro cuyo origen procede de lo que muchos llaman una “secta apóstata”.

Hay quienes aducen que la Biblia, tal como la conocemos hoy, fue compuesta por “quien Dios quiso y como Dios quiso”, doy gracias a Dios por haber querido que la Iglesia Católica fuera quien tuviera tan delicada y preciosa tarea.

¿Se imaginan una biblia compilada por la organización Wachtower o por alguna de estas sectas pseudo-cristianas? Probablemente sería mucho más chica e incompleta de la que poseen hoy, y “acomodada” a su conveniencia.

Para finalizar, quisiera traer una célebre frase de Martín Lutero que afirma y que resume todo lo aquí expuesto:

“Nosotros aceptamos, tal y como debemos, que mucho de lo que los Papistas (la Iglesia Católica) dicen es verdad: que el papado tiene la palabra de Dios y la autoridad de los apóstoles, y que hemos recibido las Santas Escrituras, el Bautismo, los Sacramentos y el púlpito de ellos. ¿Qué sabríamos de esto si no fuera por ellos?”

El Sermón sobre el Evangelio de San Juan, Caps. 14 – 16 (1537), en el vol. 24 de el libro “LUTHER’S WORKS” [Los Trabajos de Lutero], San Luis, Misuri: Concordia, 1961, p. 304.